Déjalo…


Nada, nada, déjalo.

De verdad, no creas que tengo nada serio

que aportar.

Déjalo, de verdad.

No hay nada en mi mirada,

sólo lo inevitable de mirar.

Déjalo, en serio, no quise decir nada

en concreto

cuando me cogiste desprevenido

mirándote,

en silencio.

Déjalo, déjalo,

no me preguntes,

de verdad, déjalo.

¿No ves que es mejor que todo esté

tal y como está?.

Las palabras que no están dichas,

permiten que la vida transcurra

como la queréis los demás.

Déjalo, de verdad,

la curiosidad desde la que preguntas,

no puede traer nada bueno.

Claro que tengo un mundo de palabras que se

amontonan desordenadas,

buscando salir parar dibujar lienzos,

tus retratos.

Las palabras son insolentes,

y con las excusa de expresar los más íntimos sentimientos,

te engañan para,

una vez dichas,

cambiarlo todo, descontroladamente,

para siempre.

Déjalo, deja que una leve sonrisa ponga el broche

a este silencio incómodo.

Dejemos que todo siga igual, aunque sospechemos

que todo podría ser seguro distinto,

quizá mejor.

Déjalo, sigue viéndome así, callado,

inocente del delito de ser uno más,

culpable del silencio más cobarde.

Puede que sea lo que observas

o quizá lo que sospechas o ignoras,

puedo ser un mundo de posibilidades, curiosas,

como tú.

Pero al final de cuentas, por ser todo hoy

el mejor hoy que puede ser…

déjalo, déjalo….

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El señor que decía las cosas


Érase que se era

un señor que decía las cosas

que había que decir.

Decía ese señor las cosas 

que no estaban dichas

porque a los demás se les atascaban

justo entre la lengua, los dientes,

y la valentía.

Las decía todas,

todas las cosas que había que decir

y llegó a conocérsele mucho más lejos de lo que nunca imaginó

porque sabía decir las cosas

cuando había que decirlas,

nunca antes,

rara vez después.

No era un señor especialmente valiente,

ni especialmente querido,

no era un señor amablemente especial, 

ni guapo ,ni feo, ni diferente,

pero no era del montón, 

no lo era.

Empezó a decir las cosas un día cualquiera,

justo mientras esperaba hacerlo

cualquier día.

Sentado a la puerta de su casa,

en medio de un silencio espeso,

vió que la vida pasaba, 

mientras pasaban las cosas,

cosas que desfilaban impúdicas, arrogantes,

chulas.

Y las cosas que pasaban, decidió, había que decirlas.

Le dijo a su perro que lo quería aunque su pelaje lo hacía estornudar.

Quiso abrazar a aquella vecina que llevaba años amando en silencio, y se lo dijo

una tarde alborotada de luces y olores insuperables.

Y no aguantaba las risotadas chillonas del alcalde y se lo supo decir, y a un transeúnte le dijo

que le resultaba indiferente.

A un niño le dió las gracias por llamarle “señor” cuando le pidió

que les devolviese la pelota que había salido despedida

fuera del campo de fútbol.

Le contó a la dueña de la floristería que

nunca había visto una mirada tan increíble como la suya,

y le dijo que tanta belleza en unos ojos,

le parecía un abuso.

Y le pidió perdón a sus amigos,

porque nunca sabía si estar a la altura

o sólo estar pendiente.

Decía las cosas a la gente, a la vida,

a las otras cosas.

Pronto dejó de ser indiferente,

y las personas le buscaban para que les dijese las cosas

que había que decir.

Él no entendía dónde veían los demás el mérito, 

puesto que no sabía dejar las cosas sin decir.

Si le sorprendió que tanta gente le buscase para oírle decir las cosas

en tiempo y forma, 

más le sorprendió observar que, aquellos que escuchaban lo que les tenía que decir,

pronto se marchaban,

y rara vez se quedaban a seguir las cosas que les tenía que decir ,

en forma y tiempo.

Y pronto quedó solo 

el señor que decía las cosas.

Y fué muy raro saber

que nadie quedó para ver que, una vez

que dejó de decir las cosas,

fué el primero que tras decirlas,

todas,

comenzó a hacerlas.
FIN.
Dedicado a los que observamos sin atrevernos a mucho más.

La culpa la tienes yo


Me tienes echo un lío.

Cuando pensaba que ya habíamos acordado

que ibas a ser yo

quien se iba a hacer cargo

de cada paso que fuese a dar de ahora en adelante,

justo ahora,

me vuelvo a encontrar lamentándome

porque has vuelto a largarte dejando los platos rotos atrás.

La verdad, te vi muy seguro cuando afirmabas

que ya era la última vez, que te deleitabas en el agridulce sabor

de la derrota, mientras culpabas al resto de la existencia

de todo lo que por desgracia te aquejaba.

Y me encontré seguro teniendo tu determinación delante.

Una determinación, ahora lo se, que sólo tenía la solidez

que tiene la necesidad

de ser más fuerte, sin saber apenas por dónde empezar

para llegar a serlo.

Y se que en cada línea de los edificios que me rodean,

y en cada palabra, acto o intención que esparcen mis vecinos, mis familiares,

aquellos con los que pueda y deba coincidir,

mas o menos lejos,

en todos ellos,

reside mucho de la dificultad

de vivir

para vivir.

Y soy consciente de que no de todo

te puedo responsabilizar

a mi.

Pero me duele que te convenzas de que vas a dar un paso al frente

y en cuanto vuelvo la mirada

me engañes retrocediendo

una vez mas.

Duele que no me sepas sostener la mirada,

que no tengas o me tengas un mínimo de confianza

en ti, a pesar de que estamos solos en la habitación.

Desde ese espejo, yo, respiras posibilidad

pero en el vaho que dejas en el cristal,

con el dedo desde el otro lado, dibujo un “tu”.

Tu, o yo…¡qué mas da¡,

misma posibilidad frustrada de ser algo más,

misma certeza de ser lo que soy,

sólo una perspectiva nos separa.

La culpa la tienes yo,

y la responsabilidad la tengo tú.

En un espejo se puede mirar a solas, sin reparar en el tiempo,

sin el rubor de parecer sólo obsesionado con quien se es.

En un espejo, a solas, no me deleito con el yo que, por estar ahí, parece un tu.

En un espejo, a solas, a veces no busco ni ganar ni perder,

porque sólo empatar entre ambos

tu

y yo,

parece el mejor resultado.

de la nariz


No creo que haya dejado de ser un adolescente.

Han pasado años y han pasado infinidad de cosas

que le han otorgado mil matices a la forma

en la que miro a mi alrededor.

Pero muy a menudo creo que aquel que miraba todo el mundo

con 16 años, sigue tal cual aquí,

hoy sentado escribiendo con una punzante incertidumbre

acerca de lo que esperará en el siguiente renglón,

en los giros del siguiente párrafo.

También tengo nuevos recursos,

canas,

distintos “yo” que saco a pasear según la ocasión.

¡Quién me iba a decir a mi que la experiencia, la madurez,

no iba a significar otra cosa sino versatilidad ante los dobleces inciertos

de la propia vida!.

En aquellos años de pubertad, en los que todos nos batíamos con las inseguridades,

las ansias, los nuevos anhelos y nuestras propias carencias para entender

y moldear un mundo que se presentaba con una hostilidad mortal,

el foco de mis desdichas era mi nariz.

No puedo evitar sonreír pon lo simple y clara que resulta hoy esta afirmación.

Pero como suele ocurrir en esas edades, lo complicado e intrincado del sufrimiento

en el que uno se suele sumergir, hacía imposible entender lo simple, y por tanto fácil de solventar,

que era el origen de todos los males.

Tenía una nariz grande, inusual, arrogante en un rostro cobarde.

Una nariz imponente, inigualable e inimitable, una nariz que destacaba,

una nariz que no se podía disimular.

Una nariz curva, una nariz que no estaba de moda y que yo solo tenía.

Me singularizaba mi nariz, me hacía diferente y, por no entenderlo,

poco a poco, me limitaba, me condicionaba, hacía que yo mismo me anulase.

Y al anularme yo, dejaba de existir para los demás.

¡Cuán feo se podía sentir uno!. ¡Cuán desdichado!. ¡Qué pereza para el resto de la humanidad que, una vez vieron mi nariz

no volvieron a darle importancia!.

Una nariz, un apéndice cartilaginoso, como centro de todo, durante unos años.

Foco de desdichas y, ahora lo se, también terapéutico salvavidas que me mantenía a salvo de multitud

de otras preocupaciones y problemas potencialmente serios

que revoloteaban a mi alrededor entonces.

La paradoja adolescente. Un mundo de privilegios al que renunciaba y un universo de desdichas. A ambos renunciaba

por estar centrado en lo infeliz que me hacía mi nariz.

Y no hice nada. Fueron pasando, como digo, años y cosas.

Vivencias.

Nuevas personas.

Sobre todo ella, que me enseñó todo aquello de lo que era capaz y que estaba debajo de mi nariz.

Frente a mis ojos.

Hoy tengo una nariz arrogante, grande, estrambótica, curva, ridículamente grande en un rostro

con el que estoy en paz porque soy capaz de ver con satisfacción en él

el paso del tiempo.

Tengo una nariz que simple y llanamente no me gusta.

Pero no la cambio por nada.

Porque uno de mis tesoros más preciados es una maravillosa pequeña

que, cuando y quiere y porque quiere, me besa en la punta de la nariz,

para retirarse un par de centímetros de mi rostro y sonreir divertida.

Mi hija  besa en la punta de la nariz al adolescente que sigue aquí,

justo en el centro de lo que fueron sus desdichas.

Mi hija ha desactivado todo aquello que atormentaba a este adolescente que, aunque sigue aquí,

queda en paz.

Lo que el alma sea


Es curiosidad,

o eso creo.

Es curiosidad lo que ciertas tardes me ronda,

ensortijándome en la pregunta

de si más allá de la piel y el barro vivo

que parecemos ser,

hay algo sin forma pero lleno de la verdad más absoluta

que pueda ser pura esencia

que nos da sentido

y nos trasciende.

Si, es curiosidad,

pero nada más.

Porque en el instante siguiente al de nacer la curiosidad

la certeza de que saber si hay un alma,

de si tenemos un espíritu

o un ser que va más allá de lo que podemos acariciar,

saber todo aquello, definirlo o describirlo,

no es sino un trayecto que uno renuncia a recorrer

por aburrido, inútil

y seco.

No se lo que es el alma

nunca sabré lo que alma sea.

Es que me entristece forjar medidas

o zurzir nombres mientras aquello que quiero nombrar

se muere si no se le acaricia, si no se sugiere,

si no se le muerde, si no se le paladea.

Da igual lo que el alma sea,

me da lo mismo encontrar el material que está más allá del aquí

y el ahora.

Cuando sin hablar se ama,

cuando sin tristeza se llora,

cuando por simple verdad aplastante, y por un corazón quebradizo

la piel se eriza y el hoy se conmociona.

Cuando atraviesa la misma existencia

la última palabra que ella te ha dicho,

cuando el sueño del anhelo

y el anhelar soñando siguen vibrando

porque él acaba de estar contigo.

Cuando todo eso y más te hace desear dejar atrás lo conocido

para seguir sumergido en la sensación de haber nacido de nuevo,

cuando todo eso pasa,

no deseas otra cosa y sabes que el alma,

sea lo que sea,

la tuya, la del otro, la de ella, la de él,

no es sino el único sentido de estar aquí,

y la inercia enamorada

de seguir estándolo.

La vida guapa


Hoy sin avisar,

sin previo aviso,

sin ningún “para qué” arrogante,

la vida se ha puesto guapa.

La luz que a diario baña y guía los pasos

se ha perfumado con un brillo especial

que lo tiñe todo de única e irrepetible oportunidad

de vivir aquí y ahora.

Hoy las sonrisas están por todos lados

en cada esquina, en cada paso, en cada “gracias”.

Hoy las cosas que suceden, pasan,

y fluyen con una gracia que seguramente perderán.

Hoy los abrazos saben a todo,

menos a mi,

y hasta la soledad extiende un manto colorido

de posibilidad

sobre cada pensamiento que viene y va.

La gente corre a mi lado sabiendo cada uno ser

una perfecta obra maestra que sólo cobra sentido

al lado de otras.

Y los impulsos están más cerca que nunca de cobrar forma,

y las tentaciones pierden su sabor amargo y se abren

ante tí, que apartabas la vista de ellas,

y se sientan a tus pies a esperar pacientes.

Y lo que duele, duele, y lo que escuece, pica.

Y adonde tu quieras ir yo voy contigo

si tu quieres que contigo esté.

Hoy la vida se ha puesto guapa y da lo mismo

lo que vestía ayer y en lo que se enfundará mañana.

Y sospecho que hoy viste sus mejores galas para otro,

para otros

y, a pesar de ello, me quedo prendado mirándola,

sin descifrarla,

buceando en las ganas que me han crecido de repente

de agarrarla por la cintura,

haciéndola mía

sin importar por cuánto tiempo.

Hoy sigo añorando, sufriendo, echando de menos,

echando de más,

sigo teniendo sed de todo y hambre de pocas cosas,

entristeciéndome, enfadándome y robándome a mi mismo

las pistas para ser quien querría ser.

Todo sigue ahí, aunque en un sitio distinto,

detrás del deleite que produce la inesperada certeza

de que todo lo que tengo ante mi,

todo,

por ser lo que es y poder  ser mucho más

es extremadamente bello,

cuando la vida,

sin avisar,

se pone, como hoy, muy guapa.

Las buenas personas


Estar perdido, o estar solo

es un estado frágil,

que puede partirse por la mitad

si tan sólo te tienden la mano,

en el momento justo.

Uno puede seguir perdido,

pero nada importa si ya no camina mirando únicamente a su sombra.

Esas personas que hacen que todo cambie

con sólo tender la mano,

esas son las buenas personas.

Esa gente que hace mudar cualquier preocupación

porque su sola presencia,

vestida o no de silencio,

ya vale por si la pena.

Las buenas personas son lo que hace que el futuro más incierto

cobre visos de posibilidad

de mañana alcanzable,

de certidumbre doméstica en la que sin duda alguna

uno se quiere instalar.

A las buenas personas no se las busca,

no se las espera.

Se las cree, se cree que sean buenas personas,

dando igual por cuánto tiempo lo sean.

A las buenas personas se las quiere, se las cuida,

se las respeta,

a las buenas personas hay que entregarlas a otras buenas personas.

Porque su mirada hace que todo cambie, que muchas de las barreras

más altas,

se derritan.

Las buenas personas no son un bien escaso que, por serlo,

haya visto incrementada su cotización.

A las buenas personas no se las rifan, las buenas personas están

justo a tu lado, sin esperar que caigas en la cuenta de que llevan siglos mirándote

embelesadas, con la mano tendida.

Ellas disfrutan de estar junto a tí,

porque seguramente tú seas la mejor persona para ellos.

Justo en este momento.

Las buenas personas pueden estar y estar en todos lados

en todos los tiempos

en todas las decisiones

en todos los silencios.

El suelo de tu vida, y el techo de tu anhelo

están repletos de buenas personas

que te llevarán donde tu quieras

si tu quieres.

Hoy se extendió el rumor de que las buenas personas no existen,

que son un cuento de los noticiarios,

y ya se formaron clubes que las persiguen

porque suponen una amenaza al negocio ruin de los mediocres

defensores del interés iluso, perverso, vacío; el negocio ruin

de ganarse el pan ocultando que todos tenemos temores.

Las buenas personas cuando están ahí,

están para escuchar lo que te pasa y responder

a la pregunta que hace que todo se tambalee,

aunque sea con un silencio

y una caricia.

Las buenas personas,

somos todos,

si queremos.

Rufo


Rufo es un elefante de trapo.

Es blando, azul, pequeño.

Apareció un día sin más, disfrazado de regalo de cumpleaños.

Nunca costó demasiado de conseguir. No es un elefante caro.

Rufo es simple, sencillo. No es complicado y

no sabe complicar nada.

No combina especialmente bien con lo que le rodea,

pero encaja.

No tiene una gran sonrisa, y si aprietas su

pequeña trompa,

hace un simpático sonido de bocina,

pequeña.

Pero no le queremos por eso.

Es suave.

En Rufo cabe todo el cariño y la ternura del mundo.

Mi hijo mayor duerme con él desde que nació. Desde el primer día.

Lo sigue abrazando, noche tras noche.

Mi hijo quiere a Rufo, y no hace falta matizar esa frase.

Rufo no produce adicción, porque no exige nada a cambio.

Sólo está para cuando toque.

Y toca siempre, siempre toca abrazarlo.

En silencio, sin más.

Ha hecho más en estos 9 años, que cualquier reflexión

que haya sacado a pasear.

Mi pequeña hija dormía rodeada de una cohorte de muñecos,

de miles colores y expresiones.

Hoy miraba callada a mi hijo, que leía abrazado despreocupadamente

a Rufo.

“Elefante”, ha pedido ella señalando a Rufo.

“Claro”, dijo él. Se lo tendió.

Mi pequeña ha agarrado a Rufo contra el pecho, ha agarrado a un elefante azul, blando, barato, simple,

desconocido, y ha cerrado los ojos mientras le daba las gracias a su hermano.

Abrazada a Rufo se ha dormido.

Abrazada a todo el amor, la ternura y los abrazos que su hermano

ha depositado en el pequeño Rufo durante todos estos años.

¿Porqué es Rufo el mejor depósito de todo ese amor cotidiano? A saber, seguramente

porque sin ningún motivo necesario, mi pequeño decidió

aferrarse a él.

Es un misterio el porqué elegimos aferrarnos a unas personas o a otras,

a unas cosas a otras.

Es un misterio aquello que algunos llaman afinidad.

Lo es menos que una vez que uno decide aferrarse,

sinceramente a algo o alguien,

rara vez quiere dar vuelta atrás.

Todo oscila.


Va, viene. Los días se acercan, 

los tuyos a los míos, 

justo cuando parece que más se alejan.

Sentado en este bordillo 

con la mirada perdida entre

tanta gente, 

confiaba en encontrar la estabilidad que tanto

se cotiza, 

cuando me susurraste ligeramente,

que abandonase cuanto antes esa misión, 

esa búsqueda apasionada; porque la estabilidad

nunca llegará en una sucesión de momentos

que no dejan de oscilar.

A la mujer barbuda nadie era capaz de sostenerle la mirada,

y hoy son millones los que cruzan mares de ignorancia

para contemplarla embelesados.

Hoy estás aquí y obviamente, 

al segundo siguiente estarás allí, 

aunque no te hayas movido.

Tus anhelos y pensamientos, cosidos a los míos

han partido ya al encuentro de lo que serán mañana, 

para dejar de ser

cosas mías, cosas tuyas.

El propio fracaso cuya idea paraliza más que 

el mayor de los obstáculos,

entraña por definición el germen del 

más monumental éxito.

Y, por desgracia, y viceversa.

Todo gira para formar parte de una verdad circular

que nos empeñamos en mirar en línea recta.

No es que el dolor acabe, no es que uno se acostumbre,

es que el dolor, del más desgarrado al más leve, forma parte de 

la misma realidad, solo que en el otro lado de la curva.

La dificultad de aceptar que todo oscila y oscilará se disfraza

del miedo a fracasar.

Y en este carnaval de disfraces, el traje más laureado no es sino precisamente

el de estabilidad personal, de la que se viste la inseguridad y el miedo

a salirse en la próxima curva cerrada que dará la vida y sus ingredientes.

Es que no es fácil vivir.

Pero es póco útil cerrar los ojos

a la verdad de que, donde te odié, hoy te quiero,

donde lloré, hoy río,

y donde río, callaré dudando

de si volveré a ser capaz de reír, vivir, beber, amar, sentir, llenar los pulmones,

mirar, pensar.

Dudando aún sabiendo que está claro que lo haré.

Todo oscila, en un movimiento evidente, hipnótico,

con una cadencia perfecta que, por infinita,

resulta invisible.

No vale la pena


Quisiera que en aquellos momentos

en los que uno se pierde,

cada suspiro no se llevase tanta vida,

y después uno se quedase tan vacío.

A veces el dolor simplemente 

coge desprevenidas a las ganas de seguir.

Y sólo es el factor sorpresa el que le da vida.

Otras veces la desesperanza se empeña en esconderme

la idea del mañana debajo de un manto espeso de excusas.

En ocasiones el camino se desdibuja, 

tanto,

que hasta mi propia sombra se diluye 

ente la graba,

y no se ni qué decir, ni qué pensar ni qué hacer.

Y siempre, siempre, lo que me hace volver a ponerme en ruta,

es un sí, un aliento amigo, una sonrisa cómplice, un abrazo amigo,

un hoy prometedor que tiene aroma de mañana,

un asentir, un guiño, una caricia leve pero que se clava,

una corriente fresca que roza el alma y que da igual

que en momento que vuela al lado de uno,

sea verdad o no.

Al fin,

inevitablemente caí, caigo y caeré, y por esos momentos

todo lo más sombrío se abre paso,

irremediablemente.

Pero sin remisión, una y mil veces más,

me levantaré porque no me sale nada hoy con más fuerza

que la certeza de que toda esa oscuridad

pasará puesto que cualquier forma de pena

no vale ni el aire que se gasta al pronunciarla.