Sobre las hojas


Hoy salí a correr.

Corro, últimamente.

Es algo nuevo, intuitivo,

que empecé a hacer por necesidad,

y que cada día cobra un sentido distinto,

adicional.

Hoy salí solo,

a veces, como todo, lo hago acompañado.

Hoy salí mientras amanecía.

Empecé despacio, sin prisa,

sumergido en “al otro lado del río” de

Jorge Drexler.

Como siempre, dejé que un paso siguiese al otro,

y me abandoné a las imagenes que tenía delante

y a las sensaciones que me entraban y me salían del pecho.

Todo sin más aspiración que la de estar allí presente.

Por un paseo largo, vacío y con la luz estrenándose

como un nuevo invitado, me deslicé despacio.

Y como si de la luz del otro lado del río que decía la canción

se tratase,

me llamó la atención

el color a otoño de las hojas caducas

que conformaban la deslizante alfombra que tenía por delante.

Con cuidado de no resbalarme, decidí correr por encima de ellas,

sin poder evitar la sensación

de que todas ellas pertenecían a un mundo pasado y reciente,

y así me convertía en el único superviviente de ese aquí y ahora.

Sobre las hojas corrí y sobre ellas me mantuve,

fuí y volví.

Descansé al fin, respirando profundamente, sudoroso,

extrañamente feliz.

Sin poder apartar la mirada de las hojas

que aunque provenían de un ayer otoñal,

me han servido de la mejor alfombra,

del mejor camino

que recuerdo haber encontrado.

Momentos descosidos


Me he hecho con una libreta

para volcar los momentos descosidos,

los momentos que se descosen

de las costuras que todos los días cuido para que estén bien unidas.

Necesitaba una libreta, para librarme instantáneamente

de todos aquellos pensamientos y sensaciones

que por un momento arrebatan la conciencia

y dejan pequeñas cicatrices en el alma

antes justo de desaparecer para siempre.

Una libreta pequeña, negra, de páginas amigas blancas,

que me acogen amables, cada vez que me quiero perder.

Hoy solo traigo aquí tres momentos descosidos de los muchos que vendrán,

porque es éste un experimento que sospecho que amansa

todo aquello de lo que he estado huyendo.

Frente al mar, hace bien poco, escribía:
“En el rumor de una ola caben mil conversaciones

y un silencio imprescindible”, “cierra los ojos y vive por un instante

lo que hasta ese instante no has vivido”.

El mar y su inmensidad, y la forma en que acaricia tu propia mirada, actúa para mí

como una invitación a explorar las fuerzas con las que se llega a ese instante

en el que uno lo mira esperanzado.

“Las caricias no tienen alas, los abrazos tienen dedos,

los besos son arpones punzantes, necesarios”.

Mientras, como de costumbre, por un instante repetido, todo se diluía:

” la desesperanza es una importancia venida a más, es una víctima

que sueña con no serlo, mientras

se aferra a no hacer nada para ser algo distinto”.

En una nota al pié de una página arrugada, reza; “tengo síndrome

de Estocolmo de mi inseguridad”.

Y cierro la libreta aliviado, ato las páginas con una goma,

a modo de precinto

y deposito el rotulador sobre sus tapas.

Miro a esos momentos descosidos, encuadernados.

“Citarse a si mismo, vaya arrogancia”, pienso.

Pero sospecho que una vez que cierro las tapas de la libreta,

quien escribía queda allí,

y así es a otro a quien cito.

Estar


Hoy estuve colocando en pequeños montones

las razones de distintos materiales

que me cuento ante el espejo para

convencerme de que mis límites,

los míos

no son sino diferencias que me definen y dibujan

mis contornos como ser único.

Si, y mientras apilaba todas estas excusas

de bisutería de distintos precios y calidades,

evitaba mirar realmente al espejo;

y no me refiero a mirar la triste figura

del pobre hidalgo que me devuelve a cada vez,

quiero decir que, como suele ser costumbre, evitaba mirar

dentro del espejo, dentro de cada movimiento y silencio

que esa mirada que allí reside puede buscar en mí.

He hecho pequeñas montañas de historias de adolescencia,

otras de descubrimientos de la mente y otras de aprendizajes íntimos,

de los que se atesoran en algún lugar entre el cuello y el bajo vientre.

Así, en un momento, construí mi pequeña cordillera. Esa pequeña sierra que veo a lo lejos

cuando mis anhelos me llevan a levantar la mirada del día a día

e intentan transportarme hacia otros terrenos de juego.

La cordillera que delimita lo que soy,

lo que estoy siendo.

Una cordillera inmensa, monumental, imponente, contundente

que cuando se la mira con los ojos del cambio,

apenas ocupa la mitad de la mesa que está

entre el espejo y yo.

Cientos de laderas de timidez, de inseguridad, de prudencia

de apatía, de rubor, de pasión, de duda,

que cuando se sobrevuelan, no son nada.

Hoy aparté de un manotazo esos pequeños montones hechos a base

de ideas que hace siglos di por zanjadas,

y de su mano cayeron cientos de pequeñas sensaciones

que carcomían mi verdadera y desconocida estructura.

Con todos esos motivos tirados por el suelo,

miré hacia el espejo.

Y no vi nada.

El espejo se había convertido en una puerta, simple, accesible.

Rodeé la mesa sobre la que hacía un momento, apiladas,

se encontraban las piezas de un rompecabezas que ahora me sonaba absurdo.

Agarré el picaporte de la puerta, con el pecho palpitando como nunca lo hizo,

lo giré y abrí la puerta al fin.

Al otro lado de la puerta, un espacio ilusionante, vacío

donde poder hacer todo aquello que hasta ahora no he hecho.

Y en el centro tú,

a quien poder abrazar, con quien poder reír,

con quien poder estar,

sin pensar más en mí o en tí, o en lo que nos rodea; sólo pensando

en cómo estar

mejor.