Tres horas


De noche, cuando todos duermen

es cuando el segundero del reloj también se toma un descanso

y recorre su camino más lentamente, con un avanzar

quejumbroso.

Todos duermen ya, desde hace un rato.

Hace frío fuera. Llueve, y el pavimento empapado refleja

las luces del alumbrado de navidad.

Todo descansa ahora, hasta la navidad.

Todo parece haberse parado hace rato.

Todo y todos parecen estar pensando en algo más allá

de ellos mismos.

Realmente estoy solo ahora, sin saber qué hacer, sin necesidad de hablar

, sin encontrar fácilmente en qué pensar.

 

Disfruto en silencio esta esta extraña sensación de sólo estar, sin necesidad de aparentar

ni reforzar ningún tipo de “ser”.

Camino en silencio hasta la cocina, hacia la nevera, la abro, sonrío.

Nada.

Vuelvo a abrir y agarro una cerveza.

Vuelvo a la ventana. Frente a ella, puedo percibir en el rostro levemente el frío que debe

hacer fuera.

Oigo una tos. Sonrío.  Bebo. Vuelvo a sonreir.

Despreocupadamente, una mano se desliza en el bolsillo del pantalón.

Un tacto extraño y una forma no conocida me sacan súbitamente de mi estado

de semiinconsciencia.

Durante unos segundos pienso sin atreverme a sacar la mano del bolsillo. Creo que cierro los ojos

apretando levemente los párpados.

Sin saber cómo, tengo muy claro lo que descansaba en el bolsillo habiendo permanecido invisible

hasta ese momento.

Tiempo. Un tiempo perdido seguramente por un descuido, por una obsesión oculta

tras la sensación de no tener tiempo. Un tiempo olvidado, un tiempo ignorado.

Unas horas, unas pocas, quizá tres. Palpo el tiempo, ahora se que tengo los ojos cerrados.

Lentamente, doy un trago a la cerveza mientras acaricio una a una las horas.

Son tres, ahora estoy seguro.

¿Por qué  no me extraña haber perdido tres horas de tiempo y por qué no me extraña

que ahora que todo el mundo duerme (y quizá yo también) las encuentre en el bolsillo de un pantalón?.

Es igual, no puedo evitar cierta euforia que se manifiesta

en forma de calor, que sube por la nuca.

A diario echo en falta más tiempo, noto que la vida se queda corta

por falta de tiempo precisamente. Por falta de tiempo para apreciarla.

Necesito más tiempo para el trabajo, para la familia, para mí.

Más tiempo, más.

Y ahora, sin esperarlo, por arte de magia dispongo de tres horas más.

Tiempo, el mejor regalo, el más esperado…. Para emplearlo de la manera que yo quiera

, ahora que nadie me ve, ni yo mismo.

Piensa, piensa, ¿en qué vas a emplear este pedazo de regalo ?.

Piénsalo bien, no abras los ojos. Piensa con precisión, con rigor:

puedo perder el tiempo,  pero no hay nada más horrible que malgastarlo.

Al fin y al cabo son sólo tres horas… ¿mejor guardarlas?, 

¿dedicarlas a mí mismo?, ¿regalarlas?.

La euforia pronto ha tornado en preocupación.

Busco y rebusco, repasando las cosas que me hacen feliz,

aquellas sobre las que albergo certeza y aquellas que sospecho

que acarrean o deberían acarrear alegría a mi y a los demás,

a los próximos y a los más lejanos.

Repaso en silencio lo correcto en mi vida, lo conocido y lo que está por explorar. 

Aquello en lo que me deleito y aquello que me niego sistemáticamente por falta de tiempo.

Pero son sólo unas horas…

Pienso, pienso y busco. Pienso, busco y sufro.

La botella de cerveza está vacía.

Abro los ojos. El mismo pavimento mojado al  otro lado de la ventana, con las mismas luces.

El mismo silencio.

Dejo la botella en el borde de una mesa.

Sólo ha cambiado en la noche la hora. Han pasado tres horas.

Mi barbilla cae ligeramente sobre el pecho. Parpadeo.

Me doy la vuelta en la cama. Me doy la vuelta hacia ella. 

Despierto o soñando, una frase se graba a fuego para, seguramente,

desaparecer pronto: ” es mucho más amarga la sensación de no saber en qué emplear

el tiempo que la de no tenerlo “. 

Disfrutar más, durante una hora o una vida, eso haré a partir de mañana. Eso me digo. Antes de

caer dormido por fin.

 

Feliz navidad.

 

 

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