Nadie es perfecto


Ni siquiera aquellos a los que más admiramos

tienen completa su colección de virtudes.

A todos nos falta,

mucho o poco,

casi siempre mucho.

Menos mal, porque lo que a mi me falta

seguramente,

lo tienes tú.

Y es posible que pase lo mismo al revés.

 

Cuando esas piezas encajan,

se produce un leve sonido en cada pecho

que de manera sostenida,

se sigue oyendo durante un momento casi eterno.

Nadie es perfecto,

aunque lo sueñe,

insospechadamente,

no necesita serlo, porque no lo puede ser.

Nadie espera ser aquello que no es.

Todo el mundo sueña ser lo que vive en los demás,

con ellos.

Pero nadie es capaz de sostener un suspiro eternamente.

Cuando expiro después de cada anhelo,

me quedo solo,

cojo, herido, completo.

Sabiendo al fin que, tras mil accidentes que me han cosido tres mil

cicatrices,

de nuevo, haya pasado lo que haya pasado,

soy mi mejor versión,

la que puedo ofrecer,

la que tienes a tu disposición.

 

Vencer


Cada día se vence,

sólo con acabar el día

sin que se hayan agotado las ganas

de volver a empezar un día más.

Si siento que he ganado algo, 

aunque haya perdido algo por el camino, 

por haber ganado,

sé que he vencido.

Sin orgullo mal nacido, 

si creo que no he llegado todavía el final del camino, 

si estoy casi seguro de querer seguir contigo,

antes de verme batiéndome en duelo,

he vencido.

No hay empate si siento que me miras, 

y la derrota ni me roza si me veo sentado

en la cresta de mis propias decisiones.

Gano la partida de hoy si,

en vez de proponerme cambiar lo importante de una vez por todas,

me concedo el espacio para dar únicamente

el primer paso

hacia lo que me hace feliz, 

y nada más.

Vencer no es dejar la vida en cicatrices forjadas

a golpe de pasado, 

y no es vencer el premio de consolación que se concede

al que permanece acurrucado en un rincón

porque todo ya lo ha empeñado.

Vencer es vencer aquí y ahora,

porque sigo luchando, peleando,

hablando, estando, vibrando,

latiendo, 

mientras me aferro, a pesar del precio, 

a la idea de, junto a quien me sabe ver,

volverlo a hacer;

querer volver a vencer,

es vencer.

¿Qué tal?


El tiempo transcurre,

por arriba, abajo, a los lados,

transcurrió antes,

lo hace ahora,

transcurrirá después.

Inexorable y obvia cosa,

el paso del tiempo.

Mientras lo pienso, agarro el respaldo de la silla

que tienes frente a ti.

Ligeramente lo aparto para sentarme,

enfrente tuyo.

Aproximo con mis manos la silla a la tuya,

cogiéndola desde abajo.

Sospecho que nuestros alientos se rozan

en algún punto del aire,

ahora que estamos más cerca.

Relajo los hombros, levanto la mirada,

se posa en la tuya.

Inevitablemente sonrío.

Ahora el hecho de que seamos dos en la habitación

me suena a una mera anécdota,

un eco vago de lo único que para mí es real ahora;

tú.

Da igual cuánto tiempo transcurra o transcurrirá,

o transcurrió ayer.

El reloj ha sido desterrado de este reino de miradas y sonrisas

vírgenes.

Me inclino un poco más hacia tu ahora, tu aquí.

Atrevido, respiro profundo,

para contener las súbitas ganas de saber

en mi ahora y en mi aquí, todo de tí.

El silencio nos ata. Querido amigo el silencio.

Las “tuya” o “mía” han desaparecido,

para dejar paso a una sola mirada,

entre los dos,

sin saber dónde empieza y quién la acaba.

Sentados frente a frente,

casi como si estuviésemos abrazados,

en el único sitio en el que se quisiera estar.

Dime, dime ahora,

de verdad, desde dentro,

¿qué tal?.

Déjalo…


Nada, nada, déjalo.

De verdad, no creas que tengo nada serio

que aportar.

Déjalo, de verdad.

No hay nada en mi mirada,

sólo lo inevitable de mirar.

Déjalo, en serio, no quise decir nada

en concreto

cuando me cogiste desprevenido

mirándote,

en silencio.

Déjalo, déjalo,

no me preguntes,

de verdad, déjalo.

¿No ves que es mejor que todo esté

tal y como está?.

Las palabras que no están dichas,

permiten que la vida transcurra

como la queréis los demás.

Déjalo, de verdad,

la curiosidad desde la que preguntas,

no puede traer nada bueno.

Claro que tengo un mundo de palabras que se

amontonan desordenadas,

buscando salir parar dibujar lienzos,

tus retratos.

Las palabras son insolentes,

y con las excusa de expresar los más íntimos sentimientos,

te engañan para,

una vez dichas,

cambiarlo todo, descontroladamente,

para siempre.

Déjalo, deja que una leve sonrisa ponga el broche

a este silencio incómodo.

Dejemos que todo siga igual, aunque sospechemos

que todo podría ser seguro distinto,

quizá mejor.

Déjalo, sigue viéndome así, callado,

inocente del delito de ser uno más,

culpable del silencio más cobarde.

Puede que sea lo que observas

o quizá lo que sospechas o ignoras,

puedo ser un mundo de posibilidades, curiosas,

como tú.

Pero al final de cuentas, por ser todo hoy

el mejor hoy que puede ser…

déjalo, déjalo….

El señor que decía las cosas


Érase que se era

un señor que decía las cosas

que había que decir.

Decía ese señor las cosas 

que no estaban dichas

porque a los demás se les atascaban

justo entre la lengua, los dientes,

y la valentía.

Las decía todas,

todas las cosas que había que decir

y llegó a conocérsele mucho más lejos de lo que nunca imaginó

porque sabía decir las cosas

cuando había que decirlas,

nunca antes,

rara vez después.

No era un señor especialmente valiente,

ni especialmente querido,

no era un señor amablemente especial, 

ni guapo ,ni feo, ni diferente,

pero no era del montón, 

no lo era.

Empezó a decir las cosas un día cualquiera,

justo mientras esperaba hacerlo

cualquier día.

Sentado a la puerta de su casa,

en medio de un silencio espeso,

vió que la vida pasaba, 

mientras pasaban las cosas,

cosas que desfilaban impúdicas, arrogantes,

chulas.

Y las cosas que pasaban, decidió, había que decirlas.

Le dijo a su perro que lo quería aunque su pelaje lo hacía estornudar.

Quiso abrazar a aquella vecina que llevaba años amando en silencio, y se lo dijo

una tarde alborotada de luces y olores insuperables.

Y no aguantaba las risotadas chillonas del alcalde y se lo supo decir, y a un transeúnte le dijo

que le resultaba indiferente.

A un niño le dió las gracias por llamarle “señor” cuando le pidió

que les devolviese la pelota que había salido despedida

fuera del campo de fútbol.

Le contó a la dueña de la floristería que

nunca había visto una mirada tan increíble como la suya,

y le dijo que tanta belleza en unos ojos,

le parecía un abuso.

Y le pidió perdón a sus amigos,

porque nunca sabía si estar a la altura

o sólo estar pendiente.

Decía las cosas a la gente, a la vida,

a las otras cosas.

Pronto dejó de ser indiferente,

y las personas le buscaban para que les dijese las cosas

que había que decir.

Él no entendía dónde veían los demás el mérito, 

puesto que no sabía dejar las cosas sin decir.

Si le sorprendió que tanta gente le buscase para oírle decir las cosas

en tiempo y forma, 

más le sorprendió observar que, aquellos que escuchaban lo que les tenía que decir,

pronto se marchaban,

y rara vez se quedaban a seguir las cosas que les tenía que decir ,

en forma y tiempo.

Y pronto quedó solo 

el señor que decía las cosas.

Y fué muy raro saber

que nadie quedó para ver que, una vez

que dejó de decir las cosas,

fué el primero que tras decirlas,

todas,

comenzó a hacerlas.
FIN.
Dedicado a los que observamos sin atrevernos a mucho más.

La culpa la tienes yo


Me tienes echo un lío.

Cuando pensaba que ya habíamos acordado

que ibas a ser yo

quien se iba a hacer cargo

de cada paso que fuese a dar de ahora en adelante,

justo ahora,

me vuelvo a encontrar lamentándome

porque has vuelto a largarte dejando los platos rotos atrás.

La verdad, te vi muy seguro cuando afirmabas

que ya era la última vez, que te deleitabas en el agridulce sabor

de la derrota, mientras culpabas al resto de la existencia

de todo lo que por desgracia te aquejaba.

Y me encontré seguro teniendo tu determinación delante.

Una determinación, ahora lo se, que sólo tenía la solidez

que tiene la necesidad

de ser más fuerte, sin saber apenas por dónde empezar

para llegar a serlo.

Y se que en cada línea de los edificios que me rodean,

y en cada palabra, acto o intención que esparcen mis vecinos, mis familiares,

aquellos con los que pueda y deba coincidir,

mas o menos lejos,

en todos ellos,

reside mucho de la dificultad

de vivir

para vivir.

Y soy consciente de que no de todo

te puedo responsabilizar

a mi.

Pero me duele que te convenzas de que vas a dar un paso al frente

y en cuanto vuelvo la mirada

me engañes retrocediendo

una vez mas.

Duele que no me sepas sostener la mirada,

que no tengas o me tengas un mínimo de confianza

en ti, a pesar de que estamos solos en la habitación.

Desde ese espejo, yo, respiras posibilidad

pero en el vaho que dejas en el cristal,

con el dedo desde el otro lado, dibujo un “tu”.

Tu, o yo…¡qué mas da¡,

misma posibilidad frustrada de ser algo más,

misma certeza de ser lo que soy,

sólo una perspectiva nos separa.

La culpa la tienes yo,

y la responsabilidad la tengo tú.

En un espejo se puede mirar a solas, sin reparar en el tiempo,

sin el rubor de parecer sólo obsesionado con quien se es.

En un espejo, a solas, no me deleito con el yo que, por estar ahí, parece un tu.

En un espejo, a solas, a veces no busco ni ganar ni perder,

porque sólo empatar entre ambos

tu

y yo,

parece el mejor resultado.

de la nariz


No creo que haya dejado de ser un adolescente.

Han pasado años y han pasado infinidad de cosas

que le han otorgado mil matices a la forma

en la que miro a mi alrededor.

Pero muy a menudo creo que aquel que miraba todo el mundo

con 16 años, sigue tal cual aquí,

hoy sentado escribiendo con una punzante incertidumbre

acerca de lo que esperará en el siguiente renglón,

en los giros del siguiente párrafo.

También tengo nuevos recursos,

canas,

distintos “yo” que saco a pasear según la ocasión.

¡Quién me iba a decir a mi que la experiencia, la madurez,

no iba a significar otra cosa sino versatilidad ante los dobleces inciertos

de la propia vida!.

En aquellos años de pubertad, en los que todos nos batíamos con las inseguridades,

las ansias, los nuevos anhelos y nuestras propias carencias para entender

y moldear un mundo que se presentaba con una hostilidad mortal,

el foco de mis desdichas era mi nariz.

No puedo evitar sonreír pon lo simple y clara que resulta hoy esta afirmación.

Pero como suele ocurrir en esas edades, lo complicado e intrincado del sufrimiento

en el que uno se suele sumergir, hacía imposible entender lo simple, y por tanto fácil de solventar,

que era el origen de todos los males.

Tenía una nariz grande, inusual, arrogante en un rostro cobarde.

Una nariz imponente, inigualable e inimitable, una nariz que destacaba,

una nariz que no se podía disimular.

Una nariz curva, una nariz que no estaba de moda y que yo solo tenía.

Me singularizaba mi nariz, me hacía diferente y, por no entenderlo,

poco a poco, me limitaba, me condicionaba, hacía que yo mismo me anulase.

Y al anularme yo, dejaba de existir para los demás.

¡Cuán feo se podía sentir uno!. ¡Cuán desdichado!. ¡Qué pereza para el resto de la humanidad que, una vez vieron mi nariz

no volvieron a darle importancia!.

Una nariz, un apéndice cartilaginoso, como centro de todo, durante unos años.

Foco de desdichas y, ahora lo se, también terapéutico salvavidas que me mantenía a salvo de multitud

de otras preocupaciones y problemas potencialmente serios

que revoloteaban a mi alrededor entonces.

La paradoja adolescente. Un mundo de privilegios al que renunciaba y un universo de desdichas. A ambos renunciaba

por estar centrado en lo infeliz que me hacía mi nariz.

Y no hice nada. Fueron pasando, como digo, años y cosas.

Vivencias.

Nuevas personas.

Sobre todo ella, que me enseñó todo aquello de lo que era capaz y que estaba debajo de mi nariz.

Frente a mis ojos.

Hoy tengo una nariz arrogante, grande, estrambótica, curva, ridículamente grande en un rostro

con el que estoy en paz porque soy capaz de ver con satisfacción en él

el paso del tiempo.

Tengo una nariz que simple y llanamente no me gusta.

Pero no la cambio por nada.

Porque uno de mis tesoros más preciados es una maravillosa pequeña

que, cuando y quiere y porque quiere, me besa en la punta de la nariz,

para retirarse un par de centímetros de mi rostro y sonreir divertida.

Mi hija  besa en la punta de la nariz al adolescente que sigue aquí,

justo en el centro de lo que fueron sus desdichas.

Mi hija ha desactivado todo aquello que atormentaba a este adolescente que, aunque sigue aquí,

queda en paz.