El señor que decía las cosas


Érase que se era

un señor que decía las cosas

que había que decir.

Decía ese señor las cosas 

que no estaban dichas

porque a los demás se les atascaban

justo entre la lengua, los dientes,

y la valentía.

Las decía todas,

todas las cosas que había que decir

y llegó a conocérsele mucho más lejos de lo que nunca imaginó

porque sabía decir las cosas

cuando había que decirlas,

nunca antes,

rara vez después.

No era un señor especialmente valiente,

ni especialmente querido,

no era un señor amablemente especial, 

ni guapo ,ni feo, ni diferente,

pero no era del montón, 

no lo era.

Empezó a decir las cosas un día cualquiera,

justo mientras esperaba hacerlo

cualquier día.

Sentado a la puerta de su casa,

en medio de un silencio espeso,

vió que la vida pasaba, 

mientras pasaban las cosas,

cosas que desfilaban impúdicas, arrogantes,

chulas.

Y las cosas que pasaban, decidió, había que decirlas.

Le dijo a su perro que lo quería aunque su pelaje lo hacía estornudar.

Quiso abrazar a aquella vecina que llevaba años amando en silencio, y se lo dijo

una tarde alborotada de luces y olores insuperables.

Y no aguantaba las risotadas chillonas del alcalde y se lo supo decir, y a un transeúnte le dijo

que le resultaba indiferente.

A un niño le dió las gracias por llamarle “señor” cuando le pidió

que les devolviese la pelota que había salido despedida

fuera del campo de fútbol.

Le contó a la dueña de la floristería que

nunca había visto una mirada tan increíble como la suya,

y le dijo que tanta belleza en unos ojos,

le parecía un abuso.

Y le pidió perdón a sus amigos,

porque nunca sabía si estar a la altura

o sólo estar pendiente.

Decía las cosas a la gente, a la vida,

a las otras cosas.

Pronto dejó de ser indiferente,

y las personas le buscaban para que les dijese las cosas

que había que decir.

Él no entendía dónde veían los demás el mérito, 

puesto que no sabía dejar las cosas sin decir.

Si le sorprendió que tanta gente le buscase para oírle decir las cosas

en tiempo y forma, 

más le sorprendió observar que, aquellos que escuchaban lo que les tenía que decir,

pronto se marchaban,

y rara vez se quedaban a seguir las cosas que les tenía que decir ,

en forma y tiempo.

Y pronto quedó solo 

el señor que decía las cosas.

Y fué muy raro saber

que nadie quedó para ver que, una vez

que dejó de decir las cosas,

fué el primero que tras decirlas,

todas,

comenzó a hacerlas.
FIN.
Dedicado a los que observamos sin atrevernos a mucho más.

La culpa la tienes yo


Me tienes echo un lío.

Cuando pensaba que ya habíamos acordado

que ibas a ser yo

quien se iba a hacer cargo

de cada paso que fuese a dar de ahora en adelante,

justo ahora,

me vuelvo a encontrar lamentándome

porque has vuelto a largarte dejando los platos rotos atrás.

La verdad, te vi muy seguro cuando afirmabas

que ya era la última vez, que te deleitabas en el agridulce sabor

de la derrota, mientras culpabas al resto de la existencia

de todo lo que por desgracia te aquejaba.

Y me encontré seguro teniendo tu determinación delante.

Una determinación, ahora lo se, que sólo tenía la solidez

que tiene la necesidad

de ser más fuerte, sin saber apenas por dónde empezar

para llegar a serlo.

Y se que en cada línea de los edificios que me rodean,

y en cada palabra, acto o intención que esparcen mis vecinos, mis familiares,

aquellos con los que pueda y deba coincidir,

mas o menos lejos,

en todos ellos,

reside mucho de la dificultad

de vivir

para vivir.

Y soy consciente de que no de todo

te puedo responsabilizar

a mi.

Pero me duele que te convenzas de que vas a dar un paso al frente

y en cuanto vuelvo la mirada

me engañes retrocediendo

una vez mas.

Duele que no me sepas sostener la mirada,

que no tengas o me tengas un mínimo de confianza

en ti, a pesar de que estamos solos en la habitación.

Desde ese espejo, yo, respiras posibilidad

pero en el vaho que dejas en el cristal,

con el dedo desde el otro lado, dibujo un “tu”.

Tu, o yo…¡qué mas da¡,

misma posibilidad frustrada de ser algo más,

misma certeza de ser lo que soy,

sólo una perspectiva nos separa.

La culpa la tienes yo,

y la responsabilidad la tengo tú.

En un espejo se puede mirar a solas, sin reparar en el tiempo,

sin el rubor de parecer sólo obsesionado con quien se es.

En un espejo, a solas, no me deleito con el yo que, por estar ahí, parece un tu.

En un espejo, a solas, a veces no busco ni ganar ni perder,

porque sólo empatar entre ambos

tu

y yo,

parece el mejor resultado.