Hasta aquí


Este es el post número 99.

Y la cosa se ha apagado.

Sin más. Sin menos.

El viaje empezó con un interés concreto que hoy se ha extraviado.

Había interés en los demás y, lo que para mí era más importante, interés en mí mismo.

Si no recuerdo mal, se trataba de realizar un viaje hacia dentro de mi mismo, propiciando la reflexión constante. Retándome cada día para ver hasta donde llegaba mi constancia y mi optimismo.

Por el momento, llega hasta aquí.

El interés se ha desvanecido.

Y no descarto que vuelva, pero hoy necesito liberarme.

Hoy he reflexionado junto con otra persona. Junto con un extraño.

Y me ha parecido que todo esto no era otra cosa que un viaje hacia dentro de mi mismo.

Creo que he llegado lo más lejos que mis fuerzas me han dejado.

Y sin entrar en más detalles, lo que he descubierto no me ha gustado.

Es hora de dejar las cosas estar.

De dejarlas reposar para revisarlas más adelante.

En ocasiones ha sido todo un descubrimiento.

Pero el balance no me gusta.

Por tanto, es hora de descansar.

Y de centrar la importancia de mirar, escuchar y observar en otras cosas que lo merecen más.

Al fin y al cabo, yo soy solo yo.

Y con eso debe bastar.

Hasta pronto.

Puede que muy pronto.

O no.

Que otros sean los optimistas. Y yo aprenderé a fallar menos.

 

Anuncios

El etiquetar y la pobreza de espíritu


Identificar. A esto se aprende desde pequeñito.

Olemos, palpamos, vemos oímos e incluso degustamos todo lo que tenemos por delante, por detrás y a los lados.

Desde que el mundo es mundo y desde que pasamos a formar parte de él.

Y desarrollamos el enorme poder de asignarle nombre a las cosas, a todo tipo de cosas y a todo tipo de seres.

Y esto como un ejercicio puro de supervivencia. Es necesario para vivir.

Identificar lo que nos rodea supone hacerlo formar parte de nuestro mundo, del de cada uno.

Y una vez lo hacemos, nos quedamos más tranquilos.

Lo familiar tiene ese efecto en nosotros. Nos da la serenidad de conocerlo y nos da el desafortunado permiso para despreocuparnos.

Pero somos la leche.

No nos basta con este tremendo poder.

Tenemos que alardear.

Y vamos más allá. Sin red.

Vemos, identificamos y, llegó el día en el que nos atrevimos a opinar.

Y esto es bueno, pero peligroso.

Porque no tenemos fín.

Seguramente no me basta con opinar y aglutinar las cosas y los seres que componen mi mundo según mi afinidad con ellos.

Siempre voy más allá. Y hago alardes raros mientras me peino la conciencia y me repito : “hay que seguir inventando para hacerme la vida más fácil”.

Y voy y creo las etiquetas. Sencillas opiniones empaquetadas, resumidas y estandarizadas.

Y las creo para tener que utilizar las menos posibles en relación a esas cosas, seres y demás.

Apenas dos o tres.

Y lo más atrevido de todo: empiezo a pretender hacer cautiva a toda esa realidad dentro de cada etiqueta.

Y todo por la obsesión de hacerme la vida más fácil.

Claro, porque observar y asumir que las cosas son como son y esto implica que cambiarán, me supondrá obligarme a seguir observando y, como mucho, permitirme opinar.

Y esto es muy cansado.

Mejor pensar que fulanito es un negado, que lo barato sale caro, que los helados de FRIGO siempre serán los mejores, que el rock es de una determinada manera inmutable y que Camarón era el mejor.

Si, así no me obligo a nada más que a patentar mis propias etiquetas, plastificarlas y a vivir.

Vaya mierda de plan.

Para eso tantos años de evolución….

El caso es celebrar


Si, ya sabemos que a lo largo de los días hay luces y sombras.

Se suceden días luminosos con otros que no lo son tanto.

Y también hay temporadas que son una auténtica montaña de basura.

Sin embargo, incluso en los momentos más negros, los más dolorosos, existen pequeños focos de luz, pequeños recovecos de esperanza.

Lo que pasa es que, claro, nuestro ánimo y nuestras ganas de vivirlos, de apreciarlos, con el negro, se reducen hasta desaparecer.

En esos momentos, todo lo bueno nos parece insignificante, mínimo, ridículo. Lo bueno lo evitamos, lo ignoramos o nos pasa desapercibido.

Las ganas de vivir menguan en esos momentos desafortunados.

Pero siempre hay algo bueno que disfrutar, en lo que fijarse. Siempre.

Y creo que esto lo tengo claro, aunque no está científicamente demostrado.

Pero constatar esto tiene la misma emoción  que un disco de Jose Luis Perales.

Aquí lo importante es que nuestras ganas de continuar, de proseguir no tengan un momento para flaquear.

Y flaquean cuando todo lo bueno se mimetiza entre tanta duda, vértigo e indecisión.

Pues nada, hay que subrayar esa infinidad de cosas que existen entre los pliegues de nuestra rutina.

Y hacerlo es una labor que requiere mínimo esfuerzo. Porque siempre hay algo que subrayar.

Digo subrayar por decir de otra manera CELEBRAR.

Hay que celebrar. Bueno, primero hay que elegir lo que celebrar cada día.

Celebrar es, ante todo, caer en la cuenta de que siempre hay algo que es capaz de despejar las nubes.

Celebrar es impulsar cada momento hacia la alegría.

Celebrar es, mientras se comparte lo bueno y esa propia alegría, se potencia la capacidad de  felicidad que tiene cada uno de nuestros segundos.

Celebrar es ponerle una lente de aumento a nuestra capacidad de ser optimistas.

Hay que celebrar continuamente, mientras se sueña y se comparte.

Mientras se quiere seguir soñando y compartiendo.

Y el no saber encontrar motivos no es excusa.

Mirada alrededor, o preguntar.

O si os véis apurados, siempre se puede celebrar que la cosa, sea lo que sea, todavía no ha ido a peor.

Seguramente sea estúpido todo esto que digo.

Pero es mucho más estúpido quedarse inmóvil frente al precipicio del lamento.

Lamentarse continuamente si que es una gilipollez, aunque resulte inevitable.

Celebrar es evitable. Pero también es imprescindible.

La amistad es una buena forma de encontrar motivos para celebrar continuamente y un buen modo de hacerlo con estilo.

Celebrad!

http://www.youtube.com/watch?v=3GwjfUFyY6M&ob=av3n

 

De declarar


Hay que ver que barbaridad de cosas encerramos..

Somos auténticos crisoles de sentimientos, emociones, decisiones, temores, pensamientos..

Y los hay que se vienen arriba y afirman que tienen una vida interior fuera de lo común.

Madre mía, qué de cosas. Conviven las unas con las otras como realquiladas en un mundo que les es desconocido.

A veces se llevan bien, a veces chocan para terminar reconciliándose, se enredan, se enganchan, se unen, se repelen…

Pero el caso es que, aunque parezcan contradictorias, unas tienen sentido por existir en el mismo sitio junto con la otras.

Ocurre como con las personas, que una vez que se conoce a esa persona totalmente opuesta a uno mismo, uno mismo deja de serlo para siempre.

No se si me explico.

Bueno, es igual.

El caso es que tenemos mil cosas dentro de cada uno y ese guirigai (o guirigay) nos compone y nos define al mismo tiempo.

Pero la complicación (y la diversión) viene del hecho de que esa agrupación de elementos, de ideas, de sensaciones, va cambiando por múltiples razones.

Por el viento, por la estación, por la experiencia, por el camino en el que van y vienen personas distintas que se cruzan en nuestra vida.

A veces, el cambio en la composición de nuestro interior ocurre.

Y otras veces lo propiciamos.

Creo que una de las claves para desterrar esa sensación desagradable de extrañeza con mi vida pasa por intentar propiciar esos cambios de componentes.

Si ir cambiando porque quiero y no porque la vida me haga cambiar.

Ir a rebufo de la vida es algo que me gustaría evitar.

Se dice muy fácil. Otra cosa es llevarlo a la práctica.

Por lo pronto, solo se me ocurre afianzar todas esas cosas que uno lleva dentro, como punto de partida para todo cambio que uno querrá propiciar porque, simple y llanamente, decidirá que los cambios que admita serán los que supongan mejoras .

Vamos que conviene afianzar quien soy para luego poder saber quién quiero llegar a ser.

Si es que eso pasa.

Y afianzar sensaciones, emociones y pensamientos, pasa por no ocultarlos.

Por declararlos.

Lo que se declara existe.

Todo lo demás son patrañas.

Básicamente, me encanta mi gente, la música y ampliar el conjunto de eso que llamo mi gente.

Cada vez más disfruto de las personas. Y cada vez estoy más conforme con que sólo cierta gente disfrute de mi.

La música, la diversión el cariño, la ternura, la tranquilidad, la alegría, son las cosas que más me importan.

Y compartir es un verbo que cada vez me resulta más imprescindible, casi al mismo nivel que “vivir” y “agradecer”.

Humildad es otro nombre que empata con prudencia como reglas de juego.

Y en la sombra está la inseguridad y el temor a enfrentar las cosas bajo un techo de inseguridad y falta de confianza en mí mismo.

Pero la sombra va retirándose porque, con los años, la despreocupación va pintando todo de un color cómodo que va con todo.

Vamos, que cada vez me siento más cómodo. Y más cómodo me voy sintiendo a medida que voy encontrando a gente maravillosa como vosotros a los que tanto debo y a los que tanto tengo que agradecer.

Y agradezco.

En fin, que esto es lo que tengo que declarar.

Y me habré dejado mil cosas.

Pero me importa poco.

Ya sabéis a lo que me refiero.

 

 

Aprender a querer


Prácticamente cualquier cosa se enseña.

Y digo prácticamente para mantenerme en mi cálido mundo de prudencia.

Pero no todo se aprende o, al menos, no todo se aprende fácilmente.

Claro, cuando esta idea se nos cuela dentro rápidamente corremos a identificar todas aquellas cualidades que queremos pensar que sólamente tenemos porque nos acompañan desde que nacemos.

Y solamente se nos despiertan. Nunca, pensamos, se aprenden.

Suelen ser cualidades, como la elegancia. Y acciones que nos aportan magnetismo y conexión para con los demás. El liderar, el conquistar, el querer.

El querer.

Se quiere algo o no se quiere. Se quiere a alguien u olvídate de cualquier otra situación.

No se puede aprender a querer.

Al menos eso he pensado durante mucho tiempo.

Pero no es cierto. He descubierto que no lo ha sido durante mucha parte de mi vida.

Porque, al igual que ocurre con la verdad, se han ido sucediendo miles de situaciones que me han provocado el querer.

Y, a continuación, un querer en bruto, un querer mal enfocado, me ha hecho fracasar estrepitosamente, y arrepentirme, y muchas cosas negativas más.

Pero también ha habido éxito. Y en muchas ocasiones ha venido de la mano del aprendizaje a querer.

A querer y a cómo querer.

Porque una de esas situaciones que desencadenaron un querer hacia algo o hacia alguien que era insospechado era la necesidad, en forma de soledad, de inseguridad, de miedo a la pérdida de ese algo o de ese alguien.

O sea, que la necesidad tiraba de mi querer.

Y aunque ese fué el punto de partida, la sensación de querer las cosas o a las personas por pura necesidad tiene un sabor agridulce. Qué coño. Es amargo.

He decidido mantener viva mi búsqueda sobre lo que quiero y tendré que seguir queriendo.

Nuevo o no. Tendré que querer de nuevas o reafirmar lo que ya quería.

Pero querer. Una y otra vez.

Eso primero.

Buscando siempre la mejor manera de hacerlo.

Porque querer debe ser el principio y no el nudo o el desenlace.

Querer lo es todo.

Querer es.

Poder es un apellido feo y previsible.

Escucharse o escudarse


Hablamos y hablamos.

Opinamos una y otra vez.

Participamos de todo, los que participamos. Entre otras cosas, porque nos han enseñado que participar es lo importante.

Y está bien hacerlo. Este es el adobe o el ladrillo de las opiniones, de los diálogos y de las posiciones que tomamos y en las que nos refugiamos a lo largo de los años.

Y sobre ese ladrillo unos untan un gotelé absurdo, otros cuelgan cuadros de sí mismos y de los demás, o plagan las paredes de opinión que van construyendo con muebles inverosímiles que ni ellos mismos se creen.

Pero esa es otra historia.

Decía que hablamos y hablamos. Opinamos constantemente. Y a veces nos lanzamos a esta vorágine sin medir mucho los límites.

Y también está bien que esto sea así.

Pero el caso es que luego vienen los arrepentimientos y los análisis y los lamentos. Y viene todo esto porque no somos conscientes completamente de lo que los demás reciben de nuestras intervenciones y opiniones.

Y nos sentimos poco entendidos, o poco reconocidos o poco escuchados.

Aunque luego, en la soledad, unos por unos segundos y otros durante días o meses o años, nos preguntamos si realmente expresamos bien lo que pensamos o sentimos. Dudamos, en definitiva, de si proyectamos la imagen de ese ser maravilloso que somos o nos gustaría ser.

Y todo porque no nos escuchamos.

Hablamos mucho, opinamos y nos oímos.

Y como mucho, le pedimos a los demás que nos digan lo que han entendido.

Pero no nos escuchamos.

Preferimos pensar que somos y estamos siendo de una determinada manera y nos quedamos ahí.

Nos escudamos en quién creemos que somos o quien nos gustaría ser.

Y jugamos al juego de buscar el contraste o la sorpresa con lo que los demás oyen y ven.

Escudarse y esconderse de uno mismo es estúpido. Es legítimo. Es de cobardes. Pero es humano.

Pero es pernicioso, cansado y poco útil. Aunque es cómodo.

En fin, la decisión es de cada uno.

Pero oigo mucha sandez, y creo que el que la dice (yo mismo), hubiese evitado decirla si se hubiese escuchado de verdad.

Y es sencillo.

Porque basta con hacerlo una vez. Por poco tiempo. Pero si te escuchas, hay que hacerlo de verdad.

Yo lo hice. Y lo repito poco.

No puedo estarme escuchando continuamente. Es aburrido.

Y hay un mundo de realidades que escuchar.

Muchas de ellas merecen mucho la pena.

Y las otras casi también.

A veces, con todo el ruido de fondo, es difícil escucharse.

Pero esconderme de los demás, escudar mi yo bajo mi supuesto yo….

Eso si que no.

Escucharos, haced el favor.

Aunque sea un momento. Será un momento muy bien invertido.

Ser claro no necesariamente es ser transparente


Qué manía de confundir las cosas y, especialmente, qué manía de confundirlas cuando se está hablando de las cualidades humanas.

Cuando hablamos, por ejemplo, de unas cortinas. Está claro que cuando uno va a una tienda de decoración y pide ver el muestrario de cortinas blancas, se quedaría bastante perplejo si le trajesen un catálogo con visillos transparentes, ¿no?.

Si, ya se que habrá cortinas que tienen un tono blanquecino y que también son translúcidas.

Pero pensar en ese tipo de visillos, es tener ganas de enredar.

Ya sabéis por dónde voy.

El color claro implica falta de, fundamentalmente, sombras, colores oscuros.

La transparencia implica ver TODO lo que hay detrás.

Ea, pues aquí tenéis un símil de los míos, obvio y sencillo. Claro.

La persona, el sujeto definible como CLARO es aquel que se dirige a los demás sin sombras, sin resquicios que generen dudas, sin giros que puedan generar inseguridad y sospecha en los demás.

Normalmente el sujeto o la sujeta claro/a, por serlo, generará una imagen de autenticidad y  confianza en los demás.

Y por serlo también y ver que genera esa imagen en los demás, ganará seguramente en confianza.

Y así sucesivamente y/o etcétera…..

Pero otra cosa es el concepto vecino al de CLARO: el del sujeto “transparente”.

Aquí viene la confusión.

Hoy por hoy se lleva mucho esta tontería del tipo “yo siempre voy de frente”, “digo las cosas a la cara”, “lo que ves es lo que hay”….

Queridos amigos, estamos hablando de cosas distintas, aunque creo saber a qué se refieren estos literatos de la escuela de la calle y del reality show.

Ir de frente, no mentir en tu juicio a los demás o no variar tus juicios en función de la propia conveniencia o para evitar conflictos es una cosa. Y esa cosa se llama autenticidad y seguridad en uno mismo.

No dar rodeos innecesarios como síntoma de inseguridad o como defensa para afrontar una verdad que cuesta enfrentar y asumir es ser CLARO.

Y lo de ser transparente, al confundirse con los otros dos conceptos, ha pasado a desvirtuarse y sobrevalorarse.

Ser transparente puede ser un último estadio del sujeto, de aquel sujeto que ha perdido el miedo a protegerse de los demás y se muestra tal y como es.

Y no debe ser necesariamente una cualidad virtud.

Porque el tonto redomado o el ser más despreciable del mundo puede ser transparente. Y maldita la gana que tengo yo de ver sus miserias, y menos de que me las pongan delante.

El claro transparente es mi tonalidad. Mejor dicho, es de la que me gustaría llegar a adquirir de manera permanente. Es la que lucho por defender.

Si. Maldita sea. El puñetero visillo translúcido que va con todo.

Así que recordad. Ser claro es algo que hay que buscar para desterrar la pereza de nuestras vidas. Para poder aprovechar el tiempo en vivir y compartir y no en descifrar a los cobardes que se esconden tras miles de meandros semánticos que no llevan a ningún lado.

Ser auténtico es ser claro una y otra vez.

Ser transparente, por favor, que nadie lo intente de verdad. Corremos todos el riesgo de ver mucha casquería.

Y la vida ya es muy contundente.

Siempre hay algo que merece la pena guardar..

Deliciosa naturalidad


Lo solemne es algo que, por definición, pretende darse importancia a si mismo.

O al menos lo parece.

Todo el boato, la formalidad, el rito, el protocolo no son otra cosa que convenciones que pretenden singularizar el momento, la situación, la ocasión..

Pero al repetirse una y otra vez, envasan nuestros actos de una manera asfixiante.

Si, estoy rodeado de protocolos de este tipo. Y sin darse uno cuenta, puede llegarse a ver en la situación de crear nuevos protocolos, nuevos estereotipos que rijan nuestras relaciones.

Si, estos estereotipos tienen que ver con la necesaria reciprocidad en las relaciones, con la prudencia, y con la dosificación a la hora de mostrarse y abrirse uno mismo hacia los demás.

Y uno se ver en esta situación cuando pasa a asumir que este tipo de reglas son imprescindibles y necesarias para una correcta convivencia.

Y conocerlas es útil, hasta conveniente.

Pero no un elemento imprescindible.

Más bien todo lo contrario porque, cuando uno solamente se fija en este tipo de cosas se olvida de algo mucho más esencial, más natural: las relaciones en si mismas son necesarias, inevitables y, sobre todo, algo que uno debe plantearse como algo de lo que claramente se puede disfrutar.

No de todas las relaciones se disfruta, pero de las que se consigue disfrutar, casi siempre puede identificarse un rasgo común.

Aquellas que surgen  y se mantienen sin tener que reparar en qué reglas las rigen y mantienen vivas, son aquellas que más perduran y las que nos resultan más entrañables y necesarias.

Un amigo con el que simplemente se quiere estar y se está. Una conversación que surge espontáneamente y que uno saborea porque sencillamente uno se siente cómodo sin saber muy bien porqué, será algo que claramente querré repetir.

Esa naturalidad no se exige en los demás, aunque sí se puede identificar y hacer que se elija a sus actores.

La naturalidad, eso sí, se vive y se ejerce.

Porque mi naturalidad será una de las dos (como mínimo) partículas necesarias para crear ese átomo inigualable de las relaciones de las que se disfruta.

De las relaciones deliciosas.

Del cariño, de la ternura, de la sonrisa. De todo aquello que nos dibuja el boceto incierto de la felicidad.

Sed naturales, por favor…

El vaso


Las metáforas. Qué vehículo de comunicación tan maravilloso.

Y cuando se utilizan bien, cuando son apropiadas, qué bien quedan, qué  bonito hacen.

Son muy cómodas, muy eficaces. Contienen pequeños mundos de significado en cada uno de sus recodos, en cada uno de los giros de sus torcidas palabras.

Las metáforas también crean una complicidad especial entre quien quiere decir y quien escucha atentamente. Se genera una conexión especial entre los dos humanos que se están comunicando.

Compartir el significado de una metáfora con alguien es como estar en un reservado, fuera de la vista y del oído de los demás. Compartir metáforas es una cosa muy íntima.

Que maravilla las metáforas.

Pero claro, muchas se ponen de moda y, a fuerza de repetirse, su significado se diluye, pierde intensidad e incluso, en alguna ocasión, su verdadero e íntimo significado se transforma. Cambia a algo mucho más mundano. Más obvio.

Si, en algún momento de esta aventura, tenía que llegar el momento.

Hablaré un poco del vaso medio lleno o medio vacío.

La vida es un vaso con una cantidad determinada de agua que llega hasta la mitad del mismo.

Ya sabéis, unos dirán que está medio lleno y otros que está medio vacío.

No hace falta que diga qué tipo de personas (en lo que se refiere a su tipo de “enfoque” sobre la vida y cómo vivirla ) serán unos y otros.

Sólo se que, a fuerza de oir hablar de esta metáfora, la intensidad de su representación ya no me deja satisfecho.

Me suele pasar.

Por supuesto que la perspectiva del vaso cambiará de unas personas a otras. Eso nos separa o nos clasifica.

Pero a estas alturas de la película he llegado a la conclusión de que la cuestión es más interesante si hablamos de porqué estamos observando simplemente el vaso.

No quiero ser ni de los que ven el vaso medio lleno ni medio vacío. Simplemente, no quiero ser de los que simplemente ven el vaso.

O, dicho de otra manera, soy de los que ven el vaso a medio llenar. O mejor, soy de los que ven el vaso a medio nivel y buscan desesperadamente un manantial, un grifo, una manguera, o lo que sea, con una jarra en la mano.

Porque independientemente de lo lleno que vea el vaso, creo que lo más importante es buscar constantemente la manera de mantener el vaso lo más lleno posible.

Contemplar la capacidad del vaso me suena a gato encerrado.

El que vea el vaso medio lleno sin más, me da que miente o que ha tomado mucho café.

Y si, llegado el caso, estuviese equivocado, ¿qué va a hacer?, ¿conformarse?.

Pues vaya chasco.

El que lo vea medio vacío… sobre ese ni quiero comentar.

Ya fuí esa persona.

Y esta aventura no va de otra cosa que de buscar esos acuíferos para estar bien surtido de agua.

Para poder llenar mi vaso y, por qué no, el tuyo, querido lector (de mis entretelas)

 

 

Desencorsetarse


Introducción, nudo, desenlace.

Versos alejandrinos con rima asonante en los pares.

El burro delante para que no se espante.

Empezar la casa por los cimientos.

Primero conoce lo cercano y luego lo lejano.

Empezar todo por uno mismo.

Formas, estructuras, rutinas.

Reglas.

Tienen todo el sentido del mundo. A veces seguirlas es el único camino. O el único camino correcto.

Le dan sentido a una vida de por sí caótica.

Saber convivir con ellas es recomendable, saludable.

Pero seguirlas siempre es muy opresivo.

No hablo de normas, hablo de estructuras.

Y es opresivo porque no siempre es fácil seguirlas. No siempre se convivir con ellas.

Y uno llega a pensar que si no llega a conseguirlo, no hay más camino.

Que si deja de observar esas estructuras, pasa a ser anárquico y dicen que no hay peor pecado.

Las estructuras son más un lujo que una necesidad.

Y a veces, romper con ellas supone abrir nuevas formas de hacer las cosas.

No sería la primera vez.

Que se lo dijesen si no a Einstein, Dalí, Elvis….

Y es un agradabilísimo soplo de aire fresco llegar a darse cuenta de que uno puede construir su propio camino en la vida eligiendo a placer si asumir y seguir las estructuras establecidas o no.

Porque digan lo que digan, no hay UNA forma de hacer las cosas.

La de UNO siempre será la válida.

Termine como termine la cosa.

El secreto es haberla elegido.