Quiero tener que ver


Con aquellos que se apropian de la vida, 

que la cogen por las barbas para exprimirla compartiendo

todo con los demás,

con la vida que no se desentiende de los sentimientos, y con aquellos 

sentimientos que te arrebatan 24 horas al día sacándote de la mortaja

de la rutina; con todos esos momentos de calidad que están al alcance

de la mano y con todos los que ni me atrevo a soñar, con todos ellos

y con más, quiero tener que ver.

Quiero estar entrelazado con los dedos de la ilusión más primaria

que provoca una sonrisa tímida que descubro en el fondo de la habitación.

Quiero ser parte de la alegría que viaja en transporte público, en el tranvía

de los besos y los abrazos, de las caricias y las risas inacabables.

Quiero formar pandilla con las ganas de seguir, con su hermano desafío 

y con sus amigas decisión, entusiasmo, emoción y amistad.

Quiero salir en los titulares de las revistas de mayor tirada por haber conseguido

ser el primer humano en sobrevivir a un doble transplante de ego y orgullo.

Quiero sentir en mis huesos una y otra vez la verdad que dibuja la certeza

de dirigirme a un mañana propio, blanco, verdadero, aliado, simplemente porque 

así lo he imaginado.

Quiero tener que ver con la certeza de querer que las cosas pasen de la mejor 

manera posible.

Quisiera saber la fórmula correcta de conseguir todo lo que no se ha inventado

aunque sólo sea para poder contarlo a aquellos que realmente quiero.

Quiero que me relacionen contigo que lees estas líneas sólo por que tienes

la generosidad de mantenerte al otro lado.

Quiero traspasar mi piel para compartir la tuya, quiero saber lo que se siente

una vez que se llega allí, a donde se sueña llegar.

Quiero recorrer el camino y que se sepa que disfruto haciéndolo porque, siendo

la única alternativa, el que sea la mejor sólo depende de mí, y de las historias que quiera

contar.

Con la vida que rezuma en cada palabra, gesto y acto que me paro a escuchar,

con los instantes llenos de vidas instantáneas y eternas,

con los estallidos cotidianos de felicidad que son las microscópicas células

que componen todo lo que es feliz de verdad, con todos ellos a la vez,

con todos una vez más,

quisiera tener que ver.

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Sabe el alma más solitaria

que tendrá que abandonarse a si misma

para florecer como vida clara,

corriente y fresca.

Sabe la tristeza que sólo debe esperar

agazapada en un recodo del camino

para que pronto llegue desprevenido

el alimento soñado de la añoranza

en forma de sueño.

Saben la tristeza y el alma que poco debe temer

a la enemiga ilusión, a la temida imaginación

por ser sólo efervescentes deseos

que desaparecen a la sombra de la mundanal rutina.

Saben ambas que el ser se enraiza en todo aquello 

que ha venido pasando, 

que el ser habita en cada decisión que nos permitimos recordar

y en cada sentimiento que preferimos olvidar.

Somos lo que somos y nos imaginamos una y mil veces

empezando cosas nuevas, y las empezamos,

y las dejamos, para alegría de la oscura tristeza.

Mi ser empieza retos, añora vidas tan distintas, 

que por serlo, obligan a abandonar pronto.

A empezar cualquier nuevo día, uno se dispone 

con solo el deseo de intentarlo.

Pero la vida cambiante,

la que poseemos,

la que dirigimos,

empieza cuando los deseos

son capaces de continuar,

de nuestra mano,

y de la de aquellos con los que decidimos

continuar.