Palabras arrojadizas


Que se vayan al carajo aquellos que opinan y hablan por no callar.

Hablan y hablan para que les oigan aquellos que van a utilizar esas palabras vomitadas como arma arrojadiza.

Que se vayan al carajo por ni siquiera pararse a pensar si realmente el que escucha quiere escuchar limpiamente.

Que se pierdan, por favor, porque hablan y opinan simplemente porque no se quieren permitir un silencio que puede que deje al descubierto sus tristes miserias.

Es miserable opinar de lo que otros hicieron, hacen o parece que harán sin calibrar el peso de las palabras.

Es miserable porque son los que lo hacen los mismos que sólo aceptan para si mismos un tipo de palabras.

Opinar, acusar, cocinar las interpretaciones sobre el resto de la humanidad, sobre una cama de impotencias y frustraciones propias es gratis. Y los hay que lo llaman arte y crean una forma de vida alrededor de esto.

Y nos gusta congratularnos pensando en que somos seres generosos, abrigados por valores de los que nos convertimos en impagables defensores.

Y a la mínima de cambio, nos atrevemos a opinar sobre el resto.

A condenarlos simplemente porque nada tienen que ver con nosotros mismos, porque les gusta aquello que no nos conviene o porque su color preferido es justo el mismo que el nuestro.

Opinamos, interpretamos, hablamos y hablamos sin ser conscientes de que muchas veces emponzoñamos todo con reflexiones inútiles que nadie pidió, y menos aún que nadie, aquel pobre que es víctima de estas opiniones y palabras inconscientes.

Y todo esto es vergonzoso y vergonzante, además, por lo fácil que es evitarlo.

Se evita callando y asumiendo que es posible que algún idiota comience a decir algo despreocupado, envenenado, sobre lo inoportuno de nuestro silencio.

Cada uno a lo suyo. A dedicarse a lo suyo. Y a mirárselo.

Que se marchen al carajo, por favor.

Creedme, he estado allí y mientras no sepan o quieran medir la capacidad de crear una realidad de mierda para ellos o para otros, es el mejor sitio donde podrán estar.

 

La amabilidad como ventaja


Entre muchas otras ideas que nacieron con el complejo

de ser brillantes reflexiones,

está la de que para proteger a aquellos seres que más queremos, los hijos

por ejemplo, conviene hacerles un retrato muy duro

de lo que es la vida.

“La vida es una jungla, hijo, piensa mal y acertarás,

no seas tonto, que si das la mano pronto te tomarán el pié,

tu a lo tuyo, que la gente es muy interesada, etc, etc..”

Si, si. Cuanto más hostil digamos que es el mundo, más grande será

el favor que le hacemos a aquel que queremos, puesto que le ayudaremos

a creer que hacerse una coraza enorme e impenetrable es lo mejor que puede hacer.

Para sobrevivir en este mundo.

Y a partir de ahí, ya sabéis:

llorar es de cobardes, abrirse conlleva un peligro tremendo e innecesario,

lo que hay que ser es duro, claro, directo, impenetrable.

Un ser sin fisuras tiene muchas más probabilidades de salir ganando, nos suelen enseñar más o menos a las claras.

Es posible que pueda resultar algo frio, y hasta que termine estando más tiempo solo.

Pero bueno_ piensa el padre o el amigo temeroso_, saldrá victorioso en la vida, no le harán daño.

Vaya montón de tonterías.

El blanco no se define únicamente por no ser negro.

Estar a salvo del daño que nos puede provocar el que nuestras emociones choquen con las de los demás no tiene un único camino.

Y desde luego, el camino de protegerse de ese potencial peligro no es el de volverse una persona totalmente directa y despreocupada o desconectada en general del mundo de las emociones;  de las emociones de otros.

Conocer lo que siente el que está al lado, hacérselo sentir, ser extremadamente cuidadoso  y respetuoso con esos sentimientos y emociones. Hacerlo a las claras, notoriamente y sin dobleces, además de hacer este mundo un lugar algo más lógico, consigue algo que creíamos imposible:

contra todo pronóstico, ser amable de verdad con los demás, nos da una ventaja enorme.

Nos da la posibilidad de continuar viviendo en una red infinita de opciones, de relaciones, de universos.

Y se puede ser claro y directo, y persona, y ser auténtico.

Y al mismo tiempo, en cada segundo que se comparte con otros, no esconder que lo que le pasa a ese otro, nos importa. Nos importa todo.

Amabilidad, tener en cuenta en mi yo, en mi hoy y en el mañana que quiero lo que le pasa a los demás.

No hay persona más poderosa que la que consigue hacerlo y, además, que se sepa.

Esos seres poderosos con los que todos querremos estar, nos llevan una gran ventaja.

Tú mismo o tú misma, tienes, si quieres, toda la ventaja.

Basta con desprenderte de todo el exceso de orgullo que te dijeron que hacía falta para volver tus emociones impermeables.

Se amable. Es más sencillo, es más inteligente.

Es mejor.

Silencio enemigo


El silencio puede ser muchas cosas, como casi todo lo es.

Puede ser un fiel aliado, un remanso de paz donde las ideas toman forma y llegan a ser eso que en algún momento imaginamos.

En el silencio se gestan las más íntimas emociones, las reflexiones más decisivas y los sueños que nos van guiando.

En silencio se cruzan las miradas más cómplices y los deseos más intensos se recuestan en el silencio y se arropan con él.

Y además ocurre que a veces el silencio pierde todo significado. Ocurre por unos instantes. Unos instantes de sólo silencio . Y a continuación lo rellenamos con todo lo que tenemos dentro y que nos atenaza. Las inseguridades más poderosas brotan cuando sucede un silencio inesperado.

Cuando alguien calla y esperamos una respuesta, cuando esperamos la reacción que abría la primera puerta de lo que soñábamos dentro de ese silencio amigo ya pasado.

Porque en ocasiones nos traicionamos a nosotros mismos y llegamos a creernos dueños de lo que ocurre, hasta de lo que los demás han de hacer, querer o mostrar.

Y es entonces cuando sentimos el silencio como el territorio más hostil, donde dibujamos nuestras suposiciones e interpretaciones más peregrinas.

Como cuando uno está seguro de que alguien estará encantado con aquel detalle que tanto nos costó tener, y sólo hay silencio. Sólo silencio.

La gente calla, porque no sabe qué decir, porque no quiere decir o porque simplemente quiere mirar y dejar pasar el tiempo.

El silencio es ausencia de palabra, de sonido, de murmullo.

Y cuando callamos, rara vez el desprecio está detrás.

Basta con otorgarle al silencio su lugar e identidad.

Basta con sacar del silencio nuestras inseguridades, vaciarlo de interpretaciones.

Y volver a pensar en que el silencio es silencio y puede ser un aliado, si le dejamos ser eso

silencio sin intención.

Sólo silencio.

Ver Vs Mirar


El enfoque de las cosas, y el efecto que tienen en nosotros,

y mucho de cómo las recordaremos, dependen en buena parte de cómo las miremos.

Y mirar es y ha de ser un acto consciente, que requiere de un propósito,

de una voluntad de hacer.

Si mirar es algo que uno se propone hacer de una determinada manera, 

poca excusa cabe. 

No hay tanto margen, puesto a querer mirar, a que las circunstancias de contexto, 

climatológicas, de estado de ánimo, o de alineamientos de planetas se lleven todo el protagonismo.

Ver no es lo mismo que mirar. Obviamente.

Y ver es importante,porque uno puede decidir no hacerlo. Apartando la mirada, simplemente.

Algo que hacemos diariamente.

Es curioso, tan acto consciente es mirar como dejar de ver.

Pero ver simplemente no lo es tanto.

Basta con dejar los ojos abiertos, y desprenderse de toda voluntad y capacidad de juicio.

Mirar, lo que es mirar, es voluntario, al fin y al cabo.

Y aquí entra en juego la libertad más difícil de ejercer.

Porque en cómo decide uno mirar todo lo que pasa y lo que hacen o dejan de hacer aquellos con los que coincide diariamente está la verdadera responsabilidad.

Mirar con generosidad y sin ánimo de condenar, con voluntad de aceptar, de conceder la misma cuota de confianza de la que uno se cree acreedor implica tomar conciencia de la conveniencia de hacerlo. Y hacerlo es conveniente, para el resto y para uno mismo.

Lo que es exactamente lo mismo.

Hoy es más conveniente tomar conciencia de que uno decide mirar lo que ve en cada giro de la vida, en cada declaración a la que asiste, en cada acontecimiento en el que le toca tomar partido aún como mero espectador.

Y de esto uno es responsable afortunadamente, y curiosamente, no es tanto culpable de hacerlo.

Mirar de una forma positiva es buscar lo que falta para que las cosa vayan mejor.

Hacerlo no siempre es fácil y, ante las dificultades, uno necesita apoyos en esta complicada labor.

Y un apoyo fundamental reside en también saber y querer mirar todo aquello que, a pesar de lo mal que se pongan las cosas, sigue siendo maravilloso en nuestra vida.

Mirar todas aquellas cosas, los buenos momentos, las sonrisas sinceras, aquello que nos sigue emocionando y en lo que nos refugiamos a menudo, supone darle la luz que les falta.

Aquellas cosas y personas maravillosas que siguen ahí pueden quedar ensombrecidos por todo aquello que nos acecha.

Para caer en la cuenta de que siguen ahí para nosotros, sólo hace falta iluminarlos.

Y no hay mejor luz que nuestra mirada.

La tuya, la mía.

Sin mirar aquello que nos da motivos para vivir, difícilmente podremos mirar aquello que nos aterra, nos inquieta o nos inmoviliza para cambiarlo.

Mirar, voluntariamente y decididos. 
Mirar, siempre.

Pero mirar todo.

Mírame, mírate. 

Mira.

 

 

Dudar, vivir dudando y vivir en la duda


Claro que hay diferencia, claro que la hay. 

La duda, ese conflicto, esa lucha, a veces ese malestar, esa ausencia de paz con los propios pensamientos.

Esa falta de comodidad. Esa falta de descanso son un pensamiento completo propio.

La duda es la sombra de una decisión.

Como tal, deberían existir después de las decisiones que hemos tomado.

Pero a veces se nos presentan como sombras alargadas, enormes, que simplemente proyectaron otros y corremos a alejarnos de ellas.

O corremos a ponernos bajo ellas para pasar el resto de la vida allí, sin plantearnos siquiera si esa sombra nos llevará a algún lado.

La duda es en sí un paréntesis entre pensamiento y pensamiento, entre decisión y decisión.

Tomo la decisión de no volver a hacer algo y proyecto una sombra en la que, sin que me vean, me cobijo para cerrar el capítulo de la decisión que tomé por unos momentos, a veces más largos que otros. ¿Habré hecho bien?, ¿he hecho lo correcto?, ¿tenía alguna otra alternativa que no ví?, ¿me habré precipitado?, ¿habré cambiado mi vida innecesariamente?. 

Decisiones y dudas, dudas y decisiones. Ambas inevitables. Ambas imprescindibles. Ambas.

No se puede vivir sin decidir, no se debe vivir sin dudar.

La duda es el motor, es la guía del camino, es el rotulador que nos señala nuestros límites para vivir, los que existen en cada momento de nuestros días. 

Don Miguel ya lo decía: la duda es el único camino para una vida con verdadero sentido. 

Lo que no quiere decir que dudar sea algo agradable, claro está. 

Pero ¿a quién en su sano juicio le gusta la medicina más necesaria?. 

Sólo cuando uno comprueba el efecto curativo de esa sustancia amarga, la tolera de buen grado. 

Dudar es necesario. Pero también peligroso.

Dudar y sólo dudar impide avanzar. 

Es como estar mirando la maqueta de tu vida, pulsando la solidez de los materiales de los que se componen las decisiones; es como estar mirando a un punto fijo sabiendo que justo a tu lado está ocurriendo algo aterrador. Y sigues mirando a un punto fijo, rebuscando desesperadamente en tus pensamientos un motivo convincente para no mirar aquella cosa aterradora que entrevés con el rabillo del ojo. Y sigues mirando a un punto fijo.

Además de dudar por motivos que otros fabricaron, el peligro de dudar es que es muy fácil sólo dudar. 

Miro la maqueta de mi vida. Los planos de cómo debería ser. Y no me pongo a hacer otra cosa.

Se puede vivir dudando, incluso sin saberlo. Pero no se debe.

Porque vivir dudando es simplemente ir arrancando las hojas del almanaque, un almanaque propiedad del vecino.

Y puede el que vive de esta guisa, piense que algún día recibirá el máximo galardón en las olimpiadas de la prudencia.

Pobre infeliz.

El peligro de vivir dudando es que uno es presa del vicio de dudar, e igual que compra las dudas que, como sombras alargadas, han proyectado otros, termina comprando también las decisiones de esos otros.

Porque, de tanto dudar, ya no sabe qué decidir. 

Pero aún más triste que vivir dudando una y otra vez, es instalarse definitivamente en la duda.

En la duda se está fresco, se está limpio, se está incómodo pero a salvo.

Porque dudar es desagradable, pero al fin y al cabo, si decido hacerlo y se que lo hago, lo haré sumido en pensamientos que yo mismo he fabricado.

Vivir en la duda es no saber decidir y asumirlo. Es dejar que otros lo hagan, es permitir que la vida le coja a uno del cuello y no le permita avanzar.

Es permitir que las hojas del almanaque caigan con más peso que el mismo plomo, porque uno llega a creer que el resto de lo que le queda por vivir será una sucesión encadenada de dudas que sólo tienen sentido porque una vez creyó que dudar era lo más sensato.

Vivir en la duda es no querer vivir fuera de ella. Es no querer asumir que vivir es decidir dudando.

Venimos de una duda, para decidir y dudar sobre lo que hemos decidido para volver a decidir.

El principio del fin pasa por darle más importancia que al resto a algunos de los eslabones de esa cadena.

Dudar es ponerle todo el cariño al arte de decidir.

Una vez decidido esto o aquello, la vida se presentará bajo la más maravillosa de sus manifestaciones.

A veces no ocurre. Pero son las menos.

Y rara vez es culpa solamente de no haber decidido lo correcto.

Entonces, ¿para qué tanto tiempo dudando?.