Mírame, vida.


Mírame a los ojos

y dime todo lo que tengas que decir,

son muchas las veces en las que cruzamos los pasos

pero pocas las ocasiones de no dejar nada en el tintero.

Mírame, y cuéntame todo lo que quiero saber

y aquello que sólo sospecho conocer, 

dame la oportunidad de saber aquello que me une y separa de ti

sin dejar de mirarme.

No apartes la mirada, no gires el gesto,

tenme en cuenta y no pienses que puedes hacerme de menos.

Estoy aquí fundamentalmente para llegar a este preciso instante,

superarlo, para luego recordarlo.

Pero nada de esto tendrá sentido si no me miras,

justo en el fondo de mi mirada,

clava la tuya y regálame la posibilidad

de saber que vivo interpretando una partitura

que alguien muy parecido a mí escribió hace miles de momentos.

Deleitate con mis ganas de mirarte,

saborea mi sublime necesidad de tenerte mirándome.

Pasa delante mío, llévate lo que te tengas que llevar,

cuéntame cuáles son tus planes y cuáles fueron tus intenciones,

pero no me esquives, no huyas de lo que de tí buscan mis ojos.

Admite que eres fundamental para todo lo que 

sea que seré.

Acepta que no eres quién para saber 

más que yo que para mí eres imprescindible

si sigo queriendo ser mi yo

más completo.

Vete si has de irte, pero no dejes de mirarme,

mírame, así, firme

sin parpadeos por una pequeña eternidad,

intensa y blanca.

Mírame, vida, sigue mirándome, 

mientras jugamos a acertar cruzando las manos

nerviosas, 

por debajo de la mesa.

 

 

 

Llorar a pesar de todo


Los motivos detrás de las lágrimas

le roban injustamente su maravilloso esplendor.

Llorar es uno de los gestos más maravillosos 

y bellos,

de los que es capaz un hombre, una mujer.

Las lágrimas acunan nuestras más íntimas verdades,

para dejarlas respirar, salir a flote, por unos instantes.

En el llanto nos aproximamos, con el llanto nos conmovemos, 

con cada gota de llanto nos cotizamos como seres

forjados a base de confianza.

Y cuanto más tiempo pasa, cuanto más vieja se vuelve el alma

más universo contiene toda lágrima, y por miedo a derrochar 

nuestro universo, ocultamos cada lágrima.

Tras llorar, el aire que respiramos a bocanadas se torna aliado,

la paz vuelve al pecho, el yo empata consigo mismo, 

y los demás dejan en el suelo sus armas y sus corazas, 

sus disfraces y sus artificios, para por un maravilloso instante,

sentirse próximos.

Fuertes y frágiles son las lágrimas,

maravillosos milagros que nos definen, nos subrayan y nos conjugan.

Míseros son los motivos tristes que las arrebatan, porque les dan mal papel,

las prostituyen, las difaman.

Lágrimas, las adecuadas, las justas, sin medida.

Llorar, llorar cuando toque, sin miedo, sin prisa.

Llorar a pesar de que no se entienda, 

llorar sobre todo cuando alguien sepa escuchar el leve

rumor de las lágrimas al deslizarse por el rostro,

que habla de todo aquello que hemos guardado

y que nos hace maravillosos.

Llorar a pesar de todo.

 

La cuenta de los momentos


Acabo de reparar en la simple y llana idea,

de que cada momento cuenta.

Todo instante en si mismo contiene la capacidad

de cambiarlo todo.

Y a cada paso los dejamos pasar, a los instantes digo, 

como si fuesen un decorado cotidiano artificial

que nada tiene que ver con la propia vida.

Todos los momentos tienen algo aprovechable,

todos ellos son pura potencia que está a un paso

de ser una maravillosa realidad que nos negamos a menudo

simplemente por seguir la inercia

de continuar 

con los papeles que pensamos que nos ha tocado jugar.

Ese instante que está por venir, igual que todos los que languidecen en

el pasado,

ese que terminará llegando, tiene en si mismo todo lo que se puede esperar.

Porque un momento no es nada más ni nada menos

que el espacio en el que todo vale, para el que todo sirve.

Un instante es esencial porque es la posibilidad pura e irrepetible

para que todo lo que se desea ocurra.

Cada momento y cada instante lo es.

Y pensamos que podemos dejarlos pasar porque se sucederán a si mismos.

Y no ocurre. Cada momento es irrepetible dentro de un mar de momentos.

Un mar, un millar un millón, un universo de momentos irrepetibles,

esa es la vida que pretendemos definir, sin caer en la cuenta de que su color

depende del color del que tiñamos los momentos que componen 

ese mosaico vital.

Una cuenta irrepetible de momentos que se suman es lo que somos.

Una cuenta de momentos que atesorar, que abrazar, un compendio 

de instantes que no deberíamos dejar escapar,

que no deberíamos dejar que se escurran entre los dedos,

sin caer en la cuenta,de que cada momento, de que cada instante, 

por poder contenerlo todo,

por poseer la posibilidad absoluta de lo que deseamos,

por serlo todo en un segundo,

cada momento cuenta.