Depósitos de confianza


La confianza, sobre todo la confianza en uno mismo, 

es un jucio que se pierde fácilmente.

Se podría decir que es ésta una cualidad, la de confiar, sobre todo en uno mismo,

que carece de un certero sentido de la orientación.

Es raro el momento en el que se tiene una contundente certeza de estar confiando,

y sin embargo

está mas arraigada la contínua sensación de haber perdido la confianza,

o al menos, de estar en una permanente lucha 

por recuperarla.

Digo yo que será esa desorientación propia de la confianza como realidad

lo que hace que la estemos buscando constantemente.

La confianza está continuamente buscando el sitio donde depositarse o,

lo que resulta más curioso,

a veces se esfuerza tremendamente,

por recordar dónde está depositada.

Hace ya mucho tiempo que me conformé con la idea de que 

no podemos vivir sin confianza

al igual, como me enseñaron (una de esas revelaciones que relajó mis días notablemente), que no podemos vivir

sin emitir juicios.

Emitimos juicios y confiamos, constantemente, sin descanso.

En lo de confiar, siendo prácticos, más que pensar o analizar si confiamos o no,

es mucho más útil dirigir la atención, sabiendo que no podemos parar de confiar,

en aquello en lo que confiamos.

Así, podría decirse que cuando nos sentimos huérfanos de confianza en nuestras posibilidades para afrontar

un nuevo reto,

de alguna manera, hablando en positivo, esto significa que tenemos depositada nuestra confianza en algún punto 

que nos provoca esta falta de fuerzas vital:

si se me perdona la tontería, estaríamos confiando, de alguna manera, en que fracasaremos.

Por supuesto, ya muchos en este punto pensaréis que la tentación que gobierna los siguientes líneas de este texto

tiene que ver con la simplona idea de que toda solución a la dolorosa sensación de falta de confianza

pasa por simplemente reenfocar el punto al que dirigimos la confianza.

No es una idea a abandonar,

pero no es ésta idea de tomar conciencia de dónde tenemos puesta nuestra confianza en cada momento

más que un prometedor comienzo.

Porque la clave con mayúsculas está en CÓMO llegamos a confiar,

cada uno, respecto lo que sea o en relación a quién sea.

Porque los ingredientes de este plato fundamental

son tan variados dependiendo de la persona y/o el momento, 

que cualquier receta previa que se quiera relatar aquí o en algún 

sesudo tratado, no tiene mas que mil probabilidades de fracasar.

Yo puedo llegar a confiar en quien hable mirándome a los ojos, 

sin dar muestras evidentes de que oculta o fuerza sus emociones,

pero seguramente alguien sometido a una responsabilidad que le 

prescribe una atroz repulsión al fracaso,

en su búsqueda de aliados, no hará más que depositar su confianza en

aquellos que muestren una explícita y firme confianza en sí mismos, a través de mil

y un gestos que, según el patrón que manda la experiencia de aquel, certifican dicha autoconfianza.

Un universo de ingredientes y variantes compone el complejo mundo de la confianza y lo hace

un lugar difícil de transitar con los ojos cerrados y ni siquiera entornados.

Sabiendo esto, quiero evitar la osadía de dar ningún tipo de consejo.

Siempre me parecieron una especie de clave sobre finales felices cuyo certificado de garantía

te sella el titiritero mayor del reino.

¿Cómo llegar a confiar en lo demás, en los demás o en uno mismo de la manera más propicia?, uff.. no tengo ninguna receta mágica. Ya me gustaría.

Pero sí quiero compartir esta idea que creo que puede suponer un principio alentador:

la confianza, a pesar de que solemos sentir algo distinto, no está perdida irremediablemente,

sólo se extravía.

La confianza, cuando estamos perdidos, resulta que se ha depositado en otras cosas que están en la sombra.

Por ello, dale una oportunidad.

No llores su pérdida; ponle ahínco en su búsqueda. Repasa los puntos menos luminosos donde puede estar agarrada. 

Normalmente suele pegarse al reverso de todo aquello que nos falta:

si nos falta confianza en nuestras capacidades para el éxito, solemos construir certezas sobre nuestra capacidad de atracción 

sobre el fracaso.

Si nos gustaría confiar en alguien, o mejor, en que ese alguien nos puede hacer (aunque sea parcialmente) felices, seguramente estamos confiando en la posibilidad de que nos hará infelices (quizá menos parcialmente).

Y un largo etc…

Dicho de otro modo, saber que a pesar de lo que podemos sentir, conservamos intacta, SIEMPRE, nuestra capacidad de confiar (como la capacidad de emitir cualquier otro juicio), genera la sensación poderosa de que PUEDO intentar depositar mi confianza en aquello que me haga más bien, una vez que localice dónde la dejé (a la confianza) la última vez que la vi..

Otra cosa es cómo sigue la historia de cada uno.

Cuestión de confiar…

Certezas que se visten de palabras


Los significados juegan a disfrazarse

con amplias prendas

con nombres de palabra.

Así la libertad es la mayor felicidad,

y viceversa.

Lo que hay detrás del amor 

se enfunda en un traje de colegial

para llamarse cariño.

Y el susurro sutil de un beso a veces 

utiliza el seudónimo de caricia.

El estruendo de tus pasos al marcharte

firma su obra final

con el nombre de desengaño,

y de perdición, y de libertad perdida

y de promesas rotas.

La crueldad se esconde tras un traje de firma

que se llama propiedad privada,

y los deseos privados se ponen mechas 

color intención.

La misma alma es un travesti que 

llora mientras desea de nuevo

ser un frío cúmulo de pensamientos,

una reacción química, un montón de nervios,

un resultado por eliminación, un leve peso,

un algo al que no saben qué nombre ponerle.

Las palabras no son sino ropa vieja que 

muestra su radiante lustre cuando se la cuida,

cuando se la mima, 

cuando se la saca a bailar en el preciso instante.

Y lo que rellena esa ropa, y juega a intercambiarla, queriendo 

cada domingo estrenar una nueva,

no es, 

sino todo lo demás,

que muchas veces, con distinto ropaje no es,

sino lo mismo.

Autoestigma


Hoy sentí un vértigo

profundo, de los que zarandean

absolutamente todo lo que uno cree conocer.

Hoy ví como una de esas personas 

que considero absolutas, 

que no necesitan de revisión

, una de aquellas personas de las que me resultan evidentes una multitud

de fortalezas y para las que asigno un par de imperfecciones

por aquello de hacer la concesión a esta educación conservadora que heredé, 

esa persona, me confesaba que el suelo se le movía bajo los pies.

El motivo es lo de menos.

Lo de más es que aquella persona admirada, querida y envidiada por muchos,

con todo su equipamiento reluciente para la vida, no se veía capaz de superar la siguiente etapa

, el siguiente episodio.

Teniéndolo todo, y quizá sabiéndolo, sufría.

Y todo por que no se ve capaz.

Porque no quiere creer en su potencialidad, en la realidad de ser una persona completa,

se resiste a creer en su perfecta candidatura para una vida que se le asigna desde ya.

Es la única acertante del sorteo del día, y ahí está, esa persona,

arrinconada consigo misma, apretando labios y párpados, luchando contra su propia y profunda

inseguridad, contra su propia certeza de no estar a la altura.

Y yo siento vértigo frente a uno de los giros que pinta caprichosa la realidad,

los que desde fuera vemos como fuertes, y los que desde dentro nos sentimos débiles,

todos

y por lo mismo,

sufrimos llegado el momento.

Unos por honorar a mecanismos aprendidos que tienen que ver con una prudencia espartana,

otros por timidez,

otros por simple miedo, a fracasar, a defraudar, a que no se les quiera suficiente,

o simplemente miedo a que el esfuerzo no merezca la pena,

que no es otra cosa,

que volver a fallar.

Todos nos vemos incapaces, aunque sufrimos por ello y lo sabemos.

Todos pasamos una buena parte del día, de la semana, de la vida, esperando el momento de que

alguien o algo, nos otorgue la receta de una definitiva autoconfianza.

Y hacemos grandes esfuerzos, seguimos dietas que nos pasan en el mercado de la rutina,

meditamos, tropezamos, caemos y volvemos a empezar.

Nos queremos poco en general, o no nos queremos suficiente para dejar de sufrir.

Hoy desde el vértigo, simplemente una reflexión: si los demás nos quieren, nos aprecian, o nos valoran (algo) y lo sabemos,no hacerlo nosotros en una medida suficiente es estúpido, porque la paradoja sería tal que supondría decir que aquí venimos a vivir a pesar de nosotros mismos.

No, somos seres suficientes, y nadie que realmente merezca la pena nos pedirá más.

Estar a la altura y la sensación que ello deja, depende de quién reconozcamos que pone el listón.

Ser coherente con este pensamiento permite perseguir objetivos que reporten repetidas dosis de satisfacción.

Si permitimos que sean otros los únicos legitimados para colocar los listones y olvidamos que somos nosotros mismos los que estamos investidos de la ABSOLUTA Jurisdicción para fijar el listón de nuestra propia vida, no haremos sino anularnos.

Estamos aquí para algo importante, y seguramente relacionado con la felicidad que nos podamos generar y podamos generar a los demás, en dosis ingentes.

Cada vez tengo más claro que fijar qué quiero hacer y ser, y desarrollar listones y objetivos propios es un ejercicio exclusivamente íntimo y personal, acompañado de todas las complicaciones que se encarga de disparar la vida.

Y precisamente por ese denso catálogo de dificultades que gobierna hoy la vida de cada uno, me niego a dejar que yo mismo para mí, sea el principal estigma.

Para mí quedan mis miedos e inseguridades, y yo mismo, como hizo esa persona hoy, elegiré a los compañeros de viaje con los que compartiré esa carga.

Gracias, por compartir conmigo.