Ocurrencias


No nos apropiemos del tiempo, ni del mundo,

ni de aquello que llamamos vida.

No somos protagonistas de lo que sucede, para condenar así a papeles secundarios, de reparto,

o de relleno a todos con los que convivimos.

No tenemos mayor importancia que la de ser los protagonistas

de todo lo que nos pasa.

Las cosas suelen ocurrir para que tengamos un escenario en el que vivir,

para que tengamos un lienzo en el que pintar o en el que volcar todas nuestras frustraciones.

Todo ocurre para que reaccionemos,

y en menos ocasiones de las que creemos lo que ocurre sucede

porque hayamos actuado.

Pero solemos cargarnos con el peso hasta de las decisiones de los demás,

para que no nos pillen en un renuncio de responsabilidad.

Ser responsable de lo que decidamos que tenemos por delante es concedernos la posibilidad

de actuar para intentar cambiarlo.

Y esto es muy distinto que ser culpable de lo que sucede.

Todo ocurre por alguna razón,

da igual cuál sea ésta.

Lo importante es que sea la razón que sea lo que hay detrás de lo que ocurre,

e independientemente de ello, podemos hacer siempre algo para intervenir,

para cambiar, para potenciar.

Lo que ocurre, pasa y sucede, y en ese mismo momento, entramos en escena.

Y siendo así las cosas, el poder que reposa en nuestras manos,

en nuestro pecho, en nuestro aliento, es absoluto,

o es nada.

Pero no estamos antes de que las cosas ocurran,

no somos su génesis, no deberíamos serlo.

Somos actores en el ahora, y guionistas de un mañana

que mañana ocurrirá.

Nadie es director de lo que ocurre antes de que suceda,

por mucho que disfrute en silencio,

cargándose la culpa a la espalda.

No creo en un dios definido,

y por ser dios ya en si mismo una definición,

no creo en él.

Pero sí confío plenamente en que se sigan creando ocurrencias

que se sucedan para permitirme seguir decidiendo

si me hago responsable o no,

de intervenir en el decorado que mañana amanezca frente a mí.

Anuncios

Jugar a disfrutar


Con el sabor dulce de una conversación llena de palabras que navegan

llenando el paladar, la garganta y hasta el corazón,

con el pálpito claro de haber vivido un momento irrepetible

y con la irrefrenable certeza de haber retenido por siempre todas esas

sensaciones en el reservado más recóndito de mis recuerdos,

cierro los ojos y sonrío.

No es la primera vez que veo sucederse a los días sombríos,

con un mortecino andar.

No será la última vez que sortee los charcos que ha dejado la tormenta

de lástima de mi mismo, porque llueve y llueve mucho a este lado de mi conciencia.

Pero creo haber retenido un pensamiento bien definido,

el de que cuando uno descubre una pequeña pieza de aquello que alguien construyó y bautizó

como felicidad,

ese instante tiene tal potencia que cambia absolutamente todo lo que le sigue.

Si, la tristeza lo empapa todo cuando llega

y lastra el espíritu de todo hacia las profundidades.

Pero esa luz cegadora, cálida e incontrolable que irradia todo aquello que nos

fascina, nos enamora y nos transporta,

simplemente nos transforma, nos recuerda

para qué estamos aquí,

y nos señala el camino por el que transitar.

Cuando hay luz, sólo hay luz,

cuando hay oscuridad, sólo hay añoranza por la propia luz.

Sólo recordar que la sombra no es otra cosa que la ausencia de luz

ya construye un tipo específico de esperanza;

de que la luz de todo lo esencial de lo que nos privamos

nos espera a un paso, a un pequeño paso,

quizá en el próximo que daremos,

seguramente sólo nos separa de ello

la simple decisión de disfrutar

de todo lo que decidamos disfrutar.

Un momento


Un momento se ha enganchado

entre las ganas de vivir

y una frágil despedida.

Un momento se ha tejido con 

agujas de perdón

e hilo de olvido.

Un momento se ha teñido de culpa

cuando los párpados de la indiferencia

se inundaron de lágrimas de impotencia.

El melancólico dulzor de unas ganas

estúpidas de llorar sin rumbo

es el que tiene un momento

si no estás aquí al lado.

Saben de momentos los recovecos de

una sonrisa que decidió convertirse en artículo de lujo,

y salen por momentos a pasear los arrebatos de ira

cogidos del brazo de la pobreza simple que acarrea

el alma pobre.

A cada momento quiero tenerte para poder perderte

quizá tan solo en un momento.

En un instante se disuelve un momento que nació hace 

rato, hace un rato, tan solo a un momento de 

creer que era tan solo un trozo de tiempo, fugaz

liviano, turbio, mundano.

Un momento tiene lo inolvidable y  de un momento

de verdad carece un credo que quiere quemar

un momento de amor entre dos hermanos.

En un momento cabe todo, todo lo que cabe vivo

en un momento.

En un momento ocurrió todo y seguirá pasando lo más importante

en tan solo un momento.

Tu abrazo es todo y a él me aferro

apretando los párpados,

dejando que todo desaparezca en un momento,

en el momento en el que tu frontera y la mía se funden 

en un solo momento, 

en un momento eterno,

en un momento quieto,

en el que todo sirve, en el que todo pesa, en el que todo vale

aunque solo sea un momento.