historias de valentía


Hoy se que la valentía no es de lo que hablan los cuentos. 

No es el lujo con el que sueñan los cobardes.

No tiene que ver con aventuras, ni dragones, 

ni princesas, ni hadas.

Los valientes no son los elegidos para un destino épico

que glosarán las generaciones venideras.

La valentía no se escribe con mayúsculas, 

no se narra en letras de pan de oro.

Los valientes no portan armadura

ni han sido tocados por ningún símbolo mítico que los 

distinguió en su cuna del resto de mortales.

Los valientes son aquellos desdichados que, 

como tu y como yo, están a merced de la vida, y 

no tienen más remedio que masticar y tragar su miedo.

Son aquellos que, aún paralizados, echan el primer paso hacia adelante.

Y el motivo es lo de menos; porque no tienen más remedio o porque se dejan llevar

por esa fuerza irremediable

que nadie sabrá describir exactamente.

Los valientes no llenan titulares

y no son objeto de ningún pasquín ni programa 

político de mierda.

Son cotidianos. Se enfrentan a la mayor de las crueldades,

desnudos, desprovistos de lo más necesario: de una alternativa

a esa misma crueldad.

Valiente es ella que sin saber preguntarse con certeza

porqué la vida se ha cebado con ella, se limita a vivir

y a confiar que todo saldrá bien porque sabe 

que no hay otra alternativa.

Ella, como otros, es valiente.

Aunque nadie narrará su historia. 

Y que leche importa eso…

Ser valiente o no no es lo importante.

Vivir como lo hacen los valientes si lo es.

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Para tí, Ali.

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Cicatrices


Todos nos hemos hecho mucho daño.

Nadie permanece totalmente intacto.

En algún momento, la realidad nos ha traspasado la piel, lacerando aquella manera de ser que, hasta ese momento, pensábamos que nos definía de forma inmutable.

El mundo y la vida nos hiere.

Es inevitable. Es necesario.

Todos sufrimos traspiés, golpes, cortes, choques.

Todos, sin excepción, nos recuperamos.

Nos lamentamos, lloramos, nos sentimos desvalidos.

Cuando nos herimos o nos hieren, perdemos la perspectiva de lo necesario que es.

Pero aprender no es otra cosa que toparse con los límites que impone la vida, que imponen los demás.

Y no se puede vivir palpando la línea que nos separa de los otros; tanteándola únicamene para evitar sufrir cualquier herida.

Padecemos, sufrimos, aprendemos.

Y cicatrizamos.

La forma de ser y de vivir nos define menos que la forma que tenemos de cicatrizar.

Sobreponerse dibujando nuevos horizontes, define quién queremos ser y quién seremos una vez sanen nuestras heridas.

Como sellos en el pasaporte, las cicatrices cuentan los lugares en los que hemos estado y de los que ansiábamos huir en algún momento y a los que sólo nosotros conocemos el camino de vuelta.

La vida nos hirió.

Las cicatrices hablan hoy.

Mirando y dibujando nuestro futuro.

 

Lo bello


Detrás de la duda más oscura, espera lo bello.

La belleza está agazapada detrás de lo mundano, esperando que 

la despierten, ansiando que la saquen a bailar.

La belleza es tímida y sólo ataca si se siente amenazada…

El suave trazo de una palabra escrita para eternizar su significado, 

el sereno paraje plagado de ramas, viento y paz, 

el cariñoso abrazo de un niño a su juguete roto.

El silencio sincero es bello, y bella es la palabra que lo romperá para siempre.

La sonrisa es bella y la belleza de un rostro perfecto hace sombra a la eterna belleza

de un alma que por el simple hecho de querer abrazar a otras

es alma, vida y esperanza.

Cada minuto esconde la belleza de todo lo que está por venir, 

y cada segundo se arropa con la belleza de los que lo precedieron.

La curiosidad de mirar más allá de lo evidente, es la clave para descubrir

la belleza más inolvidable.

La canción que resultó indiferente la primera vez que se escuchó,

y que hoy roba el espíritu cada vez que desgrana sus notas

en jirones de emoción: esa canción es más bella que nada..

La pasión se viste de belleza exagerada, de noches sin mañana, 

de entrega sin reserva, de suspiros sin medida, 

de viajes sin paradas.

La belleza todo lo contiene, lo rodea y lo subraya.

La belleza es el sentido, el recorrido, el destino y la mirada.

Bello es quien disfruta de la belleza, mirando, en silencio, sin proclamarlo, 

sin ocultarlo, sin estridencias.

Porque la belleza no llega, simplemente está ahí.

Esperando a ser abrazada.

Dos manos


Dos manos, tan solo dos manos.

Muchas noches tengo la sensación

de que únicamente tengo dos manos y una terrible 

sensación de impotencia, 

una inconfesable y punzante creencia:

la de que con dos manos pequeñas, insignificantes como las mías

no será suficiente para abarcar todo lo que tengo y tendré frente a mí.

Dos manos y todo un mundo de luces y sombras, 

de recobecos.

Tengo dos manos, dos manos únicamente, 

dos manos para darle forma a un sinfín de ideas,

de sentimientos, de ganas por transformar todo lo que me sobra y todo

lo que me deja indiferente.

Sólamente dispongo de dos manos torpes, para poder estar 

a la altura de todo lo que cada día me entregan multitud de personas 

en forma de sonrisa, de caricias, de necesidad, de convivencia o de algo tan 

singular e inigualable como el respeto.

Un mundo repleto de aventuras y sorpresas, de injusticias y de futuros que 

se descomponen cada día como segundos para componerse de nuevo

para llamarse “vida”.

Todo un mundo repleto, inmenso, infinito, preñado de un sinfín de universos.

Como el amor y el cariño más cotidiano. Como una amistad impagable.

Tengo dos manos. Dos manos afortunadamente.

Dos manos para agarrar bien fuerte. Para disfrutar agarrando y acariciando, sin que importe si aquello que ahora tengo en mis manos, se escapará en un rato.

Porque lo realmente delicioso es poder tocar, acariciar y tener

todo aquello que recordaré para siempre, simplemente por haberlo tenido

unos segundos apenas,

unos segundos entre mis dos simples manos.Imagen

Sensual


Suave, muy suave,

lentamente juguetea con la piel

el sonido de aquello que secretamente 

se ha soñado. 

Juguetea con la piel y la eriza, 

un sutil movimiento de aire que 

trae palabras que quedaron en los labios

y durmieron en los sueños.

La piel se eriza, en un mar de caricias,

de caricias que se dibujan solas a golpe de 

añoranzas.

Un susurro tramposo, por sorpresa

un susurro cercano construido por palabras

prohibidas, que nunca serán reveladas.

Una mirada cómplice, una sonrisa que dibuja 

una intención fugaz, inconfesable.

Sonrisa, piel, susurro, caricia, juego, intención, 

labios, sonrisa….

La sensualidad de un futuro incierto que sueño

encogido para protegerme del pasado que más pesa…

La sensualidad el presente elegido… 

La sensualidad al fin y al cabo, 

es el arte de unir cuerpo y emoción, en mil formas

inolvidables…

La sensualidad es el porqué más hermoso 

que se esconde tras cada íntimo deseo…

Un porqué para seguir sin igual…

Cuando las luces se apagan


Cuando las luces se apagan, el silencio lo tiñe todo.

El público se ha retirado subrayando lo fugaz de los aplausos,

y lo importantes que son.

Cuando las luces se apagan un día más, todavía resuenan durante horas

las últimas palabras cruzadas y los intentos por prolongar aquel momento que

hizo que todo mereciese la pena.

Las luces se apagan una por una, con una extraña melancolía que se mezcla

con la certeza mortífera de que pronto se volverán a encender.

Todos se han ido y uno afloja ligeramente el nudo de la corbata.

Musitando una melodía distraída, recojo los últimos giros del día.

Repaso lo ocurrido. Me froto el cuello, las manos. Suspiro.

Cuando las luces se apagan, el alivio se abraza a una terrible soledad.

Necesario solestar.

La ausencia de los que hace un momento me acompañaban, cobra una extraña

perspectiva cuando las luces van muriendo.

La función acaba de terminar, nadie está observando.

Solo yo. Cuando nadie más está, porque las luces se han apagado.

No hay escondite alguno. Solo uno mismo. Como presencia, como escondite, como escenario, actor, público y especialista.

Uno mismo. Uno extraño. Uno conocido.

Cuando las luces se han apagado no hay trampa ni cartón,

no hay ciencia,

ni ficción.

Cuando las luces se apagaron, un día terminó.

Y en el momento del tránsito, antes del gran momento del estreno

de un nuevo día,

disfrutaré de la melancolía de quedarme apenas conmigo mismo, porque se

que de todos los que se han ido,

aunque sea uno o una, estará deseando volver.

 

Gotas de felicidad


A veces los días quedan secos, cuando

el esfuerzo por superar las horas exprime cada gota

de esperanza.

En ocasiones las fuerzas se agotan justo antes de que llegue 

el fatídico momento en el que otros arrojan tu toalla.

Las ganas de seguir parecen apagarse, el motivo único para continuar

que en otras horas aparecía  nítido, se esconde

detrás de una tristeza inexplicable, opaca, gris.

La luz parece en esos momentos un lujo reservado

para otros. La sonrisa parece un mito al que uno mismo estuvo

acostumbrado. Lejos, en otra vida.

Es en esos momentos cuando uno se limita a seguir sus pasos, 

la rutina se pone al volante y la vida parece deslizarse lánguida alrededor.

Es entonces cuando un bebé te coge el rostro entre sus manitas y, 

a menos de un palmo de su cara limpia de todo lo innombrable, 

te sonríe..

En aquellos momentos en que la perdición parece gobernar cada giro de realidad

un amigo te sonríe y te dice cuánto le gusta hablar contigo.

Cuando anochece en los patios interiores, alguien insospechado se aproxima y te besa.

Cuando más sufres, ella esta ahí para recordarte que seguirá estando

y no necesita ningún tipo de razón para estar.

A veces los días se secan, 

con el único sentido de volver a ser regados

con las gotas de felicidad, que brotan

de aquellos detalles en los que uno solo puede reparar

si quiere verlos, 

si necesita verlos de verdad.

Los patios interiores


El interior. Aquel universo rico y desconocido que, por serlo, vale más que cualquier otra cosa.

En el interior, decimos, está todo lo que realmente somos y que los demás no alcanzan a ver. 

Lo que está allí, tan adentro, es tan realmente lo que somos, que rara vez damos acceso libre a alguien para que pasee a sus anchas. Somos lo que hay allí.

Y nos pasamos la vida restringiendo el acceso al patio interior de cada uno para que nadie pueda restarnos un ápice de lo que somos y que tanto nos ha costado conseguir.

Inventamos corazas, montamos personajes, preparamos discursos sin fisuras. Sacrificamos nuestra espontaneidad, nos perdemos oportunidades, dejamos escapar deliciosos encuentros, hacemos todo menos dar acceso libre a nuestro patio interior.

Porque un patio interior es interior y, pensamos, ha de ser exclusivo.

Cuanto más solo me pueda encontrar en mi patio interior, más cómodo me sentiré en él.

Por eso nadie debe conocer exactamente cómo se llega a él.

Debe ser ese sitio fresco, sombrío pero no oscuro, iluminado pero silencioso, el sitio idóneo para poder tender mis trapos sucios y donde poder pensar y sentir en paz.

Un patio interior para mí solo. Para estar allí. Y poder ser yo.

Todos tenemos uno. Y es curioso, a medida que conoces el de los demás, más cobra fuerza la impresión que todos son calcados,

Y más curioso: cuanto más accedo al de otros, más cómodo y agradecido me siento. 

Y cuanto más acceden al mío, más cómodo me siento.

Y más se aleja aquella vieja sensación de que tenía que proteger aquel lugar íntimo y exclusivo. Se aleja porque apenas puedo recordar ese viejo miedo a que algo se quebrase  irremediablemente si dejaba que los demás campasen a sus anchas por mi patio interior.

No hay tanto que proteger, y no hay nada en él que pueda romperse definitivamente. 

Lo que yo sea, si algún día consigo hacerme una ligera idea, no reside en mi patio interior. Lo que yo sea, segúramente es lo que luchan también por ser aquellos que pasean alrededor: personas en busca del mayor grado de felicidad posible en sus múltiples manifestaciones.

El lugar donde yo vaya a refugiarme para recontar mis logros y mis fracasos como si de viejos cromos se tratasen es lo de menos…

Y el número de logros y fracasos sólo es importante en la medida que me aleja de eso que todos, de una forma u otra buscamos.

Por eso, por lo parecidos que en ese punto somos todos, he decidido levantar las barreras que rodeaban mi patio interior particular. 

Al fin y al cabo, cuando llueve, se moja, como los demás…

 

La adicción al pasado


El pasado, el ayer íntimo de cada uno, el pasado propiedad privada, es una droga que genera una adicción total.

Cuanto más ayer consumimos, cuanto más me recreo en él y más lo comparto, más quedo atrapado en él. El pasado y sus recuerdos te atrapan lenta y sutilmente.

Y cuando te querrás dar cuenta, sólo te quedara el pasado,  al final de los días.

Acurrucado en el pasado, a resguardo, se está calentito. En los recuerdos que elijo, me tiendo a gusto. El ayer es un lugar conocido, amigable, sobre todo porque ya ha pasado.

En el recuerdo no hay sorpresas. Hay tortura si lo elijo, pero siempre se cómo acaba.

Tenemos buenos y malos momentos del pasado sobre los que volvemos, momentos que repasamos y en los que volvemos a hundirnos, como si de un extraño y conocido decorado se tratase.

Buenos y malos, todos son ya viejos conocidos. Y de una manera estrafalaria, al haberlos pasado ya, los hago íntimamente míos. Son cómodos. Nos sentimos orgullosos de haberlos sobrevivido.

Y contamos una y otra vez aquella anécdota simpática, esa peripecia sorprendente, esa decisión importante, ese chasco, ese desengaño, aquel momento de éxito que nunca olvidarás, o esa tragedia que te marcó.

Y nos cuesta salir de ahí. A veces tengo la sensación de que soy solo pasado.

Porque el futuro parece estarse escribiendo por otro. El futuro es una verdad escurridiza que más de una vez me suena a mentira ingenua, traicionera.

Es territorio inseguro, poco claro, amenazante. A veces el futuro es donde parece que nuestros defectos y nuestras miserias quedarán al descubierto.

Mejor refugiarse en el pasado, y revisarlo en busca de fuerzas para afrontar ese futuro indefinido…. Y vuelta a empezar.

Hoy he entendido que al final de los dias, si, sólo nos quedará el pasado.

El final de los días es un futuro triste, inevitable.

Y creo que sólo podré construir un pasado brillante, magnífico, monumental si, desde hoy, desde el presente, comienzo a aferrarme al mañana, mirando al frente sin miedo y con esperanza superando en mayor medida mi tendencia a mirar atrás.

VIVIR de verdad, queriendo mejorar mi mañana, es la única manera de conseguir estar orgulloso de haber vivido.

Pequeña importancia


Ya sabes, los recuerdos están construidos a base de pequeños detalles.

Y la historia no parece ser más que una armadura hecha con recuerdos.

Una armadura.

Detalles y recuerdos. Pequeñas y grandes cosas. Situaciones fugaces que marcan el resto de una vida.

Constantemente abrimos una puerta y cerramos los ojos para no pensar qué hubiese pasado si hubiésemos elegido la otra. Por mera supervivencia. Por ser seres simples.

Afortunadamente simples.

Y la vida, a medida que traspasamos puertas, pensamos que se va volviendo más y más complicada.

Vamos avanzando en el árbol de opciones y trazando caminos que rara vez deshacemos.

Y por intentar simplificar, nos volvemos seres rudos, planos, a veces vacíos.

Hay que elegir, que seleccionar. Crecer supone madurar y madurar supone buscar la esencia de lo importante, prescindiendo de los detalles.

Centrarse en los detalles de la vida, de las situaciones, disfrutar de ellos, deleitarse con las pequeñas cosas está fuera del reglamento de hacerse adulto, nos dicen.

Date prisa! la vida pasa mientras tú jugueteas con lo accesorio!! Prioriza! céntrate en lo principal!

Nos repiten que lo importante es aquello que perdura, lo que, de evitarse, genera las consecuencias más irreparables. Lo importante es aquello que no nos podemos permitir evitar.

Y vivimos temiendo no ser capaces de perdernos lo importante.

Los que nos enseñan simplifican tanto el tránsito por la vida, simplificamos tanto todo, que todo se termina reduciendo en una cuestión de tamaño, algo intuitivo para que lo graves a fuego…

Lo importante es lo grande, y lo pequeño, los pequeños detalles, sobran…son cosas de niños.

….

No se lo que es importante. Nunca lo supe.

Ahí está el secreto, todos compartimos la vida mientras lo buscamos, habiendo olvidado ya hace tiempo la idea de si llegaremos a encontrarlo.

Sólo se que un sólo momento destelleante, que hace que se erice el vello, contiene más vida que cualquier enseñanza en un tratado académico.

Honestamente,vivo esperando y buscando atesorar miles de micromomentos inolvidables.

Ellos compondrán mi historia, mis recuerdos, mi esperanza de futuro:

Primero es lo primero, me decían insistiendo

en ayudar donde justo yo vivía

les oía mientras jugueteaba

con el deseo de seguir jugando.

Hoy juego mientras repito insistiendo

a mi hijo, a mis amigos, a mis queridos,

que busquen la esencia de la vida,

para que encuentren el camino

más directo hacia la dicha,

mientras sigo jugando.

Jugar con los detalles, con las

sonrisas, con las alegrías, con

el juego de vivir, que no es más que vivir

jugando…