CUENTO


 

Continuamente tiene la esperanza de que el día que empieza sea el definitivo, el que inicia el verdadero cambio. Y al mismo tiempo tiene la sensación de que todo vuelve a repetirse.

Hoy se levanta. La habitación sigue teniendo ese extraño y desagradable olor. No hay manera de que desaparezca. Un pensamiento le cruza la cabeza , ¿será el olor de la derrota?. Enseguida lo desecha.

La habitación es pequeña, y fría, pero con diferencia es el mejor sitio en el que ha dormido en meses. Y a los caseros no les molesta la música. Más de una vez le han pedido que toque algo en sus reuniones con la familia. 

Aseo rápido. El agua está especialmente helada hoy. En parte se agradece. La vida se presenta mucho más rápido cuanto más fría es el agua en la mañana. 

A través del pequeño ventanuco del baño saluda a un mar interminable de tejados y antenas que hace años ya parecían antiguos. 

El cielo está despejado.

Tejanos, camiseta, camisa, jersey, zapatillas de deporte mucho más desgastadas de lo que le gustaría, cazadora. Mete con mucho cuidado la guitarra en la funda. Apoya la cabeza resignado por unos instantes en ella. Vuelve a pensar: quizá se sienta esto cuando se reza.

Suspira. Coge impulso y va hacia la puerta. Recoge la silla plegable y la mochila.

Saluda a Marga, que ya está limpiando el pasillo y el resto de habitaciones. Todos los demás fueron a trabajar. 

Ella contesta con el mismo ademán de siempre. 

Café en el Bar Perdón. Mismas caras. Sólo Jose el camarero sonríe. El resto no miran a ningun lado. Las mismas bromas.

Metro de Príncipe de Vergara. El metro siempre huele igual. Pasen los años que pasen. La luz más fría es la del metro. Pero en el metro no se pasa frío.

Hace ya tiempo que perdió la cuenta de los días que llevaba sentándose allí, justo en la zona en la que pasan los viajeros de la línea 9 a la línea 2. Es un buen sitio.

Ha compartido sitio con toda clase de personajes. Pintores, retratistas, cómicos, mimos. 

Pero hace tiempo que está solo. También aquí.

Perdió todo. Y eso le llevó a refugiarse en la pasión por la guitarra como única manera para mantenerse. 

Pero hace días que la necesidad cambió de color. 

La rutina se desvanecía sobre las 10:30. Cada día. De lunes a Jueves. A veces se retrasaba, pero no era lo más habitual. 

Se aferraba a una nueva ilusión, a una esperanza ridícula. A una idea. A una imagen diaria que le daba sustento y alimento por encima de cualquier otra cosa. 

Hoy eran las 10:15.

Se recoge el pelo en una rápida coleta. El pelo ceniza, hondulado, siempre limpio. Se mesa la barba. 

Destapa la funda. Saca su Epiphone color burdeos. Se sienta. La acaricia. Pasa la balleta por el cuerpo de la guitarra y limpia las cuerdas. Despacio, mientras mira ya por primera vez a los primeros viajeros que pasan delante de él con indiferencia. Él mira curioso, pero distraído. Todavía es pronto. Ella no está. 

Coge una púa. Rebusca en su repertorio. Cierra los ojos. Comienza a tocar lentamente. Con energía. “Motherless Child”. Toca y canta con los ojos cerrados, acompañándose de un golpeteo rítmico de su pié. Con firmeza.

Termina. Alguna moneda aparece en la funda. Como siempre.

Nadie se ha quedado mirando.

Llega la hora. Como siempre, el pulso se acelera.

Hoy tocará “Song to sing when I’m lonely”. Cree que a ella le gusta.

Ya viene. El vagón de las 10:30. 

Comienza a tocar. Ahí está.

Desde aquel día en que le sonrió, su imagen no se ha separado de él. Nunca han hablado, pero él está seguro de que es lo más parecido a un ángel que nunca ha visto. 

Es menuda, pelo rubio, ligeramente hondulado. Siempre viste vaqueros, y lleva el abrigo negro de todos los días, con las dos chapas: el símbolo de la paz y otro símbolo que él no conoce. Le gustaría poder preguntarle sobre él. Un ligero toque de carmín en los labios. Ojos pardos. Paso lento y sonrisa a punto de brotar, siempre. Y siempre escuchando música en los auriculares. Y siempre se los quita cuando pasa delante suyo, para mirarlo tímidamente. 

Nunca fantaseó con ella. Simplemente sueña con ella y espera verla cada día.

Eso es lo que, por encima de todo lo demás, le da sentido a su vida hoy.

Sin esperar nada más. Necesita verla.

Como siempre, se acerca, se retira los auriculares. 

El sigue tocando, y la mira de reojo.

Ella lo mira. Afloja el paso. Él siente que el corazón se le saldrá finalmente del pecho. Hoy ocurrirá definitivamente.

Se para frente a él. El resto de gente sigue su paso, ajenos.

Él va enmudeciendo lentamente. Ella lo mira, en silencio. Sonriendo.

Se mete las manos en los bolsillos del abrigo, tímida. Espera.

Sin tener que rebuscar, comienza a tocar “Lilac Wine”. Instintivamente cierra los ojos.

La vida se le va en cada palabra, en cada verso, con un calor intenso.

Todo empieza y acaba en ese momento. Toda su vida tiene sentido por desembocar en ese instante…

“listen to me , I cannot see clearly..”.

Entonces pasa. Siente un caricia indescriptible en el rostro.

Ella le ha besado en la mejilla, recogiendo sus lágrimas. Ambos lloran. Lloran y sonríen.

Silencio.

“Gracias” dice él.

“Gracias a ti”, dice ella. Silencio. Tímida. Me llamo Ana. Dirás que qué tonta, pero llevo mucho tiempo viéndote. Me encanta lo que haces… y bueno… Llevo pensando un montón de tiempo en dar este paso pero..

Él sonríe. El corazón se le paró hace un rato. Ahora solo tiene paz en el pecho. Esto debe ser la felicidad.

¿Te gustaría que saliéramos fuera?,le invita.

Ella asiente. Y salen.

El día comienza en ese punto. Y los que vienen después también.

 

 

 

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Miedo


Es el motivo y el porqué más despreciable. En incontables ocasiones el miedo a esto o a aquello ha estado detrás de muchas de las decisiones y acontecimientos que componen nuestra historia.

El miedo es una abominable sombra que hiela nuestra capacidad y libertad de decisión y, al mismo tiempo, nos guía para tomarlas, para tomar aquellas decisiones que conviertan al miedo en simplemente pesadilla de la despertar.

El miedo pervierte la generosidad, la descompone y la disfraza de disculpas, de excusas-

Porque el miedo también nos une de una manera inevitable: aunque cada uno lo entiende de formas distintas y bajo manifestaciones dispares, todos tenemos miedo.

Todos tememos.

Y muchos de los temores que todos albergamos, tienen el mismo origen. 

El dolor, la vergüenza, la soledad, el aislamiento, la tristeza son emociones que todos pretendemos evitar. Y nuestros miedos son alertas que nos avisan que todas ellas están próximas.

Los miedos nos llevan a actuar rápidamente, de manera visceral, irreflexiva.

Y lo que es peor, nos llevan a actuar en negativo, para evitar, olvidando el enfoque positivo: olvidamos todas esas emociones en positivo: la alegría, la confianza, la vida. En un segundo somos presas del miedo, del pánico y huimos sin pensar si hay una mejor alternativa.

Huimos y no paramos de huir una vez que nos dejamos dominar por el miedo.

La mala noticia es que no nos han enseñado a dominar nuestros miedos. Nos enseñaron que son irracionales, incontrolables. Y por no tener mejores recursos, terminamos reconociendo que es así.

Ser consciente de que el miedo gobierna demasiadas decisiones genera en mi la necesidad de decidir en positivo: 

Debo obligarme a actuar centrándome en alcanzar todas aquellas emociones colindantes a la felicidad: alegría, vitalidad, amor.. Y ello aunque sea para contrarrestar aquellas decisiones que irremediablemente tomo por motivo del miedo..

Tener miedo es humano. Rendirse a él también. Pensar que no hay más alternativa es sólo una mala decisión por ser mentira.

Miedo de ceniza, amargo, agridulce

miedo cotidiano con el que sentirme cómodo

mi miedo es mío, 

antipática prenda con la que me visto a  la hora

de reconocer que los días me son ajenas amenazas.

Miedo que te vas, vuelve pronto para saber

que el orgullo de vencerte tiene que ver 

con el millar de horas que paso y quiero pasar

abrazado al amor que tengo a la vida.

Miedo fugaz, cobarde sintonía

reacción mundana, simple, total.

Miedo insignificante, monumental, realidad absoluta 

y por serlo,

necesidad que se impone para fantasear

con otra oportunidad de ser

un ser sin miedo.

 

un año de viaje


El día de año nuevo de este año 2012 viejo y decrépito inicié este viaje. Ese día comencé este blog.

De una manera muy común, por una coincidencia que durante un tiempo quise vestir de algo que no podía ser casualidad. Pero los motivos que provocan las cosas que son importantes para uno no son otra cosa que meros alineamientos de circunstancias.

El caso es que llevaba tiempo rondando la idea de forzarme a escribir, quizá el tema era lo de menos. Luego vino el enfoque. Pero primero estaba el deseo de escribir, de viajar.

Todos emprendemos viajes. Muy a menudo. A veces en el mismo día viajamos varias veces.

Viajes que nos vemos obligados a hacer, viajes que buscamos por placer. Los planeamos, o simplemente los disfrutamos.

Viajar supone sumirse en un sinfín de sensaciones, de nuevas realidades que nos alejan de nosotros mismos, de nuestras rutinas, de las obligaciones que el día a día nos impone.

Yo en ese momento quise emprender un viaje que hacía tiempo tenía pendiente, un viaje hacia dentro y, al mismo tiempo, un viaje hacia aquella virtud que me es tan ajena: un viaje sobre mis posibilidades de mantener una visión positiva.

Ése fue el enfoque inicial y pronto descubrí que, de nuevo, me había armado de razones y excusas artificiales.

Lo que realmente buscaba era escribir, disfrutar y compartir mi visión sobre todo aquello que me conmueve, que me hace reflexionar o que, simplemente, me pasa.

Estuve escribiendo casi a diario hasta abril, sobre todo: sobre lo insignificante y sobre lo importante, sobre la tristeza y sobre lo que realmente genera la fuerza para vivir y seguir viviendo a pesar de todo.

Y pronto, como había sospechado, tuve que parar y tomar distancia.

Sin enredar demasiado, diré que mi principal descubrimiento en esos meses fue la evidencia de que obligarme a reflexionar sobre ciertas cosas una y otra vez, lejos de traerme esa deliciosa huida de mi mismo que aportan los viajes, me enfrentaba a la parte de mi mismo de la que, precisamente, quería huir.

Mi tendencia a la tristeza. Mi inseguridad ante, mi absurda sensación de vértigo por no saber si esa felicidad que me acompaña desde hace ya mucho tiempo desaparecerá de un plumazo.

Esa y otras miserias con las que no os voy a aburrir, aparecieron como murallas que me recomendaron no continuar.

Pero como suele ocurrir cuando nos ataca la sensación no estar absolutamente perdidos, de no tener ningún camino posible, es cuando uno se obliga a buscar caminos alternativos.

Liberado de esa necesidad de buscarme solo entre mis propias ideas de mi mismo, me permito escuchar y observar, sin más. Y me permito la idea de que, precisamente, los cristales grises de mis gafas son los que me permiten iniciar día tras día un nuevo viaje.

Un viaje para encontrar colores intensos, sensaciones irrepetibles que borren ese absurdo e inexplicable amargor que solamente yo me fabrico.

Caigo en la cuenta una vez más, no sin cierto rubor, de lo simple de la situación. El viaje es lo importante.

Este año a sido un año de viaje que ahora acaba. Acaba el año y no el viaje.

Como todos lo hacemos, seguiré viajando, cuando y como sea.

Viajar es apasionante, es trepidante, estimulante. Y parte esencial del encanto de viajar está en la posibilidad de volver.

Y ahí está otro descubrimiento.

Al fín y al cabo, a pesar de todo, en el fondo soy capaz de identificar aquellas partes de mí mismo que hacen que, al menos, me conforme. Así que viajo para disfrutar viajando, escribiendo y poder terminar.

Y seguir siendo yo, queriendo volver a escribir.

No escribo para cambiar. Escribo desde mi mismo para descubrir nuevos horizontes, nuevos puntos de vista. Y a veces los cambios ocurren.

En este año he compartido nuevas vivencias, he descubierto amistades que ya son inolvidables. He sufrido, he resurgido y he vuelto a sufrir.

Mi hija, mi hijo, mi incomparable e indescriptible compañera.

Y muchas cosas mas que me recomiendan poner la atención en los demás y alejarme de mi mismo.

Y esto es lo que ha hecho deliciosa la escritura. Poder hacerlo.

Una última cosa.

Gracias sinceras a los que leéis con paciencia y atención estas líneas. Vuestra generosidad también es un para qué nuevo que no sospeché y que me lleva a intentar ponerle alma a cada letra…

Gracias de verdad.

Feliz viaje.

Seguimos?

 

 

Silencio volante


Esta mañana desperté pronto.

Todos dormían. Café, noticias en internet. Frío fuera. Sol que empezaba a apuntar.

El cuello estaba tenso, como casi siempre. El café caliente. Y todos dormían.

Silencio.

Me froto la frente, los ojos escuecen ligeramente. Acabo el café.

Voy a sentarme frente a la ventana. Miro afuera. Todo aparece inmóvil pero extrañamente lleno de vida. Coches aparcados, helados. Nadie en la calle. Tímidas nubes a lo lejos. Algún pájaro.

Una vez más echo de menos el cigarro. Entrelazo las manos. Miro hacia abajo. Busco. Vuelvo a mirar hacia fuera.

Rebusco y descarto ideas. Repaso recuerdos, muy rápido. Repaso amistades, sensaciones. Vuelvo sobre conversaciones, evoco situaciones. Fantaseo con finales alternativos.

Me vacío, sonrío. Saboreo el silencio. Estoy solo. Pero sólo será un momento.

Todo parece en paz, en una deliciosa paz que incluye todo lo que irá pasando a partir de ese momento. Y está bien no saber qué pasará.

No todo está bien, pero parece que las fuerzas no fallan hoy.

Me levanto y me acerco algo más a la ventana. Tantas cosas… tanto por hacer…

Me sumerjo en un sinfín de pensamientos en bucle que entran y salen en mi cabeza, muchos salen por el pecho, sembrando alguna duda..

Cierro los ojos. El sol empieza a calentar algo más.

Es agradable estar aquí y no está tan mal ser yo. Pronto pasará un año desde que empecé el blog. Tengo que escribir sobre esto, si. Debo hacerlo pronto.

Oigo algo.

“Papá…..”

R se ha despertado.Sonrío.

Me voy. Vuelvo.

Hasta el próximo silencio..

GANAS


Si, las ganas. Eso que nos mueve.

Nos ponemos solemnes y le llamamos necesidad, apetencia, tendencia.

Las ganas es el motor. Imprescindibles, incuestionables. Pero no suficientes.

Las ganas de hacer o de no hacer, de tener, de conseguir, de terminar, de comenzar.

Las hay de todo tipo, y algunas las ocultamos.

Quedarse con las ganas de algo es poder y querer hacer ese algo. Y vas y no lo haces.

Por lo que sea.

Pero te quedas con las ganas.

Y quedarse con las ganas es algo que tarde o temprano pasa factura.

Muchos piensan que reprimir las ganas es un ejercicio que eleva el espíritu. Reprimirlas nos   sublima.

Claro que “reprimir” no significa exactamente lo mismo que “dominar”.

Pero son dos verbos que he confundido toda la vida.

Y lo cierto es que cuanto más intentaba dominar mis ganas de esto o de aquello, de decir esa cosa, o de pedir aquella otra, me encontraba una y otra vez reprimiendo las ganas. Una y otra vez.

Potente descubrimiento el de que para conseguir llegar a dominar tus ganas y tus deseos, lo primero que ha de hacerse es precisamente lo que parecía lo menos recomendable: darles salida de manera natural.

Convivir con naturalidad con tus ganas de todo tipo, airearlas, ejercerlas, respetarlas, es el camino más efectivo para eliminar ese odioso foco infeccioso de las represiones.

A veces las ganas crecen, otras menguan, pero siempre están ahí.

Te hacen jugar día a día. Te colocan exactamente en el punto en el que estás. Un punto más o menos incómodo dependiendo de esas ganas has tenido que ocultarlas o no.

En el mundo de las probabilidades de salir airoso en el trance de conseguir exactamente aquello que te gustaría: perdón por la obviedad, pero si convives en paz con tus ganas, ganas.

Suficiente


Palabra enorme por cubrir lo necesario, y por cubrir lo necesario, elimina la angustia, elimina la inquietud de no tener lo imprescindible.

Lo suficiente es enorme, pero fugaz. Pronto olvidamos lo enorme que es lo suficiente.

Y nos parece una palabra de significado ramplón. Deja de ser aquello que nos mantiene vivos, alejados de la angustia vital. Y pasa a ser lo mínimo. Aquello a lo que aspiran los conformistas.

Los que se conforman se quedan con lo que es suficiente. Pobres infelices, ¿verdad?.

Pues yo envidio a los conformistas, señores. Envidio su capacidad para identificar rápidamente y mantener clara en su vida aquello que es suficiente.

Ni más ni menos. Lo suficiente.

Lo que hace que uno, sea conformista o no, no aspire a más.

¿Cuándo y cómo se sabe lo que es suficiente?. ¿Basta con estar harto de esperar lo que pueda quedar por venir?. ¿Qué signos evidentes sirven para identificar lo que ya es suficiente?. ¿En qué me puedo basar para saber que lo que hoy es suficiente lo seguirá siendo?

Suficiente y me planto. No quiero seguir jugando.

Sentir que ya basta, que ya es suficiente de esto o de aquello es definirlo por reacción.

Tengo bastante y me quedo ahí. Me niego a que éso sea lo suficiente.

Quiero decidir el punto a partir del cual lo suficiente se desdibuja. Quiero decir yo lo que es suficiente. Y lo haré.

Sin más remordimientos. Sin saber si me he pasado o si me quedé corto.

Lo que es suficiente no es equilibrio. Es suficiente.

Es más que lo mínimo, es lo que yo decido que me define en cada acto, en cada relación.

Suficiente, sin querer más. Sin querer ser más de lo que se es.

Suficiente es bastante. A partir de ahí, todo será demasiado.

Más que suficiente, a mí me queda grande.

Durante mucho tiempo confundí lo sobresaliente con lo normal.

Y el suficiente me hacía suspender, porque creí que merecía todo aquello que veía como un camino por recorrer. Y si me negaba a buscar y a conseguir más, era una especie de ser anodino. Un fracasado. Por no saber ver que por encima de lo suficiente estaba el mundo de la excelencia reservado a unos pocos.

La verdadera sabiduría, el saber vivir hoy, para mí, aquí, pasa por dedicarse a definir lo que es suficiente.

Y vivir con ello.

Por que eso es más que suficiente.