El YO que hay en ti


He estado perdido 

en dos pensamientos cruzados, entrelazados 

por un hilo de inseguridad.

Por padecer bajo una duda punzante, diaria, 

busqué respuestas en mí mismo.

Me busqué dentro de mi.

Me he preguntado quién soy 

y me he respondido de mil formas distintas,

siempre lo mismo.

Nunca me respondía “yo”, siempre me he contestado

que era alguien parecido a la idea más aproximada

de lo que me gustaría ser.

Me pregunté porqué me pasaba lo que me pasaba, intenté retratar

todo aquello que no me atrevía a asumir,

para convencerme de que debía crecer, salir de mi idea de mi mismo, 

para refugiarme en la idea cálida de lo que debía ser.

Me busqué una y otra vez, huí de mi mismo, me reconcilié

salí herido una y mil veces de mi más íntimas batallas.

Hasta que me devolviste aquel reflejo de mi mismo 

completamente opuesto a lo que creí ser.

Y me ha brotado la primera idea conmovedora, una idea

que parece un sentimiento nuevo.

La idea de que mi yo, mi ser, decansa en tí.

Estoy en tus ganas de verme, en el hastío que te producen mis palabras.

Estoy en tus reacciones ante lo que hago o dejo de hacer. 

Estoy en tu abrazo y en tu distancia. 

Estoy en tus ganas de dejar de verme, en tus ganas de dejar de oírme . En las ganas de silencio

Mi yo no descansa en mi idea de mi mismo Resido en tu sorpresa, en tu emoción , en lo que produce en tí mi presencia.

En el efecto que, aunque instantáneo, producen en ti la coincidencia contigo en el tiempo, en el espacio, en la emoción, en la necesidad. Nuestra coincidencia en la vida

en un momento y un lugar concreto. Quizá irrepetible.

Tú tienes todo. Tengo todo en tí. Te tengo a tí y en tu forma de ser y estar cuando estamos juntos, me tengoa mi.

No se muy bien quién eres. 

Solo se que desde que te doy importancia y he dejado de buscarme dentro de mí. 

Me siento más ligero.

Y todo gracias a ti.

CULPA


Hace ya muchos años que me enseñaron la teoría de la culpa. 

La culpa , como aquella posibilidad de prever un determinado resultado, es un elemento que debe estar presente a la hora de determinar si alguien es o no autor de un delito, una falta o lo que sea. 

Si alguien es culpable de algo es porque pudo prever el resultado. No porque lo vaticinó, sino porque estaba en situación de poder hacerlo.

Otro elemento imprescindible ha de ser la intención, decían, en alguno de sus grados.

Habiendo culpa e intención, solían decir, había responsabilidad. 

Lo desagradable del derecho penal es que se centra en el reverso más amargo de la humanidad.

Cuando hablan de responsabilidad, hablan de aquella situación en la que, aún pudiendo haber actuado de una determinada manera, se ha actuado de la forma más incorrecta..

Qué distinto lo veo ahora…

El análisis frío, la doctrina, resultan reveladores. Los conceptos aclaran a veces el transcurrir de la vida.

La vivencia personal es otra cosa.

Hoy, todo a lo que me suena a culpa me sugiere peso, angustia, castigo, sufrimiento…

La culpa es un refugio lúgubre, húmedo, repleto de los peores pensamientos. Un sitio sombrío donde desterrar a aquellos a quienes achacamos que debieron hacer esto o aquello y que, por no hacerlo, nos abocan a esta situación triste que nos toca vivir a nosotros. 

La culpa es ese banquillo repleto de dolor en el que nos sentamos nosotros mismos una y otra vez.

Culpar es gratis. Culparse también.

Responsabilizar y responsabilizarse es otra cosa.

Culpar y culparse es señalar con el dedo con la mirada vuelta al pasado.

Responsabilizar y responsabilizarse supone mirar al futuro sabiendo que queda todo por hacer. Sin lastres, sin lamentos. 

Eso si, responsabilizarse supone armarse de valor suficiente para no caer en la culpa estéril y perversa.

Porque si decido hacerme responsable de algo, unos me culparán por haberlo hecho y otros por no haber hecho lo contrario.

Pero cualquier otra cosa supone entrar en vía muerta: el inmovilismo absoluto o peor: la culpa por no haber decidido.

Y a diferencia de la culpa, la responsabilidad, bien asumida, no pesa.

Pesa el miedo a hacerme cargo. Porque todavía me culpo por no haber dado el paso al frente antes.

Soy responsable de seguir manteniendo vivas la llama del cariño, la amistad, la ilusión, el regocijo, la alegría con cada una de las relaciones que mantengo día tras día.

Y serlo significa poder disfrutar de cada uno de los maravillosos frutos que reportan todos ellos…

Me niego a quedarme agazapado a la sombra de fríos recuerdos, culpándome de no haber sabido, o no haber podido disfrutarlos….

La culpa es la posibilidad de prever un resultado en la acción, y el peso de no haberse dado cuenta de que poder decidir hacer algo es el mayor lujo que nos ha sido entregado.

La responsabilidad es la ilusionante y coherente posibilidad de influir en el resultado de lo que quiero hacer.

El mundo está lleno de culpables cuyo único y fatal delito es el de no haber querido ser responsables…

El barullo de los egos


Una sala de silencio. Eso han inaugurado en unos grandes almacenes de Londres, con inusitado éxito.

Una sala de la que recuperarse del estado ansioso que provoca el frenesí consumista de las rebajas.

Una sala llamativa, con un diseño cuidado. Luz bien planteada. Y sobre todo, silencio.

Unos aprietan las rodillas contra el pecho, clavan el mentón sobre ellas y dejan que su vista se pierda en algún lugar del pecho. Otros se tumban en el suelo y cierran los ojos.

Lo más sorprendente es el éxito que está teniendo. Varios paisanos daban su testimonio subtitulado elogiando lo inesperado de la iniciativa y su magnetismo y exclusividad.

Pero cuando te paras a pensarlo, caes en la cuenta de que se trata de un caso más de éxito de aquello que íntimamente llevábamos necesitando mucho tiempo.

Silencio. Necesitamos más silencio. Para encontrarnos con nosotros mismos y con nuestros pensamientos. Necesitamos silencio generoso. Un silencio en el que poder sumergirnos sin que nadie nos mire como bichos raros. Necesitamos silencio porque el silencio consigue alargar el tiempo mientras desanudamos la extraña maraña de nuestros pensamientos y emociones.

Vivimos rodeado de estruendo. De muchos estruendos. La velocidad de la vida, el pasar de las horas genera ese pequeño zumbido que nos impide escuchar cómo nuestros latidos se difuminan entre sentimiento y sentimiento.

Las dudas traquetrean en los minutos, las penas arrastran cadenas sobre el fluir de los minutos, la tristeza grazna, y el pesimismo chilla con voz ronca.

Y los egos chirrían. Chirrían al rozarse y cruzarse en la eterna pelea por destacar, por resultar más visibles, más importantes. Los egos luchas con ruido por destacar, por hacerse únicos.

Y ese es un estruendo insoportable, sordo. El estruendo chirriante de los egos que se pegan en una pelea inútil por destacar…

Hoy precisamente me sobresalté al escuchar un estruendo tremendo.

Yo estaba tranquilo, pensando en mis cosas. Pensaba en cómo sobrevivir en un mundo en el que constantemente se mide quién tiene el ego más vistoso.

Y justo cuando caí en la cuenta de que mi forma de resistir iba a ser tirar la vara de medir egos para no prestarle atención nunca más, un fuerte y seco golpe me sacó de mis pensamientos.

Un ego enorme tropezó con mi mini ego. Cayó al suelo haciendo un ruido tremendo.

Y luego silencio.

Un silencio que hace que te preguntes qué leche es eso del ego y para qué sirve mantenerlo pulido y abrillantado.

Todo lo que hace un ruido poco armónico, arrítmico y desagradable sólo sirve para indicar por un momento que estamos ahí, para avisar de su propia presencia. Sólo sirve para eso y para nada más.

Aquello que llaman ego es un cláxon. Un espejo cóncavo que sólo es capaz de reflejar la realidad de un objeto para que sólo ese objeto pueda verlo.

Pues los hay que intentan que, con ese espejo cóncavo, los demás vean el mismo reflejo maravilloso que ellos ven. Son los mismos que compran el coche solamente para hacer sonar constantemente el claxon.

Cuánto ruido, cuánto ruido innecesario.

Un poco de silencio, por favor.

 

Acertar


Dar en la diana, cumplir con lo esperado, hacer lo correcto. Ser bueno, de lo bueno lo mejor. Volver a hacerlo. El notable, el sobresaliente, el elogio el reconocimiento.

Todo cosas deseables que nos enseñan a añorar, a ver como metas al final del recorrido.

Nos acostumbran a que en acertar está la virtud.

Nos insisten en que hacer coincidir nuestro comportamiento con lo que los que deciden y tienen la autoridad en cualquier situación esperan de nosotros mismos.

El éxito está en conseguir la aprobación de esos otros.

Y sin darnos cuenta, nos pasamos media vida otorgándoles esa capacidad de establecer el estandar de lo que es correcto, bueno y deseable y lo que no.

Por hacerlo, he entendido claramente hoy, nos negamos demasiadas veces a nosotros mismos la capacidad de decidir y fijar solitos lo que realmente está bien y lo que no.

Tenemos necesidades, aspiraciones, sensaciones, impulsos, deseos, pero vivir orientado a ellos, nos dicen, es ir por libre. Está mal. Y está mal porque si lo haces, corres el riesgo de no estar a la altura de lo que esperan aquellos que son realmente importantes.

De los jefes, de los líderes naturales de cada grupo, de la familia, de los que nos gobiernan y de los que nos tienen, en definitiva, cogidos por los huevos en base a una autoridad que les vino dada.

Acertar provoca regocijo. Alegra acertar. Es una coincidencia caprichosa y efervescente.

Pero está sobrevalorado. Como verbo y como aspiración.

Si lo que real e íntimamente nos importa es lo que nos pasa, mueve y conmueve a nosotros y a los que hemos decidido para tener muy cerca, ¿qué narices hacemos dándole tanta importancia a lo que dicen y esperan aquellos que no nos importan?.

Pues eso, esperando a que me llegue el momento de tirar la primera piedra (como pecador  ordinario que soy).

Y es que “mola” tanto acertar …..

Cálido


La perdición es tibia. La soledad es árida.

La tristeza es fría, dura, agria. Es vil.

Cuando miro al horizonte sin saber lo que busco, sin recordar porqué estoy mirando allí, recorre mi espalda un escalofrío que pasa por mi cuello y llega a mis manos.

Miro hacia allí porque lo que está aquí dejó de tener sentido y solo proporciona una extraña y desagradable sensación. 

A veces estoy perdido, caminando sin dirección.

Y busco desesperado una explicación.

Y tengo frío. Un frío pálido, un frío discreto, pero afilado.

Un frío que convierte las horas y los minutos en punzantes torturas.

Perdido, sin rumbo. Queriendo saber el porqué de esa extraña sensación.

Queriendo saber qué han hecho con las salidas aquellos que saben donde están.

Busco, y busco. Y sólo hay frio.

Y mientras busco, sin pensar, me refugio en el abrazo del amigo. Me cubro con mil caricias, con caricias que regalo, con caricias que me entregan. Caricias distraídas.

Y ya busco con desgana las razones de tanto aparente sufrimiento. Pero sigo buscando.

Y algún beso viajero se me cose a los minutos. Y hundo hasta el alma mi existencia en una risa con quien más quiero.

Y pronto dejo de buscar. Sólo camino.

Para darme cuenta en un momento de que lo único que siempre tiene el mismo sentido son esas caricias, esos besos, esos gestos esas risas.

Un mismo sentido por el que merece la pena vivir.

La misma esencia de la vida.

Querer, querer ser, querer estar, y seguir estando.

Ese fluir cálido….hace que ni me acuerde de porqué estaba buscando.

Conciencia


Me han pasado una receta para el correcto vivir. Una receta infalible, me prometieron, para que la existencia sea algo que merezca la pena. Una receta para cocinar los días que quedan por venir de una manera tan sublime, que evitará que te preguntas si hay otra forma mejor de haber vivido.

La receta contenía ingredientes muy sencillos de recordar, pero quizá no tan fáciles de conseguir, pensé entonces.

Un poco de “a vivir que son dos días”, una pizca de “si no miras por tus propios intereses, ¿quién lo va a hacer por tí?”, algo de “ándeme yo caliente…” y todo bien aliñado con buenas dosis de “carpe díem”.

Muy buena pinta. Se me hacía la boca agua. De pronto vi mi porvenir brillar como las máquinas de Padilla. Me vi viviendo, sin preocupaciones, sin dudas, sumergido en la sencillez de un pensamiento puro: disfruta y cuídate.

Y hasta parecía fácil de cocinar. 

Y me puse manos a la obra.

Pronto descubrí que es muy verdad eso que dicen las madres (las mejores cocineras): aunque la receta sea la misma, e incluso con los mismos ingredientes, cada uno le damos nuestro toque especial a los platos.

Triste descubrimiento éste. Al menos en mi caso.

Me aferré a cada segundo transcurrido, exprimí cada idea, cada risa, cada brote de cariño.  Estrujé todo aquello que aparentaba ser susceptible de disfrutarse.

Me coloqué el uniforme y las gafas de disfrutador que disfruta desde el yo y para el yo.

Fuí un alumno aplicado, siempre lo he sido.

Y, sin embargo, el plato me salía una y otra vez con un sabor amargo, un regusto desagradable que, muy al final de la degustación, me dejaba inquieto.

Volví a repasar la fórmula una y mil veces. Probé a cambiar el orden de los ingredientes. Pregunté y pregunté. Pero el amargor seguía ahí.

¿Cómo podía ser que algo tan sencillo, tan simple, como dedicarme a disfrutar y punto, no surte los dulces efectos de la felicidad y sosiego que me prometían?.

El mismo que me dió la receta, me daba ahora la clave: “amigo mío, no estamos solos”.

No estoy solo. No puedo estarlo. 

Mis días están conectados con los de los demás. Y esa ineludible participación de la existencia de los demás se manifiesta en mí de una única manera.

La conciencia.

Y una vez que aparece, ya no puedes dedicarte sólo a ti, desde ti mismo.

Necesito de los demás, me guste o no. Y mi felicidad va enganchada de la de los demás. De aquellos que están más cerca, primero. 

Odiosa y maravillosa dependencia ésta.

Pero en cualquier caso, es amarga. Porque ya es dependencia.

Necesidad de algo que no se puede controlar por completo. 

Conciencia, como forma de vivir en conexión necesaria con la realidad de los demás.

Conciencia es vivir más feliz si sólo puedo disfrutar sabiendo que los que están a mi lado también lo hacen.  En mayor o menor medida.

Y por exclusión, mi disfrute de la vida desconectado del de aquellos que elegí para estar a mi lado es algo totalmente absurdo, imposible, irreal.

Carpe Díem, si, pero compartido. Siempre.

Amarga necesidad. Maravillosa experiencia.

Yo mismo me di la receta del disfrute personal.Yo mismo me pasé la receta en un momento de desengaño.

Y en esos momentos de desengaño, la conciencia amarga más que nunca. Por eso quise darme una receta nueva, de olvido, de tabla rasa.

Una estupidez. 

No estoy solo. Y no quiero estarlo.

Aunque durante segundos fugaces, quiera huir de mi propia conciencia, estando solo.

 

 

Vivir


Un buen día, hace ya algún tiempo, me contaron que todo aquello que perdió la vida, o que simplemente se olvidó de ella vive en un mismo tiempo y un mismo lugar.

Si, un buen día, un día bueno. De esos días en los que todo lo que va pasando parece tener un sentido concreto. Parece que las cosas tienen un sentido. Un sentido que parece familiar.

Y si, en aquel tiempo y lugar, me dijeron, reside todo aquello que está hueco, frío, inerte… 

Allí y entonces residen los abrazos que se dan sin sentir, los besos desperdiciados, los saludos que se dan por darlos, las compañías que pasan sin pena ni gloria, los arrepentimientos, los lamentos, las perdiciones. El cansancio.

El cansancio por lo recorrido y el cansancio por no querer recorrer lo que queda.

En aquel tiempo aciago y en aquel sitio sombrío, la vida pasó sin querer. Pasó una vez y no parece que vuelva a pasar.

Y el aire y los minutos, allí, se han vuelto irrespirables porque transcurren únicamente alimentándose de recuerdos, No hay vida presente, sólo recuerdos perversos. Una vuelta recurrente al pasado.

Y extrañamente, a pesar de lo desagradable y oscuro de la existencia de ese tiempo y ese espacio, cada uno de mis pasos y de los de los de muchos otros se encaminan hacia ellos sin remedio.

Casi sin remedio.

Con un desengaño, con un traspiés, con un revés, con un giro inesperado, corro a refugiarme allí. 

Me encojo apretando las rodillas contra el pecho. Y cierro los ojos para escuchar mejor el oleaje de mis lamentos, de mis errores…. Por un momento, aquel horrible sitio y tiempo parecen los más seguros del mundo.

Pero el frío va calando poco a poco, hasta que llega a los huesos.

La apatía húmeda del ayer.

Ése es el sitio y el tiempo.

Ésas son las coordendas de las que huiré de nuevo.

Y sólo se hacerlo llenándome de vida, de la mía y de la de los demás.

Dando los abrazos que quiera dar, abrazando a la misma vida.

Mirándola a los ojos. Unos ojos misteriosos, de color indefinido y de intensidad desconocida.

Unos ojos que están en el futuro. Más allá de todo lamento, de toda queja.

Más allá del cansancio.

La vida es justo lo contrario de la apatía.

Y la vida está más allá de ella, más allá del cansancio. Del cansancio por vivir.

Vivir, vivir por encima de lo que cuesta hacerlo. De lo que creemos que costará.

Ése es el reto, huir del peor cuándo y dónde al que recurrentemente vuelvo.

Huir de allí, del ayer y de la apatía, para conseguir vivir cada momento ansiando los momentos que vendrán después..