Dedicatoriamente


Pues resulta que hoy me he dado un buen baño,

nadando con un estilo a medias entre el crol y la braza,

vamos, a estilo “perrito”,

en una de esas charcas de medias verdades con las que uno

se conforma

cuando no hay a mano un buen océano de conversaciones

en las que chapotear alegremente.

Y ha sido en medio de ese baño cuando, como me suele pasar,

empezó todo.

La piedra que ha golpeado la charca de medias verdades

y que comienza ese baile de ondas concéntricas

es un pequeño flash,

un descubrimiento súbito, íntimo,

el de caer en la cuenta que he promocionado recientemente:

he pasado de nota a pie de página

a dedicatoria.

Y comenzó el baile:

dedicar y dedicarse

son dos verbos que florecen

a partir de la semilla del compromiso.

Porque uno se compromete con aquello o aquellos

a los que está dedicado,

y al revés porque,  como suele ocurrir con  todas las obviedades,

el efecto es el mismo.

Uno dedica unos versos, unas notas,

unos segundos

una vida,

no como generoso ademán

y nunca como acto altruista de entrega.

Uno dedica un momento,

una obra, un libro, un texto

porque no hay otra forma de crear comprometido

con la idea de hacerlo,

si no es con la esperanza de compartir lo que se crea,

aunque sea esa esperanza un secreto

que se guarda bajo la almohada.

Uno se dedica por entero a algo o a alguien

por esa misma irremediable necesidad de vivir

compartiendo cada paso.

Y la música siguió sonando en la charca de las medias verdades,

y mareado por el 3×4 de las ideas de compromiso, dedicatoria y el acto mismo

de compartir,

se sentó a la mesa un inesperado invitado:

la fidelidad.

Y abordé desde distintos ángulos la idea en la que se entrelaza

la fidelidad absoluta,

la fidelidad mayúscula

con los otros tres comensales.

Y abracé durante un buen rato la forma

en la que me parecía

que uno es inflexiblemente fiel

con lo que se compromete, y

por tanto,

a lo que se dedica, no tanto porque se arrebate con la idea

de compartir esto y aquello,

sino por que hacerlo es una necesidad inevitable.

Desde otra esquina, pude bosquejar el pensamiento

de que

mientras que siempre había entendido

que ser fiel es dedicarse a algo o alguien

con quien compartir algo único,

o sea,

que la fidelidad es la entrega en exclusiva a uno o una,

sea cosa, persona o idea,

ahora tiendo a pensar que la unidad, la excluisividad

de la que se compone la fidelidad,

proviene de que es uno el que se entrega.

De ahí di un salto a pensar que, por tanto,

uno puede dedicarse

de verdad,

en cuerpo y alma

con una multitud de algos y alguienes,

debiendo sólo lealtad

y fidelidad

a un uno,

a uno mismo.

Y tras todo ello, se hizo un silencio pastoso, seguido del jaleo y eco que mis pesados y

estériles pensamientos habían provocado.

Recogí el desorden que todo esto dejó en mi pecho

y entre mis sienes.

Salí de la charca de las medias verdades, volviendo a preguntarme

por enésima vez,

si no merecía la pena esperar a otra mejor oportunidad para darme un

buen baño,

uno bueno,

uno en el que la conversación sea la que enriquezca el momento,

y no haber tenido que recurrir a pensamientos sucedáneos que no valgan ni siquiera

la tinta que pueda uno gastar al plasmarlo.

Pero los contrastes y las paradojas son las que me definen por este lado

de la cotidianidad.

Y seguramente a ellas deba mi reciente promoción: de nota al pié,

a flamante dedicatoria.

Y por ser dedicatoria, hoy me he reservado este pequeño espacio de paleta

para compartir aquello a lo que , por seguramente un minuto inútil,

he estado dedicado

por entero,

fielmente

conmigo mismo.

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Sin metáforas


Me hace falta desvestirme de giros estilísticos
aunque sólo sea por unos minutos,
del mismo modo que mañana volveré a necesitar
recurrir a ellos.
Hoy me dejo llevar por lo claro que es lo obvio,
y me apetece sumergirme en la inevitable sensación
de sucumbir a la tentación,
yo, que hago arte de mi permanente pelea
por resistirme a ellas.
Se va agotando un año que me ha traído en fila
un montón de sensaciones y momentos
que siento como si se me hubiesen adherido a la
piel uno tras otro. Momentos, personas, situaciones y ocurrencias
que percibo y recuerdo ya como verdaderamente decisivas, irrepetibles
especiales y únicas.
Y sentado aquí dejándome llevar por la tentación de hacer balance,
sólo acierto a hacerlo a mi manera: bordeando el significado que todas esas
cosas han tenido para mí en este año, sin entrar
a relatar su definición,
para, de algún modo, no profanar su magia; y sin convertirlas en adefesios
con extraños disfraces con nombres de metáfora ( o viceversa ).
Si, por empezar, diría que soy más yo después de 2014.
Así me siento al menos.
Me he rendido en lo cotidiano a mis mezquindades, habiéndolas permitido estar en su lugar, el que, a fuerza de no quererlas ver, les he ido construyendo se lo largo de los años.
Ahora se que están ahí y empiezo a sospechar que algunas de ellas, relacionadas con defender a cada rato lo que íntimamente me apetece ( en algunos círculos se acepta mejor la expresión “lo que creo más justo”, de hecho, se acepta mejor en la mayoría de los círculos esta expresión), creo que me han reportado las primeras dosis del respeto que llevaba tiempo añorando.
Si, al final las cosas, mis cosas, quedan más claras como las cosas que uno quiere, cuando las antepone en el ejercicio diario de las preferencias je uno defiende.
Y no al revés. Gracias, 2014.
También he percibido con más fuerza que se quiere más si se decide hacerlo.
No es que haya aprendido que el querer es un estado al que se llega por una decisión consciente (esto sólo lo sospecho, pero no tengo intención de corroborarlo de momento), sino que he constatado que, una vez que se quiere, puede decidirse ejercer.
Hacerlo, querer, o ponerse a querer, intensifica sus influjos placenteros.
Querer a conciencia, como decisión beneficiosa, es una de las cosas a las que no volveré a renunciar, por que hacerlo, renunciar,
significaría privarme de momentos únicos que ahora concibo como posibles y cercanos.
Decirlo, propiciarlo, cultivarlo, recolectarlo, generar el espacio interno y externo para el querer es algo que seguiré haciendo gracias al 2014.
Y gracias a él, también se que cuando no perciba un querer, siendo la mía la elección que acabo de enunciar, será porque la contraparte ha decidido no hacerlo, la pobre (contraparte). Dos no se quieren bien si uno no quiere, que diría el otro.
En 2014 rocé en algunos ámbitos una vertiginosa soledad. Pero de su mano vinieron ocasiones y personas irrepetibles.
Gracias a ello, ahora se que, cuando uno se siente solo, si aguza bien el oído, precisamente por estarlo, está mucho más cerca de alguien que hasta ese momento ni sospechaba.
En este año, como en otros, reí, triunfé, seguramente herí, me hicieron sombra, respiré, fracasé y las cosas salieron bien seguramente a partes iguales.
He compartido, mucho, más que nunca, en muchos sentidos. Puede que, de alguna forma, al abrirme, me haya repartido de alguna forma en otros y, al hacerlo, percibo menos necesidad de proteger, de protegerme.
Y creo que por eso, hoy, respiro algo más aliviado.
He dicho mucho “no se”, las mismas veces quizás que “gracias”. He aceptado elogios y he dejado de buscar obsesivamente críticas ( y todo ello sin entornar los párpados ).
He reencontrado, he aceptado y he callado.
Me he reconciliado con el optimista y con el que falla, les he hecho sitio a ambos en casa y a veces hablamos los tres, sin discutir.
He viajado y he escuchado mucho.
He procurado quejarme menos y he jurado hacerlo menos todavía.
Encontré mi pequeño y oxidado orgullo y le estoy sacando brillo, para sentarme algún día a decidir qué hago con él.
Y he vuelto a escribir, como hoy, sin pretender otra cosa que salirme de mí durante un rato y poder compartir lo que pueda llegar a pensar.
Un excelente año el 2014 en el que todo esto ocurre sobre un inmejorable lienzo de maravillosas personas que me dan sentido, muchas de las cuales leéis con generosidad estas páginas, otras que todavía no conocen de ellas, y alguna que ni sabe leer.
A todos, me gustaría agradeceros toda la verdad compartida en el 2014 que, como os digo, me ha aportado muchísimo.
Y para vosotros, como cada vez, aunque no lo diga, hoy sin metáforas, es este post.
Espero veros en lo que resta de vida, a vosotros y a los que están por llegar.
A todos.
Sin metáforas.

Cuando quieras darte cuenta


Ocurre que la grada está repleta de admiradores,

que siguen ovacionando

a un escenario que creemos vacío desde hace tiempo.

Sucede que los dos latidos

que siempre le sacan ventaja

a los pensamientos más lúcidos

han decidido pararse al ver que corrían solos

, en un escenario vacío.

Pasa que todo se mueve alrededor,

y todo lo irrepetible

todo, nos pasa varias veces por delante de las narices

y a fuerza de pasar sin pena ni gloria

deciden dejar de hacerlo,

simplemente porque alguien, antes

cae en la cuenta, de que hacer propio

todo aquello que enciende la pasión por seguir cosiendo momentos

solo depende de permitirse

la idea

y la emoción

de que lo que sucede, NOS sucede.

A nosotros, si.

A nosotros que vaciamos nuestros escenarios, para que aquel público que nos aplaude,

con ese calor que nos encanta, pueda marcharse ya a casa .

Tristes acomodadores que pensamos que nunca podremos costearnos

una entrada para nuestra propia película, porque siempre estaremos acomodando a los demás.

A veces pasa que no cabe más opción que darse cuenta

de que para que una imagen

un recuerdo,

un aroma,

te acompañe para siempre,

basta darse cuenta,

de que aquella mínima porción de magia

no pasa

sino que te pasa.

A tí, que pensaste que el mundo te rodea por coincidencia.

A tí, al que sólo la idea de parecer estar en el centro de lo que pasa,

aunque fuese simplemente por un momento,

te ruboriza.

Aquí, ahora,

donde todo pasa y te pasa,

todo es distinto si te centras

y te concentras y te enredas

en la necesidad de estar presente con todo lo que tienes y sabes,

para darte cuenta, vaya obviedad, de que estas aquí y ahora,

para que todo lo que pase a tu lado,

te pase de lleno,

y decidas, a partir de las llamas o las brasas que en tí deje,

ser espectador, acomodador,

o te decidas

a ser el tú, que hasta hoy,

no te habías permitido.

Dedicado a los que añoran


Justo en este recodo en el camino,

precisamente aquí,

quiero decirte al oído,

casi susurrando

que si añoras

intensamente algo

o a alguien, seguramente serás feliz

en la próxima tirada.

Si añoras de verdad,

si tu anhelo se despierta en mitad de la noche

o en medio de las ganas de llegar a mañana,

no es sino porque dejaste depositado en una conversación,

en una mirada,

en un alguien, el trozo de corazón

más importante de los que tenías la última vez que fuiste

aquel o aquella que recuerdas con cariño.

Añorar no es ni más ni menos

que volver a querer una y otra vez.

Y sólo vuelve a querer quien realmente y sin

adjetivos, ha querido sin remedio.

Querer y vivir, es irremediablemente querer vivir,

aunque al añorar sólo quede el gusto agridulce

que produce no recordar aquel camino que una vez recorrimos

y que nos llevó a ser lo más felices que la vida a veces permite.

Si añoras, el atajo del pasado te tienta,

pero tu añoranza debe servir de resguardo para la entrada

de palco

del espectáculo de tu mejor futuro:

porque sólo añoras si de verdad te entregaste a algo, a alguien.

Y aunque no sepas volver a aquel yo,

el yo del hoy,

este al que susurro al oído,

es el mejor yo que hoy me puedo encontrar:

un yo que quiso sin remedio, y que estremece con el deseo

de volverlo a hacer, en la próxima tirada.

Añora, libre, sin ataduras.

Sumérgete en tu añoranza si lo prefieres,

pero no dudes que dentro de la misma añoranza

está la garantía de lo irrepetible que eres:

tu propia, particular y precisa capacidad de entregarte a algo o

alguien al que

o a lo que, quizás

añorar:

tu corazón,

el corazón que compartirás,

aunque sea una vez más.

Lo que funciona es ir


La certeza sobre el siguiente paso

que dar,

en la dirección que sea

se aparece como un lujo asiático.

Cuando creces rodeado de

pancartas en favor de lo infalible del esfuerzo abnegado,

absoluto,

te acostumbras a profesar una fe inconsciente

inamovible, a aquella actividad minuciosa

de trazar un mapa intrincado de opciones,

de previsiones, de prudentes derivadas.

Se es más ciudadano si se para uno a prever hasta

las situaciones que seguramente nunca se encontrará,

antes de dar un paso hacia aquello que se ubica en el futuro

pero te permite ser miembro del club que se haya elegido hoy.

Y aquí en el presente más inmóvil se celebran las más

celebradas tertulias acerca de los “porqué sis y porqué nos”, de lo que

se lleva hoy en la pasarela de la vida de Milán o Barcelona,

acerca de qué está de moda hacer o decidir o prever

en el club

para la temporada otoño invierno.

Numerosas tertulias, largas, inútiles,

a las que la mayoría de las veces acude uno en soledad.

DIscursiones disfrazadas de duda, de debate más o menos profundo,

que no tienen más bagaje que la del propio discutir,

mientras aquello sobre lo que se discute,

aquello que se dice que se anhela,

por quedar en el futuro, sin nadie que se atreva a dirigirse a él,

por quedar allí en el futuro,

se aleja cada vez más, por el sólo paso del tiempo.

Hacer planes de futuro,

es muchas cosas,

pero también es una costumbre,

que si no forma parte de un camino hacia ese futuro

que ya se emprendió,

rara vez sirve de algo.

Hacer planes es una parte del camino,

pero si no se dio el primer paso,

hacer planes no sirve más que para seguir sin darlo.

Primero es caminar hacia allí,

y después viene elegir las capas de cautela que elijamos.

Pero caminar, emprender el camino, es lo que sirve, es

lo que le da sentido a todo.

Ir, sea a donde sea,

eso es gobernar la vida,

es el principio de toda decisión honesta.

Primero ir,

porque el ir arrastra a lo demás que suceda.

Pero rara vez ocurre que un buen trabajo de análisis,

nos lleve a dar un buen paso.

Porque ir es lo que funciona.

A mi me gusta saber.


Si, me gusta saber cuándo
sobran las palabras,
mucho más que darme cuenta
de que algunas de mis palabras
han sobrado.
Me gusta conocer el aspecto
y el tacto que tienen
los muros que construí a mi alrededor,
y me gusta contemplar los que levantaron
mis vecinos, para así terminar
sabiendo que cuesta lo mismo saltar
unos y otros.
Saber que los límites están por delante
me gusta más que caer en la cuenta
de que quizá nunca sabré si son barreras
infranqueables porque nunca me atreví a
desafiarlas.
Me gusta el sabor de la certeza de que puedes
contar conmigo, mucho más que el amargo gusto
que deja el no saber si podré volver a contar contigo.
Quiero seguir sabiendo que las partes del todo
merecen más la pena que tener todas las partes de algo,
del todo.
Quiero saber lo que sea necesario, imprescindible
para seguir aquí, junto a ti que lees,
sin esperar a lo que venga después .
Yo quiero saber que no hay nada más allá de lo que se,
excepto todo lo que me atreva a descubrir.
Yo quiero desgranar los segundos de un momento,
como vidas eternas que caben en un pequeño cajón,
y que no se cobran más precio
que el dejar de lado el vértigo
por vivir.
Quiero saber que lo que genere en ti te marcará irremediablemente,
para saber que vivo incluido en otras vidas más allá de la vida.
Quiero saber que vivo en tu vida
para confiar que, aún cuando cierro los ojos y no quiero saber más,
estoy vivo en todo lo que ya he entregado
a los demás,
en lo que te acabo de entregar,
porque me lees.