Lo que la piel oculta


Una fina capa que tomamos 

como un muro infranqueable.

Pervivimos esperando que la piel de los otros 

desaparezca para dejar ver 

aquello que les mantiene al acecho,

mientras trabajamos duramente por hacer de nuestra piel

una dura coraza que no deje entrar 

ni un soplo malintencionado de pasión

de vida en estado puro,

y que no deje escapar ni uno de los tallos rebeldes

que nacen de nuestra semilla más profunda y que se ha retorcido

en la búsqueda de la luz en el exterior.

No es más yo el que yo acaricio en silencio 

cuando estoy solo,

que el que anida en los espejos 

que poseen los demás.

Más bien sospecho que soy todos y ninguno

y cuanto más sospecho más cerca estoy de saber

que nada de esto importa ya.

Que la piel no se dibujó para proteger, ni para envolver 

ni para filtrar

ni para conservar

los más puros pensamientos y 

sentimientos,

siendo ya, ahora lo se, formas distintas de mencionar lo mismo.

La piel nos dibuja, nos hace verdad, nos presenta

nos atrae y atrae hacia nosotros con una fuerza ineludible.

Somos piel de mil formas,

de mil aromas, de mil sabores.

Piel que sufre, que tiñe de hoy y de aquí

todo lo que nos empeñamos en llamar “alma”.

Cuando nos compadecemos, cuando nos alegramos,

cuando nos enamoramos,

y nos sentimos acompañados,

es el contacto sutil de una piel con otra 

la que nos une definitivamente, 

y es ese momento el que nos asegura

que la piel no separaba ni ocultaba,

sino que lo que había entre el otro y yo

no era más que un espacio que 

no había decidido recorrer.

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Las veces que hace falta


Se repite incesante la cantinela

de que un hombre solo

sólo es un hombre.

He recogido todos los trofeos que me acreditan

como aquel que más veces se cansó de despejar

los balones de la insatisfacción.

He hecho las maletas, las he deshecho para 

contemplarlas vacías en silencio, y he vuelto

a componerlas.

Me he mirado cien millones de veces al espejo,

con desdén, con curiosidad, con recelo, 

y he vuelto a mirarme.

He soltado todo el lastre que he podido

intentando emprender el vuelo, 

sin apenas haberme separado un dedo del suelo.

He doblado la tristeza de los demás para formar mil 

barquitos de papel

que pudiesen llevarlos lejos, lejos de ellos mismos, 

o del reflejo del espejo.

Soy reincidente confeso en el deleite de bailar con la más fea

porque, a fin de cuentas, es la única que te ve,

y no a través suya.

Me he citado con todo aquel que prometió sorprender a mis 

ganas de rendirme.

He vuelto a levantarme cada vez que creí que todo estaba perdido.

Me he ruborizado, he escondido un racimo de intenciones para coger fuerza

, la necesaria para poner encima de la mesa a la mayoría de ellas.

Me he presentado, he dicho mi nombre y he procurado no olvidar el mayor número

de los de aquellos que transitaban a mi lado.

He observado las maravillosas maneras que hay de abrazar

he abrazado

he visto cómo se cierran los ojos de diferente manera para decir te quiero

y lo he hecho.

He llorado por no poder conseguir por los pelos aquello

que te lleva a otro nivel

de locura.

Hoy hago balance enfermizo

de todo lo que he repetido hasta la saciedad,

y sobre todo, 

de todo lo que se me escapa cuando intento hacer estas estúpidas relaciones

que repito a cada vez.

Hoy quiero y odio. Odio querer y quiero odiar.

Hoy abro bien los ojos al presente

y los entorno cuando elevo la mirada al mañana

para no cegarme.

Hoy rara vez me sorprendo repasando el pasado.

Conseguí encerrarlo ayer en una caja hecha de madera de perdón.

Hoy se que basta con hacer y procurar no repasarlo.

Seguir adelante hoy, y hacerlo cuanto sea necesario.

Hasta la saciedad si es que ésta llega.

Intentar dar la bienvenida a los cambios con la mejor sonrisa,

puede ser lo único que quede cuando el escenario que pisamos a diario

se torne en un extraño y hostil mundo.

Hoy parto de cero a cada momento, para llenar el pecho con todo el 

delicado calor que me envían desconocidos

y que me regalan los entrañables corazones

que me son cercanos.

Hoy digo gracias porque es la única manera que tengo

de mostrar lo importante que es para mí seguir obteniendo 

todo lo que de ti obtengo.

Hoy vivo, respiro, duermo, sueño,

aprendo, reniego, corro, aspiro y vuelvo a vivir.

Y todo las veces que hace falta.

Y mañana me equivocaré para rectificar,

para llorar y compartir los errores,

volveré a errar, a recapitular,

a beber de las experiencias que me regalan todos los días.

Viajaré a lo desconocido con mi mochila repleta de lo conocido,

y volveré a estar tentado de deshacerme de ella.

Seguiré escribiendo con pensamientos de otros que adopté

en algún momento de lucidez adormecida.

Esquivaré torpemente los zarpazos del infortunio

para dejarme atrapar,

y volveré a cicatrizar.

Volveré a escucharte, y me acordaré de mí mismo sólo a veces.

Intentaré sentir todo aquello que suceda,

para dejar de pensar acerca de todo lo que me suceda.

Volveré a permanecer vulnerable,

volveré a estar, mientras me dejen,

en el centro de los días que queden por llegar.

Volveré a hacer lo que hice y lo que hoy hago,

y haré todo aquello que haya que hacer

para ser quien llegue a ser

las veces que haga falta.

 

Dejar pasar a lo que pasa


Vivir no es serio.

Estar no es importante,

tampoco lo es ser.

La relevancia de lo que es conocido

solo depende del rato que le queramos dedicar.

Y lo mismo pasa con lo desconocido.

La preocupación no es más que cortesía

con lo demás,

por encima de uno mismo.

El sufrimiento es falta de alternativas,

es miopía a ratos,

es ceguera la mayoría de las veces.

Nada depende de uno mismo

y todo sucede mientras dejemos que pase.

No hay ni un solo minuto que no se hubiese

podido colorear con una mayor sonrisa.

La pena nos persigue para cobrar las deudas

que hemos dejado al pasar sin pena

ni gloria.

Una lágrima se derrama porque no ha encontrado otro camino mejor

que el lento deslizar de tu mejilla,

el territorio en el que quisiera estar el resto de lo que me queda de tiempo.

Por eso envidio a las lágrimas que te recorren.

Añoro cualquier sonrisa con la que no haya tenido nada que ver.

Extraño las palmas de tus manos 

que ni siquiera llegaron a rozar

un pedazo de mi.

Sintonizamos porque no queremos seguir solos,

porque no soportamos la idea

de llegar a estarlo,

de llegar a sentirnos totalmente solos.

Todo sucede sin que tenga importancia un porqué.

Las razones se esconden de los que intentan capturarlas.

Las razones se maquillan de noche, se ponen guapas

porque sueñan con ser poseídas por alguien que realmente las tome

por algo menos frío e irrelevante de lo que son.

Nos acostamos a diario porque esperamos que el sueño

nos repare.

Y nos despertamos cada noche siendo

una versión muy parecida

de nosotros mismos.

La seriedad de lo que pasa no es más

que un disfraz impostor, para disimular

lo fugaz de encontrarnos de nuevo.

No soñé con lo que a cada rato pasa

y por ello destierro su gravedad.

Lo que pasa, pasa, sin remedio.

Y pasa porque, en parte, se que pasará

y dejo que pase.

Y sonrío ante lo irremediable de lo que sucede y se sucede

porque espero verte sonreir,

sin más.

Sin sentido


No se qué hace a mis latidos especiales,

qué los hace diferentes para que continúen su sobrio

repiquetear,

cuando otros latidos hoy mismo han enmudecido

por el estúpido, injusto, estruendo

de una o mil bombas.

No encuentro cómodo el silencio

ni la distancia

ni las diferencias, 

que me permiten estar aquí sentado, 

con este nudo en la garganta,

sin hacer mucho más

para poder evitar que las vidas de cientos y miles de personas,

de niños,

se desgarren irremediablemente.

Sin poder hacer mucho más,

porque la muerte no duela tanto

por afilada, por súbita, por cruel

por fria y callada.

La lógica lo suele hilvanar todo,

pero hoy sólo cobra sentido para mí 

el querer dejar de pertenecer a una raza que es capaz

masacrar y permanecer impasible

ante el dolor más básico y cercano, 

como el de un niño que ha perdido lo que le mantiene unido

a la cordura, a la vida.

Y todo por un enfado, por un sentimiento de propiedad,

por un ídolo, por un club, por una iglesia,

una bandera, un trozo de mierda, una pieza de verdad,

una chispa de certeza,

una moneda,

una frontera,

una túnica, un muro, una lamentación, una franja,

una nada.

Caen bombas de odio, para sembrar dolor,

creyendo poder construir un mañana mejor, sin saber

que el hoy que dejan, teñido de sangre, 

no hace más de hipotecar los ojos y el pecho de quien sobrevive

para perpetuar desde el vacío la única intención que une a la cordura,

prima viuda de la lógica:

la determinación de eliminar a quien apretó el botón.

Olvidar nos hace supervivientes,

pero olvidar no es perdonar,

perdonamos desde la necesidad, desde la lógica y la cordura,

desde la sanidad más absoluta de corazón,

de alma si alguna vez existió.

Pero si el dolor lo empapa todo, si todo lo inunda,

no deja a su paso más que dolor, 

silencio, desgarro, que fermenta en odio, 

y en una enfermiza incapacidad de olvidar,

y menos de perdonar.

Somos capaces de la peor abominación,

y somos capaces constantemente de superarla.

Somos capaces también de rectificar,

de dar ejemplo,

de perdonar,

de lograr heroicidades.

Todo eso somos.

Pero hoy no quiero saber qué nos hace decantarnos por 

lo mejor y lo peor de lo que somos capaces.

Me obsesiona el pensamiento de que, si somos capaces,

¿por qué no se empeñan unos y otros en parar de matar?.

Habrá mil razones para mantener eso que llaman dignidad,

la razón,

la que asista a cada uno.

Pero ¿hasta cuando puede un corazón humano, aunque esté roto, aguantar viendo a un niño llorar?.

Nada tiene sentido,

y la solución a todo, aun teniéndolo, no parece llegar.

No encuentro mayor sin sentido que éste, 

y el de, a pesar de todo, no tener más remedio que confiar,

que algún día aquella solución termine por llegar.

 

Libro de visitas


Cada día se asoman a estas letras amontonadas

una o dos personas

una o dos intenciones secretas.

Vienen, se asoman,

algunos leen.

Pocos comentan.

Unos elegidos otorgan un “me gusta” condescendiente, 

a veces sincero, que depositan en el balcón de este optimista fallido.

Varios individuos curiosean y se topan con un viaje personal

que en la mayoría de las ocasiones, puede resultar decepcionantemente distinto

de lo que les aconsejaban los buscadores digitales

que ayudan a abotargar la curiosidad.

Y yo mientras escribo

contando, sintiendo, describiendo, manifestando

dejando fluir fugaces pensamientos empapados de una realidad

de una emoción que dura lo que dura la necesidad

de escribir.

Escribo sospechando que soy yo el que necesita hacerlo,

por encima de lo que los demás necesiten leer lo que aquí pasa.

La acción de pararme y tomar distancia de mi mismo, depositando los restos que quedan

de mi en estas páginas agradecidas,

blancas, 

a veces resulta terapéutico.

Y muchas veces es hasta sensual pensar aquí en silencio, café en mano y sonrisa bosquejada:

¿qué piensas, tú que lees ahora mismo, aquí mismo esto?, ¿qué sientes?,

¿qué esperas?, ¿qué te hace volver?.

Y fantaseo con mil respuestas, sabiendo que ninguna de ellas es la que me traerá aquí mañana,

o pasado,

a volcarme sobre mí mismo.

O si.

Quién sabe.

Al fin y al cabo aquí me retrato porque se que lees.

Pero no se qué mas hay.

Y si me gustaría saber.

Porque a veces el silencio acaricia.

Y otras veces ahoga sutilmente,

al ser solo silencio.

Aunque no hables, puedes seguir ahí, en silencio, 

porque tú, lector ocasional, eres quien da vida a estas palabras que mientras duermes

duermen en el anonimato.

Al igual que desaparece este optimista fallido, errático

y torpe, 

hasta que vuelvas a darle vida con tu curiosidad.

En silencio.

 

Te comportas


Es porque en ocasiones los días se retuercen

que creemos desaparecer en el primer pistoletazo

que creemos oir entre la gente.

Y soñamos que nunca estuvimos allí,

que nadie nos vio marcar la diferencia.

Borramos las huellas, limpiamos el rastro

que dejamos a nuestro paso

con afán, con rabia,

para así darnos la posibilidad de comenzar

desde cero, siendo otros, siendo

quien, ahora si, nos traerá la paz.

Nos quitamos de la circulación, pensando que nunca

merecimos la pena,

y escondemos las alas bajo la sombra de una esperanza, 

la de ser quienes nos gustaría querer.

Y nos convertimos en un mensaje, 

en una llamada de teléfono, 

en un gesto de asentimiento, 

en una sonrisa, en un sitio cedido en el autobús,

cuando realmente toca.

Y creyendo haber desaparecido nos relegamos a ser

un simple hombro en el que llorar, una espalda en la que deshacerse

en el abrazo más cálido del universo.

Nos reducimos a un “gracias” a un “te quiero” a un sinfín de palabras

que se prestan su significado entre si.

Nos centramos en lo que hacemos pensando en que así 

lo que somos cobrará menos importancia,

ninguna en el mejor de los casos.

Yo estaba perdido en el noctámbulo devenir del amor 

conjetural por las personas y las cosas.

Pensé que cuando se ama a algo, a alguien, 

ocurre una mágica comunión con su esencia más fundamental;

creí sentir que la esencia de quien soy y la de quien es aquel o aquello que se ama,

se funden en una combustión irremediable e inexplicable.

Cuando mil veces quise desprenderme de mi idea personal sobre mi mismo

por ser ésta un lastre lastimoso, 

cien mil veces me encontré desapareciendo en mil comportamientos que 

se centran en el otro, en lo otro.

Y eso es todo lo que somos,

eso es todo lo que soy.

Eso es todo lo que se ama.

Cuando mas quieres desaparecer en tus actos,

más evidente te haces,

más amable,

en el sentido más literal.

Amamos lo que vemos y lo que sentimos

amamos en lo que nos podemos refugiar

dentro del comportamiento de aquellos

de aquello

que amamos.

Nos gusta como se comportan aquellos

con los que queremos ser y estar, para siempre,

o durante un minuto eterno.

Hacer y que nos hagan

hacer juntos,

comportarnos como si desapareciésemos

unidos en nuestros actos.

Amamos lo que hacemos,

siempre, desde siempre.

Precisamente fugaces


Precisamente cuando creía que vestir palabras

era un lujo arrogante que mejor debía abandonar,

me dí de bruces con el vértigo que me provoca el silencio.

Y por sorpresa me vi horneando sueños de usar y tirar,

tiernos pensamientos que pronto enmudecen.

Mi pereza chocó con un cartel de “no hay billetes” justo en la puerta

del circo donde se apiñan mis sentimientos.

Me incorporé bostezando, con la pastosa resaca que me ha dejado 

la destructiva adicción que me arrastra a tí, vida.

Desperté justo cuando el convencimiento de ser permanentes comenzaba

a enseñarme su piso piloto, 

justo en el instante en el que creí que te perdería al haber olvidado

cómo mantenerte a mi lado, vida.

Mis talones me propulsaron hacia arriba,

mientras mi espalda se encorvaba en mil dudas sutiles, fútiles, inútiles, en esdrújulas

estupideces.

Aproveché la soledad para batirme en duelo con el amanecer,

para mandarle un ramo de rosas a mi sombra, sin tarjeta,

sin acuse

sin recibo.

En el espejo no vi rastro de sospecha. El espejo no me devuelve nada.

De nuevo el espejo y su maniática honestidad.

Es el espejo, y el dibujo que allí me retrata, el que me descubrió

con todo lujo de detalles

que por ser algo caduco, fugaz,

soy aquello que me gusta hacer

y al revés.

Preciso, exacto, irregular

imperfecto, 

fugaz, temporal. A punto de acabar

justo en el momento de comenzar.

Somos eso y mas, pero por poco tiempo, 

mientras tengamos en vigor el traspaso de esta franquicia

que, maldita sea, no es mas que el mañana.

Desperté confuso, mirando al espejo, pidiendo explicaciones

al único que escucha al otro lado de la zanja que separa

lo que soñé de lo que será.

Desperté, menos mal.