Éxito, esfuerzo, meta, recorrido


A lo largo de los segundos, horas, minutos y momento, 

durante cada día, llegamos a metas, conseguimos aquello que nos proponemos

o simplemente recibimos otras cosas, otras caricias de la vida que nunca perseguimos.

Por todo ello se nos reconoce, reconocimiento que florece 

en mil pétalos de éxito.

Así, nuestra vida va tomando forma en función de que tipo de éxitos vamos consiguiendo.

El éxito que recibimos, el éxito del que participamos y que moldea la vida de los demás, 

únicamente mira la estación a la que llegamos. El éxito es simplemente la constatación fría de haber llegado a un punto fugaz en la vida.

Reconocemos a los demás por haber hecho algo o simplemente por haber conseguido esto o aquello. Simplemente por eso.

Definimos lo que es exitoso, envidiable o encomiable mirando a un único punto.

Y sin embargo nos sentimos poco comprendidos, desvalidos, cuando hemos recorrido un camino tortuoso para conseguir algo y finalmente no lo conseguimos.

Nos duele no haber recogido el fruto del reconocimiento, del éxito.

Duele suspender el examen.

Pero duele aún más que nadie tenga en consideración las horas de estudio, el esfuerzo, y las privaciones que he padecido.

El esfuerzo rara vez es objeto de reconocimiento.

El éxito no entiende de esfuerzos. Nadie atiende al esfuerzo. 

No reconocemos el mérito del esfuerzo. No lo hacemos. 

Ni siquiera nosotros que esperamos que alguien le otorgue valor al esfuerzo que imprimimos en aquello que nos proponemos.

Estamos ciegos frente a esta gran verdad.

O mejor dicho, dirigimos nuestra mirada a lo evidente, a lo más visual.

Ciegos ante la verdad que supone vencer las resistencias de lo que no nos resulta fácil.

Uno entrega más de si mismo en la lucha diaria, en vencer los miedos y las dificultades que cuando sonríe a la hora de recoger un premio o recibir un reconocimiento.

Un éxito, y todos estamos de acuerdo, es más éxito, es más grande, es más eterno, cuando somos capaces de entender todo el esfuerzo que hay detrás.

El mundo está lleno de incomprensión porque nos negamos a mirar las miles de batallas que afronta el resto de la humanidad y que, en su gran mayoría, pierde de manera cotidiana.

Tu vecino, aquel al que no entiendes, mantiene una lucha constante con la vida, con el paro, con un trabajo ingrato, con necesidades, con miedos, con grandísimas dificultades.

No querer mirar a esta realidad es una decisión estúpida.

Porque seguramente despoblaremos este mundo de éxitos vacíos e inútiles que otros sueñan con rifarse, pero lo poblaremos de aliados, de compañeros de viaje que hoy nos resultan desconocidos.

Todos nos esforzamos y sufrimos diariamente, y seguimos viviendo porque a pesar de todo merece la pena vivir.

Y merece la pena por los sueños de éxito, pero sobre todo, porque merece la pena el camino. El esfuerzo implica dolor y superación.

El esfuerzo y poder contarlo, y compartir sus frutos, es el verdadero éxito.

Aunque no queramos mirarlo.

¿Lo ves ahora?

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Estrellarse


Hoy escuché  a alguien que quería conseguir que otros se estrellasen.

Para que aprendiesen.

Me sorprendió porque no tuve más remedio que entender lo que decía. Y le tuve que dar la razón.

Contra todo pronóstico.

La teoría mejor montada no le llega a la propia experiencia ni a la suela del zapato.

El error hiriente, el fracaso más estrepitoso, el fallo vergonzante son las mejores oportunidades para entender de una vez y por todas que lo que ha pasado es perfectamente evitable.

Y entender que todos compartimos la tendencia a lamentarnos ya es una gran ventaja. 

También me acordé de un dicho manido, que siempre tuvo el mismo significado pero que hoy me sugiere una verdad íntimamente útil para mi: 

“a aquella dificultad que no aceptas, sobre la que te lamentas una y otra vez, le das vida. Si aceptas que las dificultades existen por encima de que nos gusten o no, podrás comenzar a transformarlas”. A lo que te niegas le das vida, lo que aceptas, lo transformas.

De la unión de ambas afirmaciones me ha surgido una paz duradera, potente, balsámica:

los errores pasan, los fallos suceden y se suceden y deben seguir existiendo para seguir avanzando, al menos, de la misma manera que he avanzado hasta aquí.

Aceptar los propios errores como parte de uno mismo, supone garantizarse la posibilidad de crecer.

Errar nos hace mejores.

Hacerlo sin miedo, nos hace invencibles.

 

CONCISIÓN


Las frases cortas lo tienen todo.

La vida dura poco.

El tiempo pasa rápido.

La vida no es tiempo.

La vida es vida.

La verdad no es tiempo,

no es vida.

La verdad solo es una mirada.

La verdad es la única mirada.

Somos lo que queremos ser. De verdad.

A veces no queremos saber lo que queremos ser.

A veces estamos perdidos.

Siempre sabemos dónde estamos y donde nos gustaría estar.

Lo mejor siempre está detrás de las nubes.

Las nubes sólo son miedos de humo.

De vez en cuando nos quedamos sin fuerzas,

sin ganas de buscar porqué hay que seguir buscando.

Cuando faltan las fuerzas, solo cabe  esperar.

Las fuerzas siempre vuelven.

No venimos para estar perdidos.

Estar perdido es un estado temporal.

Sólo se está perdido cuando hay un destino deseable

que uno, por lo que sea, no es capaz de encontrar.

Habrá que esperar a que escampe para seguir buscando.

La espera y hacerla agradable, es la cuestión.

Esperar a solas puede ser tentador.

Esperar a solas es una tontería.

Objeto de querer


Todos vivimos rodeados de querer.

Queremos, nos quieren.

Y a veces ambas cosas coinciden en la misma relación.

No hablo sólo del amor romántico del hablan y seguirán hablando libros, versos, canciones y demás literatura.

Hablo del querer del que todos somos partícipes de una u otra forma.

Podemos llamarlo de mil formas, amistad, cariño, amor, atracción, deseo, necesidad, dependencia… todos son distintas formas de querer.

Necesitamos de ese querer. En concreto, y la mayor parte de las veces, necesitamos que nos quieran, necesitamos sentirnos queridos.

Y en torno a esto vestimos aquellas decisiones que sostienen nuestra convivencia.

Somos más o menos sociales, más o menos exigentes con nosotros mismos, más o menos considerados, más o menos lo que sea porque así tendremos más posibilidades de que nos quieran.

Y como suele ocurrir, aquello que es necesario para vivir, lo que nos es imprescindible, si no queda incorporado en paz a nuestra misma esencia, puede convertirse en una obsesión.

¿Os podéis imaginar lo que sería vivir con la preocupación de que a uno no se le olvide respirar?. 

Terrorífico.

Pues con la necesidad de ser el centro de ese querer puede ocurrirnos con facilidad.

Y muy fácilmente podemos llegar a esa situación obsesiva de intentar conseguir que todo el mundo nos quiera.

Y entonces mitificamos eso de que alguien, en algún momento y en algún lugar no nos quiera, no nos soporte, nos rechace o simplemente no quiera estar con nosotros.

Catastrófico momento, ¿no?. ¿Cómo le puede ocurrir esto a alguien cuyos titánicos esfuerzos van únicamente encaminados a convertirse en el ser más querible de la historia?

Bien sencillo; el hecho de que necesitemos que nos quieran, que necesitamos sentirnos queridos, se escribe con la misma letra de realidad que el hecho de que no todo el mundo nos va a querer.

Y tampoco pasa nada.

Todo lo contrario.

Ésta es una de esas realidades que conviene detectar y aceptar cuanto antes.

Y para ayudar a su digestión, conviene hacer el sano ejercicio de elegir conscientemente a aquellas personas que queremos que nos quieran. Y centrarse en ellas.

Sin aspavientos. Con tranquilidad. Porque quererlas simplemente no nos garantiza nada.

Querer a una gran mayoría y vivir tranquilo y en paz con el cálido querer de aquella minoría que uno elige para ser su centro de cariño.

Eso es vivir muy tranquilo sin necesitar más de lo que hay.

El que lo consiga habrá desterrado sus complejos para siempre.

Merece la pena hacer una buena selección.

Me ofrezco voluntario.