Amor, dolor, respeto y otras obviedades


Sufrimos porque las cosas nos duelen.

Pero no sufrimos sólamente por eso.

Sufrimos porque, además, amamos, y nos acostumbramos a amar.

Amor, dolor y sufrimiento. Van unidos, se pelean, pero no pueden escapar los unos de los otros.

Cuando se sufre se está sumergido en el espejismo más real… Se sufre sintiendo que el dolor nunca desaparecerá, nunca menguará.

Se suele sufrir incluso cuando el dolor ha remitido.

Sufrimos más cuanto más hemos amado.

Y el único remedio al sufrimiento en el que desemboca el dolor,

es aferrarse de nuevo al ejercicio de amar.

Pero no siempre el antídoto es el amor de película,

el amor de colores.

El respeto es el amor que gusta más de tonos pálidos, discretos.

Déjame de amores desgarrados que te arrastran galopando a un

amanecer edulcorado.

Prefiero que me tiendas la mano, y no que me pases el brazo

por encima del hombro.

Prefiero estar al lado de tí que sufres,

que ser el que está a tu lado.

El dolor hay que verlo, sentirlo, respetarlo,

hasta cuando se torna en el sufrimiento más cruel.

El sufrimiento hay que verlo hasta que desaparezca,

mientras uno se agarra a lo que tenga a mano.

El amor, en cualquiera de sus formas,

lo vivo ya lento, y me gusta de vez en cuando recordar

que para amar hay que respetar

los espacios,

los tiempos,

los dolores y sufrimientos de cada uno.

Respetar creo que es la manera más sincera

y generosa, de querer.

Querer porque sí, porque toca,

porque no se puede evitar

es quizá un error que no toca.

No se puede prever amar, igual que no se planifica

el dolor ni cuándo se torna en sufrimiento,

pero igual que se puede decidir

agarrarte más fuerte a la vida y al amor,

se debe prestar la mano más firme

y la presencia más cariñosa y rotunda.

Nos lo debemos los que nos queremos,

aunque sea un poco.