Dejarse atras


Cambiamos, mutamos, nos movemos.

Está muy claro.

A lo largo del día, la persona que somos  cuando

probamos el café de la mañana, deja paso a multitud de distintas personas

a lo largo del día.

Ni te cuento cuando observamos lo que pasa a lo largo de los días, de los años..

Yo se que cuando uno menciona esto, algo en el interior dice: “no, es mentira”.

Todos necesitamos una identidad, una geografía vital que nos diferencie del resto.

Todos atesoramos los valores que imaginamos que nos identifican, nos aferramos a ellos

, nos llenamos de sentencias y pensamientos propios que

vestimos como la ropa interior, casi sin pensar en ello, queriendo creer

que forjamos todas estas ideas nosotros mismos, cuando la verdad

es que muchas veces los compramos en un mercadillo de pensamientos ajenos

que ni siquiera podemos recordar.

Nos atrincheramos tras ese cúmulo de cosas, buscando ser únicos y diferentes,

buscando perdurar y nos contamos mil mentiras.

Mentimos para no defraudar, para que nos sigan queriendo como seres únicos.

Como dijo una amiga, aunque con otras palabras, buscamos la compasión en los otros

como un atajo para que nos sigan queriendo.

Pero lo peor es que, continuando por esta senda,

nos terminamos mintiendo a nosotros mismos.

Por una prudencia mal entendida, nos repetimos… “no puedo hacer esto y aquello; ya se que tú si,

pero creeme, me conozco y no soy capaz”.

¿A quién conocemos?, ¿a aquel yo del desayuno, al que fué licenciado en el 97, al que no

sabía si sería padre, o al que no tengo ni idea de qué llegará a conseguir?

Decir “no puedo”, una y otra vez, es acostumbrarse a una mentira que  no me acarrea

otra cosa que la comodidad de no asumir el reto.

Decir “no puedo”, es peor que asumir “no me apetece intentarlo”.

Y es peor porque uno se parapeta en una mentira: la de pensar y repetir que somos un ser que

nunca podrá hacer esas cosas nuevas que hoy nos atenazan.

Decir “puedo” y ponerse a ello, implica la mayor sorpresa y el mayor regalo:

el de pasar página.

Si digo “puedo”, ya solo por decirlo, dejo atrás a ese yo que no hace otra cosa

que quererse quedar para impedirse avanzar.

Si digo “puedo”, me demuestro que, aún cambiando, sigo siendo yo.

Un yo que avanza en paz.

Que se deja atrás a sí mismo.

Si digo “puedo”, me permito descubrirme.

Y es igual de barato.

Yo conduzco


Conduzco mucho. Todos los días durante un buen rato.

Pronto por la mañana, al cerrar la puerta del coche

los pensamientos suenan más fuerte,

y uno queda extrañamente confortable

estando en silencio consigo mismo.

Mismos gestos, miles de ellos,

deposito la chaqueta en el asiento del copiloto,

enciendo la radio, suena la música.

Agarro el volante, el motor enciende, 

últimamente suena “if I had a tail” de Queens of the stone age.

El coche se pone en marcha, 

y se suceden otra tanda de innumerables gestos rutinarios, necesarios, 

reflejos, involuntarios, todos suceden en la más absoluta soledad, 

una soledad instantánea y reconfortante.

Fuera un mar de desconocidos en sus coches, 

y un bosque de edificios, nubes y señales apuntalan la rutina.

Conduzco sin pensar, pensando en lo que sentir, dejándome llevar

por el paso de los kilómetros, por el ritmo de la música, 

por la sensación de sosiego, por la seguridad ingenua de llegar al destino.

Conduzco transportando sin darme cuenta todo 

lo que contengo, todo en lo que estoy.

Sólo transporto las ideas y las sensaciones,

las cambio de sitio, llevándolas conmigo.

Y mientras conduzco, cambiando las marchas sin pensar,

dejando que las canciones se sucedan, admirando e ignorando

el paso del resto de coches, del resto de vidas, 

los recuerdos y emociones salen sin querer de sus recipientes

habituales, para tomar otra forma, para dejar de tener forma.

Mientras conduzco, soy un yo vacío, 

soy un yo que descansa.

Conduzco todos los días, durante largo rato,

para volver a ser el yo que llega

una y otra vez a su destino.