Rufo


Rufo es un elefante de trapo.

Es blando, azul, pequeño.

Apareció un día sin más, disfrazado de regalo de cumpleaños.

Nunca costó demasiado de conseguir. No es un elefante caro.

Rufo es simple, sencillo. No es complicado y

no sabe complicar nada.

No combina especialmente bien con lo que le rodea,

pero encaja.

No tiene una gran sonrisa, y si aprietas su

pequeña trompa,

hace un simpático sonido de bocina,

pequeña.

Pero no le queremos por eso.

Es suave.

En Rufo cabe todo el cariño y la ternura del mundo.

Mi hijo mayor duerme con él desde que nació. Desde el primer día.

Lo sigue abrazando, noche tras noche.

Mi hijo quiere a Rufo, y no hace falta matizar esa frase.

Rufo no produce adicción, porque no exige nada a cambio.

Sólo está para cuando toque.

Y toca siempre, siempre toca abrazarlo.

En silencio, sin más.

Ha hecho más en estos 9 años, que cualquier reflexión

que haya sacado a pasear.

Mi pequeña hija dormía rodeada de una cohorte de muñecos,

de miles colores y expresiones.

Hoy miraba callada a mi hijo, que leía abrazado despreocupadamente

a Rufo.

“Elefante”, ha pedido ella señalando a Rufo.

“Claro”, dijo él. Se lo tendió.

Mi pequeña ha agarrado a Rufo contra el pecho, ha agarrado a un elefante azul, blando, barato, simple,

desconocido, y ha cerrado los ojos mientras le daba las gracias a su hermano.

Abrazada a Rufo se ha dormido.

Abrazada a todo el amor, la ternura y los abrazos que su hermano

ha depositado en el pequeño Rufo durante todos estos años.

¿Porqué es Rufo el mejor depósito de todo ese amor cotidiano? A saber, seguramente

porque sin ningún motivo necesario, mi pequeño decidió

aferrarse a él.

Es un misterio el porqué elegimos aferrarnos a unas personas o a otras,

a unas cosas a otras.

Es un misterio aquello que algunos llaman afinidad.

Lo es menos que una vez que uno decide aferrarse,

sinceramente a algo o alguien,

rara vez quiere dar vuelta atrás.

Todo oscila.


Va, viene. Los días se acercan, 

los tuyos a los míos, 

justo cuando parece que más se alejan.

Sentado en este bordillo 

con la mirada perdida entre

tanta gente, 

confiaba en encontrar la estabilidad que tanto

se cotiza, 

cuando me susurraste ligeramente,

que abandonase cuanto antes esa misión, 

esa búsqueda apasionada; porque la estabilidad

nunca llegará en una sucesión de momentos

que no dejan de oscilar.

A la mujer barbuda nadie era capaz de sostenerle la mirada,

y hoy son millones los que cruzan mares de ignorancia

para contemplarla embelesados.

Hoy estás aquí y obviamente, 

al segundo siguiente estarás allí, 

aunque no te hayas movido.

Tus anhelos y pensamientos, cosidos a los míos

han partido ya al encuentro de lo que serán mañana, 

para dejar de ser

cosas mías, cosas tuyas.

El propio fracaso cuya idea paraliza más que 

el mayor de los obstáculos,

entraña por definición el germen del 

más monumental éxito.

Y, por desgracia, y viceversa.

Todo gira para formar parte de una verdad circular

que nos empeñamos en mirar en línea recta.

No es que el dolor acabe, no es que uno se acostumbre,

es que el dolor, del más desgarrado al más leve, forma parte de 

la misma realidad, solo que en el otro lado de la curva.

La dificultad de aceptar que todo oscila y oscilará se disfraza

del miedo a fracasar.

Y en este carnaval de disfraces, el traje más laureado no es sino precisamente

el de estabilidad personal, de la que se viste la inseguridad y el miedo

a salirse en la próxima curva cerrada que dará la vida y sus ingredientes.

Es que no es fácil vivir.

Pero es póco útil cerrar los ojos

a la verdad de que, donde te odié, hoy te quiero,

donde lloré, hoy río,

y donde río, callaré dudando

de si volveré a ser capaz de reír, vivir, beber, amar, sentir, llenar los pulmones,

mirar, pensar.

Dudando aún sabiendo que está claro que lo haré.

Todo oscila, en un movimiento evidente, hipnótico,

con una cadencia perfecta que, por infinita,

resulta invisible.