No generalicen


Se generaliza,

se suele generalizar.

Hasta los que dicen que no debe hacerse, y lo dicen metiendo tripa

y sacando pecho.

Dicen que es una mala costumbre, una costumbre fea,

pensando que así logran un crédito que les sitúa

por encima del bien y del menos bien.

Sienten que ellos si se han dado cuenta de que generalizar

es de pobres de neurona,

ellos, tan ricos de pensamientos que ya se inventaron

en el siglo XIX. Ellos son los que una y otra vez,

repiten excusándose, que tienen contrastado que todas las mujeres (o la mayoría, que viene a ser lo mismo) son listas, que todos los hombres más fuertes,

que no hay cura bueno, ni roquero elegante,

ni amor puro ni verdad verdadera.

Generalizar es de perezosos,

se generaliza por vaguería, por prisa,

por necesidad de posicionarse en el cero o en el uno,

en el blanco o en el negro; se generaliza porque nadie nos enseñó

a que tener amistades en todos los bandos es posible.

Planteaos la vida como queráis,

dejadme con mis grises, con mi depende

con mi duda,

con mi verdad verdadera, con la verdad que muta

dependiendo de hasta lo que yo vaya aprendiendo.

Generaliza si no queda más remedio, pero date cuenta

que hacerlo una y otra vez supone

caer en una ciega mediocridad,

que provoca ceguera,

una ceguera sorda y ciega, muda

que no deja ver más allá de lo evidente.

 

 

 

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