No vale la pena


Quisiera que en aquellos momentos

en los que uno se pierde,

cada suspiro no se llevase tanta vida,

y después uno se quedase tan vacío.

A veces el dolor simplemente 

coge desprevenidas a las ganas de seguir.

Y sólo es el factor sorpresa el que le da vida.

Otras veces la desesperanza se empeña en esconderme

la idea del mañana debajo de un manto espeso de excusas.

En ocasiones el camino se desdibuja, 

tanto,

que hasta mi propia sombra se diluye 

ente la graba,

y no se ni qué decir, ni qué pensar ni qué hacer.

Y siempre, siempre, lo que me hace volver a ponerme en ruta,

es un sí, un aliento amigo, una sonrisa cómplice, un abrazo amigo,

un hoy prometedor que tiene aroma de mañana,

un asentir, un guiño, una caricia leve pero que se clava,

una corriente fresca que roza el alma y que da igual

que en momento que vuela al lado de uno,

sea verdad o no.

Al fin,

inevitablemente caí, caigo y caeré, y por esos momentos

todo lo más sombrío se abre paso,

irremediablemente.

Pero sin remisión, una y mil veces más,

me levantaré porque no me sale nada hoy con más fuerza

que la certeza de que toda esa oscuridad

pasará puesto que cualquier forma de pena

no vale ni el aire que se gasta al pronunciarla.

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Escarmiento


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Ojala todo fuera tan sencillo,

como desearlo.

Ojala que fuese verdad que el optimismo

estuviese construido simplemente de voluntad,

que fuese tan sólo un proceso interior,

íntimo, que en nada o en poco depende

de lo que ocurre alrededor.

Me gustaría que al enfrentarme con el optimismo

estuviese yo tan solo en soledad

yo con mi mismo yo, y mi necedad,

la prima terca de la necesidad,

que todo absolutamente lo mueve.

Quiero ser a ratos optimista y no me sale,

porque me resulta irremediable apartar la vista

del ejército de ombligos que todos los días

desfilan ante mi, a mi lado, tras de mi,

rindiéndose homenaje fiel a si mismos.

Desearía que la fina lluvia del desinterés

no calase fuerte, a borbotones,

en el patio interior de los íntimos recuerdos y certezas;

en ese patio interior sombrío que mantuve a resguardo

de las miradas y que hace bien poco declaré inaugurado

para el gran público

precisamente al gran público del que llueven filos hilos de desinterés,

a cada poco.

Creía que ser optimista era una apuesta segura,

una dirección en la que el único gran precio,

era el alto coste de dar el primer paso.

Yo quiero ser optimista pero,

la mayoría de las veces no me sale, porque reconozco

que es más reconfortante resguardarse bajo la insana certeza

de que todo es relativo, de que nada es seguro,

y que casi nada pende de mis propios actos.

No se me da bien ser optimista,

porque me gusta condicionar los pensamientos

a otros que no son míos, como un inútil maestro de la paperoflexia:

doblo la vida que tengo delante de mi

para someter una realidad que puede ser mía a otra que ni siquiera

se atreve a existir.

Ojalá existiesen campeones de ser optimista,

adalides del decidir ver todo del único modo que realmente aporta,

ojalá supiese enumerar tres nombres de quienes han triunfado con esa

mirada decidida,

sin que al pronunciar sus nombres sospechase íntimamente,

que se equivocan.

El mundo necesita de infelices con dificultad para aprender,

personas incapaces de escarmentar

ante mil reveses.

Todos necesitamos de esos héroes que sigan queriendo dar

a pesar de que nunca vayan a recibir ni una mísera porción en contraprestación.

Y los necesitamos porque, por lo difícil que esto resulta,

estos imprescindibles personajes escasean.

Necesitamos entregarnos, pero gustando menos,

sobre todo necesitamos recibir.

Y es de esa extraña capacidad de saber extraer lo que uno

espera recibir del propio acto de dar,

de esa imposible paradoja

es de la que extraigo el afán por seguir siendo

optimista.

Con querer serlo no basta,

ojala bastase.

Con querer seguir siéndolo,

basta aún menos.

Ojalá fuera tan sencillo.

Con fallar y fallar, volviendo a fallar,

y fallando,

tampoco es suficiente.

Con volver a intentarlo, ha pesar de haber fallado,

sin escarmentar en los reveses,

con eso, sospecho,

es más que suficiente.

Por muy loco que resulte.

No escarmentar, es de optimistas,

valientes.