Las cosas que pasan


A veces las cosas pasan 

como último recurso,

simplemente porque se hartaron de esperar 

a que alguien las hiciese.

Aquello que merece la pena,

aquella cosa que nos puede abrir la puerta

a un universo de opciones,

aquella cosa llena de potencial,

aquella oportunidad

languidece cuando nadie agarra su potencial.

Una de esas cosas que nadie decide asir

se vuelve impredecible, insegura,

pasa de oportunidad a algo que simplemente pasa

y nos arrastra.

Las cosas que no se deciden hacer,

y que simplemente pasan, nos ahogarán

una y mil veces, mientras anulan nuestra última

ocasión de ser felices siendo nosotros mismos.

Como aquel abrazo que decidimos no dar

optando por esperar a que alguien nos abrace,

y finalmente, 

una tarde sombría y fría,

alguien nos abraza, por pena, y no por cariño 

por el cariño con el que soñamos.

Las cosas suceden, si hay suerte,

suceden las que quedan sin hacer, justo antes

de caducar,

apenas suceden las cosas antes de que se pasen,

de que pasen por delante de tu capacidad de hacer

aquello que realmente quieres hacer.

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La distancia


A veces entre un millón de personas,

te sientes más solo que si nunca

hubieras conocido a alguien.

Esto es conocido.

En ocasiones puedes estar tan cerca de alguien

que sólo te separe de él o de ella el mismo aliento, 

y sin embargo estar a años de distancia

de la íntima sensación de estar acompañado,

arropado.

Un abrazo puede llegar a ser tan frío 

como un pésame dado en silencio.

Una mirada puede ser tan vacía como un precipicio insalvable

que delimita todos lo que no nos atrevemos ser,  

que contiene todos nuestros miedos.

La soledad no reside en la falta de cercania con otros,

descansa en la distancia que construimos respecto a ellos.

Construimos distancia por legítima defensa, nos decimos,

para proteger nuestros más preciados tesoros, 

las joyas de nuestros más íntimos pensamientos y sentimientos.

Marcamos una distancia para definir nuestra intimidad, 

como un colchón protector, 

como un salvavidas esencial.

Y a veces apuntalamos esa distancia con los demás

como una aritificial selección natural,

que permita acercarse sólamente a aquellos campeones

que se identifiquen con lo que nosotros somos, 

a aquellos con los que nos queremos identificar.

Ponemos distancia, nos separamos,

pensando que nos acercaremos a los otros,

a los buenos.

Y pronto te encuentras acariciando con la mirada perdida

tus propios sentimientos

los pensamientos que ,ya no recuerdas desde cuando,

tuvieron un sentido genuino.

Pronto nos protegemos por protegernos, 

habiendo olvidado el porqué,

y habiéndolo olvidado porque el motivo quizá nunca tuvo mucho sentido.

La distancia que ponemos la hacemos nosotros.

La soledad, aunque no solamente, es una decisión.

La decisión de no acercarnos, 

la de distanciarnos,

sin realmente pensar y sentir,

qué sentido real,

tiene hacerlo.

 

Finales de principios de finales


A veces, 

casi siempre, 

pasa que los finales llegan tan suavemente

como ásperamente nacen los principios.

Comenzar es lo mismo que hornear los propios

deseos, con el miedo de si siguiendo todos los 

pasos de la receta, el resultado será tan apetecible

como imaginamos.

Terminar es tan triste y fácil como darle 

la espalda al cubo de la basura,

de la basura de los remordimientos.

Poner fin, nos dijeron, es liberador, es dejar

todo atrás.

Allí donde yo vivía no existían escuelas

donde te enseñasen cómo comenzar todo,

cómo empezar las cosas.

Tan sólo subsistía el convencimiento

de que todo se inaugura a través

de la intuición natural, de la necesidad más pura.

Y todo mientras todos acunamos la idea de que el miedo

al final es lo que nos mantiene extrañamente vivos.

¡Qué lejos queda todo!, ¡qué lejos al final!

Hoy estoy casi convencido

que el final y el principio de todo, 

es absolutamente lo mismo,

el final y el principio de algo no son nada

sólo la intención, el motivo, el movimiento existe.

El movimiento particular, el nudo es lo que importa.

Y las ganas de continuar, de acumular nudos, experiencias, vidas,

las ganas de coser momentos a la propia piel, 

las ganas de anudar nuestras pieles cuando es 

absolutamente imprescindible,

solo eso importa.

Que es lo mismo que querer comenzar algo

a cada momento.

Y solo entonces, cuando sólo importa comenzar,

sabremos que el final

y el miedo a terminar,

no tiene ningún sentido.