Citas…


Está claro que nunca llueve a gusto de todos.

Perdonad que no me levante, pero tengo la sensación de que la experiencia es un peine que te regalan cuando te has quedado completamente calvo.

Llevo ya aproximadamente tres meses y medio viviendo bajo la seguridad de que tras las nubes, siempre está el sol. Y tuerzo y retuerzo las palabras y busco y rebusco en mis pensamientos mil y un asideros para estar cada día más seguro de que todos terminaremos bajo los placenteros rayos de sol.

Si, tuve un sueño y me aferro a él día a día.

Cada pequeño post es un pequeño paso para mí, pero un paso todavía más pequeño cuando se ve con el paso del tiempo.

Todo está escrito. No hay nada nuevo bajo el sol. Puedo estar más o menos seguro de cada palabra que he escrito.

Pero nunca miento.

Hace ya tiempo que pensé que solo sabía que no sabía nada. Ahora alguna cosa más tengo seguro que se.

Pero estoy más o menos en el mismo punto.

Aunque cada vez estoy más lejos de la idea de que el hombre es el lobo para el hombre. O más cerca de la idea de que, a pesar de serlo, es un lobo necesario, que le hace crecer como hombre, mujer o humano.

Porque cuanto más conozco, de verdad, sin la venda de los prejuicios y las reservas, a las personas, menos ganas de tener un perro tengo.

(éste me ha quedado un pelín forzado..).

Vivo últimamente viviendo en mi y viviendo en los demás y de vuelta. Me meto a fondo en los porqués de los demás, simplemente para entenderlos mejor. Y me quedo tan pancho.

Llegué, vi y tengo la sensación de estar venciendo; aunque perder batallas siempre fué duro.

Citar da cierto reparo si piensas que a cada paso debes dejar siempre una impronta personal, porque si no lo haces, vales menos.

Menuda tontería.

Citar es fácil, reconfortante. Supone reconocer que siempre hay alguien maravilloso escondido que ya nos hizo un regalo sin habernos enterado.

Gracias a todos ellos por imaginar un mundo mejor y aclarar de golpe muchos de los líos que componen éste en el que vivimos y que, a pesar de todo, ya es maravilloso..

Mirar e interpretar las cosas con un interés sincero por mejorarlas, acaba haciéndolo…:

http://www.youtube.com/watch?v=KMqv79-IK5U

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El poder de ser distinto


A lo largo de los años, muchas han sido las veces que me he sentido un bicho raro. Éstas han sido las más.

Otras veces me he sentido capaz, otras veces, incomprendido, otras veces incapaz, otras ridículo, otras muy muy gracioso… y así sucesivamente.

Denominador común: aunque no siempre cayese en la cuenta, siempre me he sentido distinto.

Y claro, sentirse distinto viene acompañado de un sentimiento de incomprensión, de aislamiento de falta de pertenencia a eso (lo que sea) que el resto de la humanidad comparte y le hace permanecer unidos. Y tú, distinto. Distinto durante mucho tiempo, le puede sonar a uno como “fuera de”, “lejos de”… En desventaja..

Pobre calimero…

Como suele ocurrir, llega un punto en el que uno se ve obligado a darle la vuelta a los aspectos o miserias de su realidad y cae en la cuenta de ABSOLUTAMENTE TODO tiene una doble lectura.

Es cuestión de decidirse a defender a muerte la lectura contraria a la usual si es que la usual te tiene jodido..

Y saber que uno es distinto y leer que esa diferencia es una desventaja, es un gran peso. Eso hay que cambiarlo.

Y tras esa decisión, al principio forzada, me he dado cuenta de que realmente es más práctico, útil y saludable pensar que ser distinto es un gran poder. Es mucho mejor sentir que ser distinto significa no solamente ser único, sino que te da un poder único también respecto a los demás.

Y además, es que es verdad.

Hoy he podido verlo claramente.

Tengo una gran suerte con mi trabajo. Hablo con personas. Hablo mucho y de todo.

Y como hoy, la gente te entrega su verdad, se entrega del todo. Y por momentos, uno siente un vértigo tremendo.

Porque no sabe cómo estar a la altura de ese regalo, de esa generosidad. Uno no sabe cómo corresponder.

Pero si me paro un momento a pensar, lo mejor que puedo dar, lo que más satisfecho puede dejar a todo el mundo, incluido a mi mismo, es a mí.

Porque soy distinto, y al serlo y ejercerlo, la realidad de los demás, mucho o poco, se completa.

Con eso.

Con algo distinto.

Ser distinto es normal. Es lo normal. Está bien.

Está de puta madre.

Simple balance


De tanto mirar para adelante y de tanto buscar siempre un agujerito en el futuro donde poder meter el pesimismo, se va quedando uno sin fuerzas..

Si, flaquean las ganas, hasta las dudas que motivaron todo este lío de reflexión sobre reflexión empiezan a tomar un color raro. Un color apagado, soso, anodino.

Y no tiene nada que ver con la sensación de vacío, de estar hablando solamente a un teclado y una pantalla luminosa.

No es eso no. Además de quedar muy propio, lo de que esto lo hago principalmente para mi, es cada vez más verdad.

¿Entonces…?

Pues es difícil de explicar. De pronto me ha asaltado una desagradable sensación de desorientación, de estar un poco perdido dentro de mi mismo.

Cierto mareo, si. Tanta vuelta sobre todo y para todo, aunque uno tenga el foco bien definido, hace que finalmente se canse.

Y sigo encontrándole el gusto a esto, no os vayáis a creer.

Pero tanto sacar cosas fuera hace que uno tenga la sensación de que dentro ya queda poco…

Si, me he vaciado tanto que en ocasiones parece que hablo de otra persona, usando sus pensamientos, replicando sus sensaciones.

Con lo que no me cabe más remedio que echar la vista atrás. Solo un poco.

Y el camino recorrido es largo, tortuoso, intenso..

Comencé pensando en que sería difícil encontrar los recursos para escribir de manera distinta a menudo. La idea era encontrar motivos y asideros para ganar en optimista, sabiendo que no iba a ser fácil.

Y de momento, no paro de plantearme mil enfoques sobre las cosas que desde siempre me han importado, encontrándome conmigo mismo y mis opiniones reales.

Un viaje de mí mismo hacia mí mismo. Suena odioso, egocéntrico. Pero el punto está en que no he hecho un viaje tan difícil de recorrer en mi vida.

Difícil y reconfortante. Pero muy difícil.

Lo que hoy por hoy más merece la pena es que, una vez que pasa el complicado ejercicio de rebuscar y remover todo lo que se cuece dentro de uno para sacarlo fuera. Uno queda tan exhausto que busca y saborea mucho más todo y todos los que estáis fuera.

En fin, cojo aire y seguiremos.

Pero los ánimos flaquean…

Pero lo importante es seguir y parar, por una vez, cuando yo decida y no cuando lo haga la realidad.

Los detalles lo son todo


La realidad. Esa gran desconocida tan inmediata. Tan cercana y, en ocasiones, tan lejana.

La mayoria de las ocasiones esa realidad es tan solo un paisaje que propicia el más absoluto egoismo, el más increible aislamiento.

Por lo general, mi realidad resulta evidente y real para mí y tiendo a pensar que igualmente lo es para los demás.

Pero resulta que cada uno tenemos nuestra realidad.  Al igual que yo la tengo, los demás, por supuesto,también tienen la suya.

Compuesta de emociones, sentimientos, juicios, opiniones, relaciones, pertenencias. Un conjunto de cosas que tienen un especial significado que tan solo uno mismo entiende en toda su profundidad.

Muchas veces estoy sumido en mis propios pensamientos y emociones, buceando en mi verdad, en mi propia realidad, concentrado, muy enfocado.  Y todo lo demás solamente es un rumor que tiene lugar vagamente a mi alrededor.

Y de pronto, llega la sorpresa. Un gesto, un momento,una caricia, una sonrisa.

Una emoción sincera que alguien te regala y uno se da cuenta de lo desconectado que ha estado de la realidad verdadera, la realidad de todo lo que a uno le rodea.

Hoy he recibido un montón de cariño. Cariño a raudales. Cariño de muchos tipos pero con un mismo propósito: llegar hasta mí.

Y es todo un detalle. O un buen puñado de ellos.

Miles son los problemas de los que nos ocupamos día tras día. Esto también nos mantiene vivos.

Pero andar constantemente centrados en nuestra propia verdad, en nuestras propias preocupaciones nos resta un mundo de posibilidades.

Asi lo veo yo.

La realidad de los demás, todo lo que les importa realmente, se compone de un número muy variable de detalles.

Detalles que a su vez  están atravesados de mil palancas, mil palancas que podemos activar y que conectan directamente con un universo de emociones.

Unas emociones en las que reside realmente la vida. La vida real.

Si todos podemos activar estas palancas, estos interruptores de las emociones de los demás, eso significa que estamos realmente conectados.

Y una vez que decida activar estos pequeños resortes y dejar al descubierto los míos, dejaré de sentirme solo y olvidaré esa desagradable sensación de aislamiento.

Tener detalles con los demás, fijarse en los detalles que les componen y definen y no ocultar  los míos para que los demás puedan hacer lo propio con los míos. Esta es la clave.

Preguntar por lo que realmente preocupa al amigo, mostrar tu disposición cuando realmente lo necesita, decir sinceramente lo guapo o guapa que está hoy esa especial persona, hacer reir en el peor momento, regalar algo especial de repente.

Abrazar de repente, decir de pronto cuánto alguien te importa.

Esos detalles, por serlo todo para alguien, en un determinado momento son eso..absolutamente todo.

Un instante eterno


Un segundo es poco tiempo. Un minuto también lo es.

Un fragmento pequeño de tiempo en el que caben pocas cosas, durante el cual no pasarán demasiadas cosas.

Y sin embargo, los recuerdos más intensos, las situaciones que quedaron grabadas a fuego en mi memoria tuvieron lugar apenas en un instante.

Las sensaciones más maravillosas, las reacciones más geniales, llegan, me agarran en un segundo y parece que pasan, que desaparecen.

Pero si las abrazo con fuerza, quedan conmigo para siempre.

El tiempo y su inexorable paso. Nos han enseñado que es una condena que nos imponen desde el mismo momento en que nacemos.

No seré una víctima más que se tumba frente al tiempo, temeroso de que le pase por encima y me aplaste.

Pasará por encima, inevitablemente . Y se llevará todo a su paso.

Pero yo me llevaré todo también mientras éste pase.

Depende de mí que el tiempo sea aliado y no enemigo. Hoy he hecho las paces con él.

Cuestión de elección. Dejaré que se lleve rápidamente lo que me tortura y me anula.

Y apretaré fuerte, con todo lo que pueda, todo aquello que compone una vida que realmente merece la pena. Todo aquello que quiera conservar para siempre.

Aunque el tiempo lo ponga delante mío durante apenas un segundo.

Porque a partir de hoy, yo decido si ese segundo, ese instante especial, puede durar toda una eternidad.

Anticipacientes


Todo tiene un principio y tiene un final.

Obvio.

Y hasta esta realidad fácil de entender tiene un porqué. Un porqué seguramente muy sencillo, evidente.

Me da la sensación que será porque todo lo que tiene un comienzo y fecha de caducidad, también nos define un tiempo en el que debemos aprovechar, disfrutar, sufrir, festejar, envidiar, desear, etc..

Si, las sensaciones se desarrollan intensamente cuando tienen un marco de tiempo definido.

Somos así.

Si no vemos cuánto tiempo tenemos para algo, dilatamos nuestras emociones, las postponemos, o sencillamente las escondemos.

No se, por ejemplo, cuánto tiempo tendré para disfrutar de la compañía de ese amigo entrañable.

Y por eso mismo, me digo, ya le diré algún día lo mucho que supone para mi.

Si, ya he escrito sobre esto, pero no caí en que tenía que ver con el tiempo y su definición.

Si, ya le diré todo lo que siento sobre él o sobre ella, si, ya surgirá la ocasión. Cuando sea.

Y ese cuando sea llegará, o no.

Pero no termina de convencerme ese aplazamiento por sistema.

Prefiero saber que tengo un tiempo concreto, sea éste el que sea, para vivir todo lo intesamente que pueda lo que me rodea. Y lo de “intensamente” es aquí la clave, porque es ahí donde se entremezclarán todas esas emociones que postergo.

Y esto es lo que ocurre respecto a conocer o no el tiempo que tengo, respecto del final conocido de las situaciones.

 

Pero hete aquí, que también pasan cosas con el conocer el principio exacto de las mismas.

Conocer exactamente cuándo comenzará el proyecto, el trabajo, la relación, el acto, la venta, el ejercicio, lo que sea… me permitirá relajar mis ejercicios mentales. Me permite ajustarlos.

Claro, como muchos de vosotros, yo también crecí con afirmaciones del tipo “mejor prevenir que curar”. Y los buenos resultados de esta actitud, te dejan cautivo.

Te dejan cautivo porque uno anticipa en su cabeza las situaciones. Las crea bajo el prisma del temor, de la baja autoestima.

Porque ya que me pongo a anticipar, pues mejor tirar para debajo de mis expectativas y así no me llevo sorporesas.

Y entonces me pongo a hacer mil fórmulas y cábalas muchas veces absurdas para que, eso sí, cuando llegue el momento de la verdad, la vida me pueda pillar en calzoncillos, en bragas o lo que sea…pero también me pillará preparado y dispuesto.

Bendita improvisación.

Bendita improvisación que supone confiar algo más en uno mismo.

Tiempo al tiempo.

Si todo tiene un principio y un final., y esto es por algo, habrá que confiar también en que las cosas y mi participación en ellas, comenzará cuando ese comienzo llegue.

 

Anticipar por sistema me vuelve impaciente crónico, enfermizo. Anticipaciente.

Porque NUNCA las cosas terminan siendo como uno se imagina.

Mejor intentar esperar a que las cosas pasen o, como poco, esperar a que comiencen a pasar.

¿Mifrir o sufrir?


Hay tantas afirmaciones acertadas que no sabe uno por cuál decidirse.

Hasta que, claro, con los años, uno cae en la cuenta de que no hace falta quedarse con una. Todas las afirmaciones, absolutamente todas, describen una parte de verdad.

Que esa parte sea más o menos grande dependerá de lo que para cada uno sea verdad.

Por poner unos ejemplos de entre los miles que uno respira cada día, dos entre las que me debato últimamente:

1. Nadie, absolutamente, ninguno de nosotros estamos aquí para sufrir.  Y sin embargo, lo hacemos.

2. Intentar evitar o mitigar el sufrimiento ajeno es una acertada y honrosísima manera de conseguir la paz y felicidad (o algo parecido) que todos buscamos.

Ambas afirmaciones son defendibles. Vivo continuamente llenando de significados y ejemplos a ambas. Y todo ello aún sabiendo que, en muchísimas ocasiones ambas verdades siguen caminos opuestos. Caminos que se cruzan de tal manera que uno se encuentra en una encrucijada difícil de resolver.

Difícil de resolver porque, a pesar de que uno sea capaz de hacer estos malabares con las ideas complementarias, llega un momento en que uno debe decidir…

A veces involucrarse en el sufrir ajeno hace que, inevitablemente, uno mismo sufra.

Y claro que una vez, o dos, o varias, suponen unas dosis asumibles. Incluso alguien diría que recomendables.

Es bueno conocer el sufrir propio. Sus límites. Su alcance.

Las fronteras del sufrir propio, del mifrir.

Pero el mifrir crónico que se produce por el constante ejercicio de vivir entre el sufrimiento ajeno, el sufrir, nos puede llegar a destruir.

Si, es necesario ponerle distancia a las cosas.

El mifrir intenso, profundo, enquistado, nos anula, e impide identificar el sufrir, y no te digo proponer soluciones.

Otra obviedad para hoy:

la afirmación 1: aquí no venimos para sufrir, es mucho más intensa, aplastante e inevitable. Y por serlo, conviene quitarle la suciedad de los prejuicios y es necesario empezar a asumirla como lo que es: una verdad con la que hay que convivir.

Esa sintonía con la realidad es algo necesario para siquiera empezar a vislumbrar los beneficios de la afirmación 2: el honroso y positivo camino que supone involucrarse con el sufrimiento ajeno para ayudar a erradicarlo o mitigarlo.

Creo que está claro. Ojalá pudiese erradicarse el sufrimiento en general.

Ojalá se pudiese hacer. Pero es imposible.

Y una vez teniéndolo claro, habrá que empezar por algún sitio.

Y puestos, no parece mala opción por intentar evitar el de uno mismo.

Pero sólo por empezar por algún sitio.

Porque los hay que solo dulcifican su mifrir reduciendo el sufrir.

Presente.

La sabiduría da risa


Si, está más que claro.

Da risa. Parece que en algún momento de la historia, a fuerza de acumular conocimiento de varias existencias de personas que se han ido sucediendo y que tenían en común una locuacidad imponente, o un razonamiento seguro de si mismo o una capacidad de plantear las cosas de manera convincente, se ha llegado a la conclusión que la sabiduría, como estado, existe.

Vamos, ya sabemos que ha habido mucho ser especial en la historia y necesitamos buscar una característica común. Y le llamamos sabiduría.

Y entonces, montamos una corriente de pensamiento o aspiracional (si, que aspira, para adentro) que tiene como foco el llegar a estado de conciencia superior.

Llegar a ser un sabio.

Y vienen las escuelas privadas, elitistas, y los clubes selectos. Y una forma de alargar las palabras y las expresiones muy especial. Y los sabios se asocian, se juntan entre ellos porque, claro está, ya todo les sabe a poco.

Ya no mola hablar de lo cotidiano, lo que mola es hablar de la esencia pura de las cosas, de las implicaciones de todo, de cómo quedará uno en la competición sobre quién es capaz de establecer la conexión menos evidente entre los conceptos.

Quién es más brillante. Quién destaca más. Quién es el sabio de entre los sabios.

Si, ya se que muchos estaréis pensando que exagero. Que también hay sabios no competitivos.

Pues es verdad, tampoco hay que ponerse así.

Pero quizá  esos sabios, con los que yo me quedo, son los sabios que no saben que lo son, que nunca pretendieron serlo.

La sabiduría buscada y la sabiduría que los demás le atribuyen a uno, esa es la gran clasificación.

La primera, la buscada, da risa. Sobre todo, si uno cree que la ha encontrado. Antes o después, da risa.

Porque veo la sabiduría como una forma de entender todo lo que nos rodea que puede considerarse especial por la forma en que cambia la realidad de los demás.

Si soy o no sabio, dependerá de que los demás lo consideren así o no.

Y frente a esta realidad contundente, poco hay que dependa de mí.

Solo la autenticidad más sincera y honesta, conduce a esa sabiduría a la que solo los arrogantes y los pazguatos aspirarán (y nunca alcanzarán).

La sabiduría sinceramente otorgada, es un regalo irrepetible, que solo tienen unos pocos.

Aspiro a identificar, estar muy cerca y aprender de a quien considero sabios. Mis sabios. Grandes amigos y personas accesibles que nunca pretendieron distinguirse por saber más que nadie. Saben un huevo, y ellos y ellas no lo saben.

Ser positivo y querer seguir siéndolo implica hacer esto y reírme de aquellos que se creen o esperan ser sabios.

Me río por su bien. Por si llegase a tiempo.

El primer diente de leche


Hoy a R se le ha caído su primer diente de leche.

Si, todo un hito.

Y el caso es que él llevaba un montón de días temiendo el momento. Sabía que sería inevitable y hasta importante el momento y, sin embargo, estaba asustado.

Comía extrañamente solo por un lado de la boca, temiendo que cada bocado pudiese provocar el fatal desenlace. Si, temía el dolor que le podía producir y, sobre todo, temía el momento en que cayese porque no sabía cómo se iba a sentir.

Y se sentía así porque es el primer diente que pierde. Si, y no es cualquier cosa.

Resulta que es una pieza fundamental, útil donde las haya. Algo de lo que uno no piensa en desprenderse fácilmente, por mucho que sepa que es inevitable.

Cómo cuestan estos momentos, estos cambios, estas pérdidas necesarias.

Remotamente, uno es consciente de que debe desprenderse de ciertas cosas para que otras mejores, más duraderas, las sucedan. Pero el apego a todo lo que sentimos como nuestro, nos impide ver, en muchas ocasiones, la necesidad de los cambios.

Si, la seguridad de lo conocido es difícil de abandonar. Es muy complicado ceder el confort de lo que ya nos pertenece aunque sea frente a la ley más aplastante: la necesidad vital que implica el cambio.

El avance, en todos los aspectos y momentos de la vida, supone necesariamente que cambiemos. Y cuanto más difíciles sean esos cambios e intercambios, cuanto más esenciales sean los aspectos que abandonamos y más vitales los que recibimos, más avanzamos.

Como a R, en el preciso momento que antecede a los cambios decisivos, el temor de la pérdida nos atenaza.

Tras ellos, como a R, nos queda una fantástica sonrisa mellada.

Recordar la satisfacción y hasta el orgullo personal de superar y hasta provocar los cambios más esenciales es algo que procuraré recordar sistemáticamente.

Hoy R no hacía más que preguntarnos si estábamos contentos.

Era tanta su alegría que suponía que le traspasaba y que nos la había contagiado.

Y estaba en lo cierto.

Alegría de estar


A veces los días se alargan tremendamente.. Si, las horas se estiran y se estiran, y el objetivo final de la felicidad final y absoluta parece tremendamente lejano.

En muchas ocasiones no es solo el peso de la duda acerca de si consiguiré realmente llegar a ese objetivo inalcanzable lo que pesa. Es lo oscuro e incierto de la espera lo que resulta insoportable.

Si, me enredo una y otra vez con mil pensamientos acerca de si mi estrategia vital es acertada o no. Prueba, error, y vuelta a probar.

Y en ocasiones, en más ocasiones de las que sería recomendable, surge la desesperanza, el tedio y el pesimismo. Si, es entonces cuando uno se teme que la cosa no esté funcionando, que no vaya a funcionar, que haya eligido un camino equivocado, que los demás son los únicos que aciertan tomando decisiones.

Si, uno se amohina sin remedio. Y se pone tristón, serio, apático. Y se vuelve un elemento poco recomendable para uno mismo; alguien a quien los demás huyen o, como poco, dejarán de buscar.

Por mucho que uno intente disimular, es una realidad que desaparecer de esta manera para los demás es algo sobre lo que habría que reflexionar. Para evitarlo, digo.

Pero por si ese no fuese suficiente motivo para la reflexión, el que volverse un tristón amargado tenga un efecto devastador para uno mismo debería ya por si solo llevarme a un cambio de enfoque.

Si, en eso estamos.

Si, resulta que el problema más gordo de caer en esa vorágine de desesperanza o apatía no radica en que lo que lo motiva es una falta de confianza en las posibilidades del futuro de uno.

Lo que realmente me arrastra al abismo es que, día a día, no sea capaz más que de respirar mi propia tristeza, mi propio lamento.

Vamos, que influir en el futuro desde el presente de forma instantánea es labor de druidas, mentes preclaras y otros superhéroes.

Como humano normal, una vez más, no me cabe otra opción de actuar en el presente desde el presente.

Y mis opciones pasan por intentar eliminar ese baile siniestro que gira sobre las propias ganas de insistir sobre mis pocas opciones de ser completamente feliz.

Frente a esa tristeza insistente, frente a ese gris oscuro, no cabe otra opción que darse cuenta que la alegría es la alternativa.

La alegría por vivir, por tener opciones. La alegría como conciencia real de estar en el camino. La alegría como punto de partida y no como tren que se coje.

Puedo elegir partir de la alegría cada día e ir montando mis alternativas desde ella. Puedo hacerlo y lo hago siempre que puedo. Y cuando no puedo, lo intento con más ganas.

Si debe haber una máxima que debo recordar es ésta: si alguna vez tuve una ligera  idea de por qué camino se mantiene uno más cerca de la virtud fué cuando me di cuenta que la alegría, el sentido del humor, la sonrisa hacia mí mismo y los demás traen de la mano los verdaderos y más intensos éxitos. Para mi y para los demás. A la vez.

La alegría de estar es algo que uno debe reconocer y colocar en lo más alto. Al comienzo de cada día.

Si, la vida a veces es una espera sombría e incierta. Una espera demasiado larga en la que no pasa nada mientras uno espera que pasen a la vez que intenta provocarlas.

Un lugar donde se espera adecuadamente, puede ser esta alegría.

La alegría de estar.