Querido amigo


La crueldad de la vida es algo que antes o después se padece. Profundamente, con un dolor punzante, que corta la respiración.

Y corta la respiración porque el dolor ineludiblemente persistirá: llega el dolor y perduramos. Vivimos y viviremos, conviviendo con dolor o sin él.

Pero convivir con el dolor que imprime la crueldad de la vida es un experiencia que lo cambia todo. Cambia la vida. La cambia por otra dentro de la misma vida.

A un entrañable amigo su vida le ha cambiado. Ha cambiado su vida, y su vida al cambiar le ha cambiado a él.

De manera cruel le ha sobrevenido una crueldad enorme. De manera cruda todo lo que componía su existir, todas sus piezas, se han desmoronado.

Y se está recomponiendo.

Muy lentamente.

Ha llorado, ha sufrido. Sigue sufriendo. De una manera cruel. Porque la vida sólo sabe atacarnos de esa manera.

Ya no mira a su hijo de igual manera, ni a sus amigos, ni a las calles, ni a su mujer. A nada, a nadie.

Y lo que es más cruel, ya nadie sabe mirarle de igual manera. Nadie puede. Y todos lo intentan.

Y he llorado dejándome embargar por un sentimiento ardiente: no se lo merece… ¿porqué?.

NO hay explicación y no la habrá. Y esto todavía es más cruel.

Ya nada será igual.

Pero será distinto.

Será.

El dolor duele más porque se extenderá a lo largo de la vida. Pero la vida existirá a pesar del dolor.

Más allá de él. Después de él. Durante él.

El dolor es fuerte, es intenso. Pero no es importante.

Lloré pensando que lloraba por él.

Pero lloraba por mí, lloraba mi añoranza, mi inútil y estéril sentimiento de justicia, mis ganas de erradicar esa crueldad.

Quería y quiero que mi amigo sea el que era. Porque pensaba y pienso que, si sanase hoy, sería tremendamente feliz.

Sus nuevas ganas de vivir y disfrutar de la vida de nuevas maneras me enseñan que, respecto a la amistad, al cariño… realmente lo simple y lo sencillo es lo que recoge la verdad más reconfortante.

Solo puedo desear que sea feliz. Y eso hago.

Porque en el momento de más tristeza de su vida, él sacó fuerzas para decir que soy una de las personas importantes en su vida.

Y aunque suene a despedida, él sabe que no lo es:

Se feliz amigo, te quiero.

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“Siempre” es mentira


Si, es una palabra grandísima, exagerada en su significado.

Tan grande, que es mentira. Mentira al menos para mi y para los que tengo al lado.

No pasa nada porque sea mentira. Pero lo es.

Las mentiras son a veces tan necesarias como las medicinas. Necesarias o convenientes.

Pero claro, una afirmación del tipo “siempre te recordaré” hace que crezca es sustento tranquilizador, ese bálsamo tan necesario para la vida que es la confianza.

La confianza en que ese siempre ocurrirá. La confianza en que esa persona está tan sumamente conectada con tus emociones y tus esperanzas que día tras día se planteará como único reto ser fiel a su promesa.

Rídiculo y evidente, por partes iguales.

Con palabras tan grandes que no nos caben en la boca, vamos sembrando confianzas que están condenadas a frustrarse desde el mismo momento en que germinan.

Y lo mismo ocurre con la prima hermana del “siempre”, el “nunca”.

Es curioso este juego. Jugamos todos y no podemos no jugar.

Porque es inevitable quedar desencantado al saber que ese “siempre” que nos prometieron no se cumplió. Y uno se siente estafado, aunque desde el comienzo sospechó que sus siete letras contenían intención, emoción, arrebato, pasión, ingenuidad…. pero no verdad.

Y también uno se siente preso de ese “siempre” que soltó y a cuya altura no pudo mantenerse. Una apuesta que uno juega y que desde el principio sabe que va a perder.

“Nunca caeré en ese error”, “siempre seré fiel a mis principios”, “nunca te olvidaré”, “siempre estaré ahí”. Bobadas. Falsedades.

Y sin embargo, sentencias que componen nuestra existencia.

Y deben seguir montándose así.

¿Alguien se imagina diciendo: “casi siempre te querré”, “es bastante improbable que te haga daño”, “hoy por hoy tengo una clara intención de serte fiel”?

Necesitamos certificar y envolver nuestras declaraciones de ese viaje suicida del siempre y el nunca.

Nos vestimos de esa certeza irracional para presentarnos a los demás como seres pétreos en los que no cabe la duda.

Nos presentamos como inhumanos para parecer humanos.

Dime siempre aunque se que es mentira.

Y ya me encargo yo de valorar lo que vale tu “siempre” dentro del mercado de promesas.

Como todas las promesas, su única verdad es que, en el momento de declararlas, durante un instante, nuestra razón queda cegada por la voluntad de entregar a los demás nuestro ego:

“no importa lo que yo quiera, las necesidades que puedan surgir, no importa mi vida, no importa mi ser…. a pesar de todo, estaré ahí, para eso a lo que me he comprometido”.

Preciosa ceguera. Encantadora voluntad que todos necesitamos.

Pero aunque sigamos jugando, esa voluntad no dura siempre. Nunca dura siempre.

Nunca.

Y con eso basta.