¿Qué tal?


El tiempo transcurre,

por arriba, abajo, a los lados,

transcurrió antes,

lo hace ahora,

transcurrirá después.

Inexorable y obvia cosa,

el paso del tiempo.

Mientras lo pienso, agarro el respaldo de la silla

que tienes frente a ti.

Ligeramente lo aparto para sentarme,

enfrente tuyo.

Aproximo con mis manos la silla a la tuya,

cogiéndola desde abajo.

Sospecho que nuestros alientos se rozan

en algún punto del aire,

ahora que estamos más cerca.

Relajo los hombros, levanto la mirada,

se posa en la tuya.

Inevitablemente sonrío.

Ahora el hecho de que seamos dos en la habitación

me suena a una mera anécdota,

un eco vago de lo único que para mí es real ahora;

tú.

Da igual cuánto tiempo transcurra o transcurrirá,

o transcurrió ayer.

El reloj ha sido desterrado de este reino de miradas y sonrisas

vírgenes.

Me inclino un poco más hacia tu ahora, tu aquí.

Atrevido, respiro profundo,

para contener las súbitas ganas de saber

en mi ahora y en mi aquí, todo de tí.

El silencio nos ata. Querido amigo el silencio.

Las “tuya” o “mía” han desaparecido,

para dejar paso a una sola mirada,

entre los dos,

sin saber dónde empieza y quién la acaba.

Sentados frente a frente,

casi como si estuviésemos abrazados,

en el único sitio en el que se quisiera estar.

Dime, dime ahora,

de verdad, desde dentro,

¿qué tal?.

Déjalo…


Nada, nada, déjalo.

De verdad, no creas que tengo nada serio

que aportar.

Déjalo, de verdad.

No hay nada en mi mirada,

sólo lo inevitable de mirar.

Déjalo, en serio, no quise decir nada

en concreto

cuando me cogiste desprevenido

mirándote,

en silencio.

Déjalo, déjalo,

no me preguntes,

de verdad, déjalo.

¿No ves que es mejor que todo esté

tal y como está?.

Las palabras que no están dichas,

permiten que la vida transcurra

como la queréis los demás.

Déjalo, de verdad,

la curiosidad desde la que preguntas,

no puede traer nada bueno.

Claro que tengo un mundo de palabras que se

amontonan desordenadas,

buscando salir parar dibujar lienzos,

tus retratos.

Las palabras son insolentes,

y con las excusa de expresar los más íntimos sentimientos,

te engañan para,

una vez dichas,

cambiarlo todo, descontroladamente,

para siempre.

Déjalo, deja que una leve sonrisa ponga el broche

a este silencio incómodo.

Dejemos que todo siga igual, aunque sospechemos

que todo podría ser seguro distinto,

quizá mejor.

Déjalo, sigue viéndome así, callado,

inocente del delito de ser uno más,

culpable del silencio más cobarde.

Puede que sea lo que observas

o quizá lo que sospechas o ignoras,

puedo ser un mundo de posibilidades, curiosas,

como tú.

Pero al final de cuentas, por ser todo hoy

el mejor hoy que puede ser…

déjalo, déjalo….