Hacer y dejar de hacer


Hay tantas cosas por hacer, que

por cada cosa que uno hace, como mínimo otra,

se queda sin hacer.

Las horas están llenas de minutos inabarcables ,

que contienen segundos impagables,

que se escurren entre los dedos,

llenas de vida, de alternativas, de incógnitas,

de todo aquello que nunca sabremos lo que pudo llegar a ser.

Cada mirada a los demás, implica necesariamente dejar de mirar

a otros.

Cada palabra que elegimos decir, excluye la posibilidad de haber

empleado otra de la infinidad de ellas que tenemos a nuestra

disposición.

Cada sonrisa mata la oportunidad de haber permanecido serio, y cada abrazo

destierra la opción de haber puesto distancia de por medio.

Y al revés.

Cada opción y decisión, abre un mundo nuevo por delante y le da la espalda a otros mil

que quedan necesariamente atrás.

Uno por delante y mil atrás.

Una proporción que marea.

A veces es inevitable sentirse paralizado por el miedo

a no acertar, por el miedo a que lo que se pierde,

lo que se deja de hacer o de tener o de ser con una decisión, sea más de lo que ganamos

tomándola.

No hay pérdida más grande que la del valor o la alegría de elegir,

de tomar nuestras decisiones.

En eso y no en otra cosa consiste VIVIR.

Sea cual sea el precio.

La segunda oportunidad del recuerdo


No siempre es fácil vivir desde la orilla correcta,

no es sencillo mantener ese enfoque positivo de las cosas.

Casi siempre la vida se sucede a si misma de manera atropellada.

Las circunstancias se precipitan tan rápido que los pensamientos se ahogan

en un torbellino de emociones irreprimibles.

Sentimos mucho más rápida e intensamente de lo que pensamos.

Y para sentir de manera optimista siempre es necesario pensar primero 

que es necesario hacerlo.

Pero nuestras reacciones, nuestros actos, nuestros sentimientos 

traicionan una y otra vez nuestros mejores propósitos de ser positivos.

Me ha pasado infinidad de veces. 

Y cuando me pasa, cuando siento que no seré capaz de mantener ese optimismo 

tan necesario y tan vital, siento que la frustración me zarandea.

La sensación poderosa de que no seré capaz me agarra muy fuerte.

Me siento en esos momentos a merced de lo inevitable que son las cosas.

Y cuando han pasado, es tarde.

Cuando me oigo de nuevo quejarme sobre esto y aquello, justo cuando lo hago, me acuerdo que me había propuesto no llegar a ese punto.

Me había prometido aferrarme a la parte buena siempre existente de cada cosa que ocurre.

Pero me encuentro habiendo reaccionado, de manera pesimista, ineficaz, humana, pero 

totalmente equivocada.

Me encuentro lamentándome porque ya es tarde para haberme dado cuenta.

Lamentándome de no tener una nueva oportunidad para mirar de manera adecuada.

Si supiese que hay una nueva oportunidad…

..

Hoy me dí cuenta de que la hay.

Una leve segunda oportunidad.

La del recuerdo.

Si no supe como mirar las cosas y a las personas de la manera positiva que me propuse,

siempre tengo la oportunidad de recordar con esa mirada todo lo que ocurrió.

SI no he sabido vivir mis días adecuadamente, 

si puedo prepararme para desterrar de mis recuerdos todo resentimiento, 

lamento.. dolor.

Recordar con una sonrisa es la mejor manera de seguir siendo optimista.

Es un entrenamiento perfecto. Una delicia.

Y un alivio para esa intransigencia conmigo mismo

a la hora de ser más optimista.

Las oportunidades


Las oportunidades no son la confluencia de los astros.

No son coincidencias que nos regala la suerte.

Las oportunidades no son momentos relevantes, únicos y azarosos que nunca volverán.

Las oportunidades no se esperan. Uno no se sienta a esperar la oportunidad propicia para hacer esto o aquello, para tomar cartas en el asunto.

Esa hora mágica y fugaz que tiene poca probabilidad de llegar y con la que uno sueña despierto, no es una oportunidad.

Es una puñetera excusa para no hacer nada.

Las oportunidades se crean, se fabrican.

Se moldean, se cincelan .

Las oportunidades se fabrican, se cosen, se pintan.

Las oportunidades las hacemos nosotros.

Y una vez hechas, listas para consumir, se agarran fuerte.

Las oportunidades se abrazan y se las saca todo el jugo,

porque para eso las hemos hecho.

Las oportunidades las hacemos para hacer.

Para rodear al hacer que nos hace falta de tiempo, sentido, contexto.

Pero lo importante es el hacer:

hacer lo que hay que hacer,

y hacer la oportunidad.

La oportunidad de hacer, que no se espera.

Se hace.

Se actúa.

No es importante tener la oportunidad de hacer.

Es más importante recordar que es uno mismo el que se puede construir la oportunidad

de hacer y de tener.

Hoy es un poco ayer


En el “soy” caben muchos “fuís”.

Tantos como “sois” cabrán en el seré.

Me tiré toda aquella vida esperando ser alguien

que estuviese al fín en paz consigo mismo.

Y los días iban transcurriendo como cortinas tupidas

tras un sinfín de complejos, reflexiones, esperas, anhelos,

alegrías y vueltas a empezar.

Esperaba en los días de aquel intentar ser yo mismo,

simplemente dejar de serlo, para llegar a ser otro.

Confiaba en que algún día, las circunstancias cambiarían para

por fin, alejarme de mi mismo, de quien tristemente sólo sabia ser.

Torpemente tenía así definido el transcurso de la vida,

vamos creciendo, madurando y cambiando.

Mutando. Siendo para dejar de ser, y llegar a ser otro,

y vuelta a empezar.

Ahora se que todo aquello, ese anhelo de huida, de pérdida,

también forma parte inseparable de mí mismo.

De quien soy, y de quien seré.

Todo lo que he sido, lo que me he equivocado,

lo que he incorporado, lo que he rechazado, lo que he aprendido

y lo que no, forman parte para siempre de mi.

Y a pesar de todo lo que pueda haber dolido,

todo aquello es el mejor equipaje del que sentirse orgulloso.

Porque hoy soy capaz de identificar mis riquezas, mis triunfos,

y se que son consecuencia directa de todo aquello que tuve y que fuí.

Y contra todo pronóstico, la paz llegó. Y qué más da si para quedarse o no.

Ocurrió sólo y simplemente cuando me limité a ser, fallando y triunfando,

o las dos cosas a la vez, aceptando ambas realidades: el fallo y el triunfo.

Porque ambas, juntas, permitirán seguir cosiendo mi fuí, mi soy y mi seré.

Como una misma cosa.

Yo.

Quien quiera que sea.

CONFIANZA MEJOR…


La confianza es un bien preciado. Seguramente por lo frágil que es.

Se otorga difícilmente, se pierde con facilidad.

Y la más frágil es quizá la confianza en uno mismo.

Su extraña fragilidad es un precio demasiado alto, 

que hoy por hoy no me puedo permitir. 

El secreto para combatir esa odiosa fragilidad

que atenaza la facilidad para otorgar confianza,

reside en caer en la cuenta que, como todo lo básico

y todo lo necesario,

la confianza es fácilmente reparable, intercambiable, renovable.

La reparación de la confianza sólo depende de nuestra capacidad de

perdonar, de olvidar, de vivir con la realidad ineludible de saber que

antes o después, la confianza se quebrará

y simplemente para hacer posible que confiemos en otros.

Si la confianza se quiebra no pasa nada.

Al contrario de lo que solemos pensar.

La confianza ha de quebrarse, para demostrarnos cuán capaces somos de repararla

confiando de nuevo.

Una y otra vez.

Porque confiar es la base.

Empezando por uno mismo.

Porque no confiar es imposible.

Y desconfiar sólo nos protege de nosotros mismos.