Desesperanzas engañosas


Era y soy

lo mismo pero visto

desde otra mira, desde otro lugar

desde otro tiempo.

Era un pobre chico esmirriado

encorvado, con una enorme nariz,

con una enorme sombra

encima de sus esperanzas de llegar a ser feliz.

Sombrío lugar el de la niñez y la adolescencia.

Sigo siendo lo mismo, pero no tiene importancia.

Era alguien que no sabía qué podría llegar a ser,

siempre preocupado por la altura a la que debía

situarse para llegar a ser igual de feliz, resuelto y

despreocupado que lo que los demás aparentaban.

Solía ser alguien solitario que no parecía serlo.

Solía ser alguien triste que no parecía serlo.

Era uno buscando un camino entre mil opciones desacertadas

y dudando de si el hecho de buscar el camino

sería la opción correcta.

Y suelo ser lo mismo, pero nada de esto es especial,

ni extraordinario,

ni me convierte en un ser merecedor de lástima.

Porque está demostrado; todo esto es común,

habitual,

ordinario.

A veces a fuerza de mirar hacia nuestro adentro,

siempre turbio por ser una entelequia,

poblamos de plomizas nubes nuestras esperanzas

de ser felices.

El delgado chico que sufría por prácticamente todo,

no era capaz de soñar con la felicidad que diariamente respiro hoy

simplemente porque no era capaz de vivir.

Simplemente solía prepararme, analizar mis opciones, los

pros,

los contras,

y me refocilaba en mis lastimosos complejos.

Como tú, seguramente.

Me preparaba para algo que no terminaba de comenzar:

para vivir con los demás, como uno más.

Todos somos más iguales de lo que nunca sabremos.

Cuando nos ponemos a pensar en cuál será nuestro mañana, solemos

teñirlo de negro.

Cuando dejamos de hacerlo y damos de espalda a nuestra idea de mañana, y nos

limitamos a vivir, con todo lo que eso implica,

el futuro empieza a amanecer resplandeciente a nuestra espalda

caldeando nuestros hombros.

Inigualable sensación.

Para el chico que fuí, para lo que soy hoy.

Sea lo que sea.

Para lo que seré…

¿qué más da hoy?, lo importante es este delicioso calor

que siento en mis hombros ahora mismo.

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Decir la última palabra.


Un vicio feo

frecuente, como tantos otros

es el de querer o no poder evitar

decir siempre la última palabra.

Perdurar a través del eco marca de la casa

en todas y cada una de las conversaciones.

Esa manía humana

contamina el futuro y enfanga

el presente con un lodo de ego.

Callar, es todo un arte.

Es difícil, es sano.

Manejar el silencio es un poder ilimitado.

Saber callar, contener la a veces irrefrenable 

necesidad de ponerle en las narices al otro

aquel pensamiento que a mi me parece único 

y necesario, es más otra cosa.

El saber callar supone darme permiso 

para que las ideas de los demás se filtren

en mi mundo de pensamientos 

y lo saneen, y me permitirá seleccionar mejor, una vez

pasado el tiempo, aquellas mejores ideas.

Y las mejores ideas lo serán para mí y para los demás.

Y los mejores pensamientos, las mejores decisiones, 

las más buenas acciones, vendrán después de un silencio.

El silencio construido 

una vez que sepa renunciar 

a decir siempre la última palabra.

Nos movemos


Las personas pasan

por nuestra vida, del mismo modo

que nosotros pasamos por la de otros.

Añoramos el contacto con aquellos

de los que tanto disfrutamos.

Procuramos mantener el mismo, plegando

nuestra propia forma de vivir,

nuestra manera de ser

en el sentido más estricto.

Y olvidamos que este devenir no es sino la prueba palpable

de que nos movemos al pasar por el mundo.

La vida es movimiento

y las relaciones pura confluencia de las trayectorias

que describimos al vivir.

Pura y deliciosa confluencia a veces,

dolorosa, cruel e irrenunciable otras.

A diferencia de lo que ocurre con otros cuerpos

en movimiento,

podemos actuar para modificar nuestras trayectorias

y así prolongar el tiempo en el que confluimos con

aquellas personas maravillosas cuyas palabras, gestos y aromas

atesoramos en nuestros más íntimos recuerdos.

Y al contrario, también podemos influir en nuestros movimientos a lo largo de la vida

para abandonar la coincidencia con aquellos cuya simple existencia

nos tortura y nos anula.

Un gran misterio es el saber que nos movemos

sin poder evitarlo,

y podemos decidir qué figuras dibujarán nuestros movimientos

al vivir para coincidir con aquellas que esbozan las personas

que nos completan,

y muchas veces no lo hacemos.

Autoafirmación, lo llaman unos,

orgullo lo llaman otros.

Yo no lo se definir.

Me basta con saber que sigo y seguiré en movimiento, describiendo

una órbita con mis decisiones, sentimientos y pensamientos,

que me regalará innumerables encuentros fascinantes

con personas inigualables

que hoy son absolutos desconocidos.

Y todo porque, como tú, nos guste o no,

al estar aquí, sentado, observándote,

dejando que escudriñes entre estas simples letras,

también me muevo.

Disfrutar vs definir


Cosas como el amor.

Uno no sabe muy bien qué son.

Con los años, uno llega a plantearse si necesita saber 

qué tipo de cosa es el amor.

Como muestra de madurez, a veces afirmamos

que es necesario saber en qué consisten todas y cada una 

de las cosas que se nos presentan para saber 

cómo afrontarlas, disfrutarlas o vivirlas.

Cosas como el amor,

las más esenciales, 

se disfrutan, se viven, 

uno se sumerge en ellas

sin necesidad de entenderlas.

Porque las definiciones a veces encarcelan los 

significados, que a su vez, son pequeñas prisiones

estáticas de las emociones.

Cuando aprendimos qué era todo aquello que nos rodea

lo hicimos a fuerza de vivirlo sin entenderlo.

Mas bien fuimos definiendo qué era para nosotros

el orgullo, la tranquilidad, la confianza, la tristeza

la soledad,

el amor, a fuerza de vivirlo, 

a fuerza de disfrutar.

Y se nos olvidó.

Se nos olvida a menudo que seguimos siendo 

aquellos niños venidos a menos, 

unos niños vestidos con mil y una definiciones.

Definir la amistad, el sufrimiento, la compañía 

es un ejercicio divertido de compartir, pero arriesgado de repetir.

Definir supone ponerse a rebufo de la realidad, que no entiende de 

definiciones convencionales.

Confiamos en nuestras propias definiciones de lo que es la

honestidad, por ejemplo, 

y la vida nos suele dar ejemplos que tiran por tierra todo en lo que basamos 

nuestra antigua definición.

Definir para ir apuntalando nuestra experiencia, para ir definiendo etapas.

Eso si. Y compartirlo.

Pero para vivir, disfrutar.

Amar, querer, llorar, reir, y dejar las definiciones

para cuando no queden más días de vida.

Vivir y definir después, pero no al revés.

Ésa es la receta de hoy.

Porque lo esencial, como el amor,

se vive en bruto, sin necesidad 

de bautizarse en definición alguna.

Oleaje


En la playa.

De noche, hundo los pies en la arena fresca.

Los manos en los bolsillos, la espalda recta, la luna llena.

Al frente, solo la luna, una brisa dulce que acaricia el rostro .

El maravilloso aroma a mar, y el sonido de las olas.

Detrás, todo lo vivido hasta ese momento. Está atrás, porque ya está vivido.

Vivido con intensidad. Minutos y horas que se han alimentado de mis segundos

y que han ido tejiendo días.

Días en los que ha habido de todo. Todo intenso. 

Angustias, alegrías, amores, desengaños, frustraciones, anhelos.

Todo está detrás en ese momento.

Frente a mí, la luna, el mar, el aire, el aroma…

El tiempo se ha detenido.

Me digo a mi mismo que debo grabar ese preciso momento, 

captar toda su belleza, para que me acompañe durante al menos el próximo año.

Sonrío, cierro los ojos.

El pecho crece con una bocanada intensa.

Con los ojos cerrados, sólo queda la brisa que viene hacia mi rostro y el 

sonido salvaje y a la vez relajante del mar. 

El sonido de las olas.

Que llegan con fuerza, rompen y se retiran con elegancia.

Para volver a empezar, en un espectáculo cotidiano y único.

Y así, con los ojos cerrados, no existe nada mas.

Solamente ese momento.

Y vuelvo a sonreir.

Lentamente abro los ojos.

Y dejo ir ese momento, poco a poco.

Me giro, buscando a los míos.

Relajo la espalda y camino deshaciendo mis pasos.

Me siento. 

_ ¿Qué hacías, papá?_

_ Nada, hijo, relajándome. Intentando grabar el sonido del mar, el aroma, la luna..para acordarme cuando me haga falta._

R sonríe, L corre. 

Ella me agarra fuerte la mano y me besa, acariciando mi mejilla con ternura. 

Todos miramos la luna, llena. 

La luna nos mira. 

Despacio, casi en silencio, salimos de la playa.

El oleaje continúa, ajeno a todo.

Continúa aunque nadie vaya a admirarlo.

Aunque no sirva entonces, de demasiado.