El mérito


Si, las cosas hay que reconocerlas.

E igual que hay que reconocérselas a los demás, también hay que reconocérselas a uno mismo.

Si, muchas veces confundimos el luchar contra la arrogancia con el hecho de huir de todo reconocimiento.

Nos ruboriza que nos digan que algo nos ha salido bien, que hemos hecho algo realmente bien. Y no te cuento si  nos llegan a decir que somos de una determinada manera que a los demás les puede resultar agradable.

Si, y si uso la primera persona del plural es porque me quiero referir a ese grupo de personas humildes que sufren en silencio esa lucha interna de necesitar que los demás les reconozcan sus méritos (como a todos) pero que huyen al mismo tiempo de todo reconocimiento. Básicamente por no molestar.

En fin, que digo yo que hay que relajarse un poco y ver hasta dónde llegan los buenos actos de uno y hasta cuánto le tocan a uno lo bueno de los demás.

Tampoco es para volverse loco, los buenos comportamientos forman parte del ser humano, igual que lo hacen los malos comportamientos.

Todo, absolutamente todo, puede tener y tiene su mérito.

Tiene su mérito arrojarse sin miramientos a las pasiones y a las emociones. Y también lo tiene ser capaz de dominarlas y contenerlas en aras de un bien superior o de una idea que se concibe como tal.

Tiene su mérito darse a los demás e igualmente es meritorio abstraerse del mundo para mantenerse fiel a una idea, a un principio, a un sentimiento.

Tiene mérito defender hasta el final todo por lo que uno cree y transformar cada minuto de vida en una confrontación para afianzar y defender estas creencias. Y también tiene su enjundia el comportamiento que pretende aprender cada día de lo que va sucediendo y que cada minuto sea un continuo aprendizaje por la vía del contraste de opiniones y la escucha más sincera.

Si, absolutamente todo tiene su mérito.

Pero necesitamos tomar partido, hacer bandos. Elegimos qué cosas van más con nosotros y a cuáles vamos a otorgarle esa categoría de meritorias.

Si, tomamos partido. Elegimos y, por hacerlo, también excluimos.

Y enjuiciamos y perdemos perspectiva. Y aunque digamos que somos seres empáticos, en el fondo, no entendemos ciertas situaciones, conductas, comportamientos, maneras de ser y de estar.

Maneras de ser y de estar que llevan su esfuerzo detrás, su trabajo, su porqué.

Llevan todo eso, que es digno de ser reconocido. Que tiene su mérito.

Un mérito que es fácil de ver y que, por las posiciones que tomamos en la vida, no somos capaces de ver. O hemos olvidado cómo verlo.

Ser consciente de que todo acto, propio o ajeno, tiene en si mismo la capacidad de ser reconocido, es el principio y es el reto.

Porque caer en la cuenta, es describir una potencialidad. Una potencia enorme para esta cruzada por el pensamiento positivo.

El gran reto es decidir transformar esa potencia en realidad.

Por ejemplo, que alguien no quiera ser cercano y no se sienta cómodo en el mundo de la sinceridad más emocional es una realidad que me resulta difícil de asumir. Difícil de entender.

Pero no todo debe pasar necesariamente por el tamiz de mi juicio.

Abstraerse de las emociones es un esfuerzo que se puede y se ha de reconocer, si es que quiero entender a ese alguien.

Y seguro que, si busco, habrá un motivo para hacerlo.

Por supuesto, no es una necesidad.

Pero yo seguiré buscando.

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