Tu, Queja


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Llevamos coincidiendo mucho tiempo,

demasiado.

Y en todo este tiempo,

aunque has insistido una

y otra vez en que así te llamase,

nunca te he visto ni crítica

ni constructiva.

Te vi nacer el mismo día en que por primera vez

mi voz se distinguió de la del resto.

Se que acudí a tí en las mil ocasiones

en las que soñaba con mudar mis pasos

por los de aquel desconocido al que tanto admiraba.

Siempre te ví accesible, me sedujiste con tus mil disfraces,

con tu aroma barato de libertad, con tus

vestidos cortos de tela de carisma.

Tú, Queja, te entrelazaste con mi propia identidad.

Juntos fuimos mucho tiempo un único todo,

dispuesto a defender una única y triste identidad.

Nos fundimos en mil discursos encendidos que ahora

descubro con amargo pesar, que no iban a ningún otro lado

más que en la perversa dirección

que a tí te alimenta.

Ahora se que has vivido a mi costa,

te he cebado dejando de lado todo aquello que pudo ser

y que por haber estado dedicado y decidido a nutrirte,

ni siquiera vi.

Ahora eres tú la que acudes sin remedio a mi

una y otra vez,

para extraer de cada uno de los caminos que me circundan

la poca esencia de voluntad genuina

que has respetado.

Si, ahora contienes mucho más de mí de lo que me puedo permitir,

pero te dejo aquí,

debo hacerlo.

Porque no eres más que un atajo sin retorno,

un bálsamo envenenado,

un placebo que se disfraza de sí mismo,

una mentira que se prostituye para poder vestir

como una verdad.

No me convienes, no me sirves,

no quiero servirte más.

Huye, mientras escapo de ti.

Busca a otro infeliz que, mientras busca

aquello que cree ser su lugar en el mundo,

se deje engatusar por el altavoz deslumbrante

de las palabras decididas que regalas.

A mí abandóname para siempre,

déjame desvalido y sin voz,

porque sólo así conseguiré apropiarme de un hoy limpio,

que quiera ser el puente y camino más sólido

a aquello que será el mañana.

Déjame, y llévate aquello que de mí te regalé,

porque ya no quiero sentirlo parte de mí.

No lleves mi firma, porque no quiero quejarme más.

Déjame tú, queja.

Porque yo no se cómo dejarte de lado…

Valentía


Después de un buen rato mirando

al vacío que se abre delante de uno

en ese profundo precipicio,

uno decide saltar.

En el fugaz instante que media

entre el acto de saltar

y la sensación de estar a merced de la gravedad,

de la suerte,

del destino,

o de lo que sea,

en ese fugaz instante en el que, cerrando los ojos,

parece que todo se para y enmudece,

y hasta hay un destello de deleite,

entre las infinitas posibilidades que se abren a partir de ese momento.

En ese fugaz instante,

sospecho que habita la valentía.

La valentía no quiero que sea ni una cualidad,

ni un estado, ni una aspiración.

No me gusta pensar en que la valentía sea una marca,

ni una frontera que separa a los mediocres de los que merecen un lugar de privilegio

al final de los días.

La valentía no creo que sea un signo, ni un cambio,

ni un antes, ni un después.

No se es valiente ni se deja de ser.

Más bien estoy en la idea de que la valentía,

en ocasiones nos atraviesa, y en otros nos espera sentada

en una marquesina distante, allá a lo lejos, muy a lo lejos

invitándonos, tramposa, a correr hacia ella.

La valentía no se alcanza, no se entrena.

La valentía se experimenta.

Y por eso se tiene, sin saber si podrá mantenerse cautiva.

Haber sido valiente es digno de encomio,

porque la vida y hasta la naturaleza,

confabula para que no tomemos decisiones

que nos lleven más allá de nuestros miedos,

donde reside todo aquello que anhelamos y que nos negamos.

Definirse como valiente es una estupidez,

una arrogancia,

una mentira.

Decidir que a pesar de estar muriéndose de miedo,

o de incertidumbre,

o de inseguridad

o de dudas,

o sea,

de miedo,

a pesar de ello, decidir que hay que moverse justo en una dirección

que atraviesa ese miedo para conseguir algo que

sólo se intuye está más allá,

sin más certeza que la propia determinación,

es algo admirable,

aunque sea necesario.

Los miedos siempre son legítimos,

y lo es vivir siendo presa de ellos.

El que condene severamente el inmovilismo del otro

frente a sus miedos,

merece seguir viviendo mil vidas sin ver más allá de sus narices.

Es normal no ser capaz de superar los miedos, y no se puede pedir más.

Pero aquellos que se levantan, ignoran los escalofríos,

se yerguen, y levantan el mentón y abren los ojos a persar de que notan

que las lágrimas luchan por volver a brotar,

y su cabeza les chilla ¡huye,para, vuelve, no sigas!.

A todos los que lo están haciendo, llevados por una fuerza que no hay por qué definir..

a todos ellos hay que darles las gracias una y mil veces, aunque sólo sea

porque son la personificación,

la prueba más palpable e irrefutable

de que en algún momento,

podemos procurarnos todos

una vida mejor,

más allá de los miedos.

A tí que hoy has sido valiente,

sin saber si mañana lo serás,

gracias y ánimo.

Y mañana, vuelta a empezar.

Nadie puede juzgarte porque tus miedos vuelvan a gobernar,

porque en esa situación, está el resto de la humanidad.

Pero hoy, hoy que has sido valiente,

eres un ser ejemplar.

Gracias.