de la nariz


No creo que haya dejado de ser un adolescente.

Han pasado años y han pasado infinidad de cosas

que le han otorgado mil matices a la forma

en la que miro a mi alrededor.

Pero muy a menudo creo que aquel que miraba todo el mundo

con 16 años, sigue tal cual aquí,

hoy sentado escribiendo con una punzante incertidumbre

acerca de lo que esperará en el siguiente renglón,

en los giros del siguiente párrafo.

También tengo nuevos recursos,

canas,

distintos “yo” que saco a pasear según la ocasión.

¡Quién me iba a decir a mi que la experiencia, la madurez,

no iba a significar otra cosa sino versatilidad ante los dobleces inciertos

de la propia vida!.

En aquellos años de pubertad, en los que todos nos batíamos con las inseguridades,

las ansias, los nuevos anhelos y nuestras propias carencias para entender

y moldear un mundo que se presentaba con una hostilidad mortal,

el foco de mis desdichas era mi nariz.

No puedo evitar sonreír pon lo simple y clara que resulta hoy esta afirmación.

Pero como suele ocurrir en esas edades, lo complicado e intrincado del sufrimiento

en el que uno se suele sumergir, hacía imposible entender lo simple, y por tanto fácil de solventar,

que era el origen de todos los males.

Tenía una nariz grande, inusual, arrogante en un rostro cobarde.

Una nariz imponente, inigualable e inimitable, una nariz que destacaba,

una nariz que no se podía disimular.

Una nariz curva, una nariz que no estaba de moda y que yo solo tenía.

Me singularizaba mi nariz, me hacía diferente y, por no entenderlo,

poco a poco, me limitaba, me condicionaba, hacía que yo mismo me anulase.

Y al anularme yo, dejaba de existir para los demás.

¡Cuán feo se podía sentir uno!. ¡Cuán desdichado!. ¡Qué pereza para el resto de la humanidad que, una vez vieron mi nariz

no volvieron a darle importancia!.

Una nariz, un apéndice cartilaginoso, como centro de todo, durante unos años.

Foco de desdichas y, ahora lo se, también terapéutico salvavidas que me mantenía a salvo de multitud

de otras preocupaciones y problemas potencialmente serios

que revoloteaban a mi alrededor entonces.

La paradoja adolescente. Un mundo de privilegios al que renunciaba y un universo de desdichas. A ambos renunciaba

por estar centrado en lo infeliz que me hacía mi nariz.

Y no hice nada. Fueron pasando, como digo, años y cosas.

Vivencias.

Nuevas personas.

Sobre todo ella, que me enseñó todo aquello de lo que era capaz y que estaba debajo de mi nariz.

Frente a mis ojos.

Hoy tengo una nariz arrogante, grande, estrambótica, curva, ridículamente grande en un rostro

con el que estoy en paz porque soy capaz de ver con satisfacción en él

el paso del tiempo.

Tengo una nariz que simple y llanamente no me gusta.

Pero no la cambio por nada.

Porque uno de mis tesoros más preciados es una maravillosa pequeña

que, cuando y quiere y porque quiere, me besa en la punta de la nariz,

para retirarse un par de centímetros de mi rostro y sonreir divertida.

Mi hija  besa en la punta de la nariz al adolescente que sigue aquí,

justo en el centro de lo que fueron sus desdichas.

Mi hija ha desactivado todo aquello que atormentaba a este adolescente que, aunque sigue aquí,

queda en paz.

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