Sin voz y sin aliento, con todo lo demás


Me quedé sin voz, creo que porque simplemente no encontraba nada realmente interesante que decir.

Para ser más precisos, no estaba siendo capaz de encontrar nada de lo que hablar y de lo que, por hacerlo, por hablarlo, pudiera sentir que estaba aportando algo.

Es curioso cómo como a veces uno se valora y se exige a si mismo.

El hecho simple, el acto mismo, la misma capacidad de comunicar, no viene a suplir sino la necesidad de no sentirnos aislados. Y sin embargo, en mis ratos de soledad, cuando me siento a mi mismo en el banquillo de los acusados, a la luz única de mis propios ojos, pasa a ser una necesaria posibilidad de cambiar el mundo.

Y cuando no lo es, pierdo la voz, pierdo el aliento.

Soy yo mismo el que me enmudezco, apropiándome de la capacidad astuta del silencio, y privando a los demás de mi ruido, de una sucesión de palabras que para mi no significan nada.

Y el silencio se vuelve tan sólido, que ni me entero, ni considero, si los demás simplemente podrían estar interesados en escuchar.

Descubro así mi propio engaño… no es que, como a ratos me digo, quiera evitar a los demás un ramillete de palabras ya descubiertas hace tiempo, sin ningún contenido genuino y sin ni siquiera una forma vistosa…  No. Es que no quiero hablar. Ni siquiera me apetece sentir mi propio aliento.

Es que no quiero decir nada porque decidí hace tiempo, sin saberlo, que si no decía algo que fuera distinto, prefiero no decir nada.

Así, llevo callado un tiempo, hasta respirando despacio, para que nadie sospeche que hay uno más ocupando un espacio que bien podría ocupar cualquiera.

Así llevo un tiempo.

Hasta que por fin, de nuevo, descubro que lo genuino que uno aporta con una palabra o un gesto no reside en el contenido y el valor que yo mismo le otorgue, sino en el despreocupado interés que otro tiene en que yo me pueda dirigir a él.

He caído en la cuenta que vale más un hola sincero y simple, que una oración original, o una presentación construida a base de ideas inigualables.

Vale más hablar porque le vale a los demás escuchar.

En mi silencio vi lo impagable que es escuchar, y lo imposible que es escuchar si

alguien no habla sin ningún preocupación.

Hablar, atreverse a recorrer el camino hacia el otro, le da sentido a todo.

Aunque esté sin voz, y casi sin aliento por lo que exige la distancia que a veces me ataca, aunque lo haya estado y lo vaya a estar, seguiré obligándome a hablar, a decir, a recorrer el espacio hasta los demás… porque una vez recorrido, el camino siempre merece la pena

por muy ridículo, por muy “uno más” que uno se sienta.

 

Anuncios