Soñar


Soñar es dulce, ácido, picante, sabroso…

Me gusta soñar. Me gusta mucho.

Soñar dormido y también despierto. Hasta me gusta todo el ritual que puedo montar para prepararme a soñar.

Ponerme a soñar me encanta, proponerme hacerlo también.

Vamos, que todo lo que tiene que ver con soñar me fascina.

¿Y a quién no le gusta soñar?. Qué maravilla poder imaginar hacer todo aquello que te encantaría y todo aquello que te hubiese gustado.

Soñar hacia adelante en el tiempo, hacia atrás o hacia los lados. El caso es escapar del peso de una realidad que a veces pesa demasiado.

Soñar con tener, con hacer, con ser capaz de intentar, con sentir, con no temer, con querer y ser querido, con soñar. Soñar con soñar.

Y desde aquí un saludito para aquellos que opinan que soñar despierto es una cosa muy fea.

Reservarse el momento para soñar le da el toque de magia a las ganas de vivir. El toque de color de todos nuestros proyectos a futuro, radica en el soñar.

El soñar es el avecrem de nuestros propósitos.

Soñar es imaginar sin tener que confesar. Soñar es querer algo o a alguien o a alguienes o a algos. Y es imaginar conseguirlo solamente para uno mismo.

Soñar es el acto más íntimo que puedo imaginar.

Y si a uno no le gusta lo que sueña, pues a soñar otra cosa.

Pero hay que seguir soñando, siempre, sin parar.

Disfrutar con lo que uno ya tiene y conformarse es estupendo. Seguramente es la sala inmediatamente anterior a la felicidad.

Pero soñar con las salas que están algo más allá supone eso… ir más allá. Por encima de la felicidad.

Soñar supone romper con las barreras del espacio tiempo, romper con las barreras dimensionales, deshacerse de la lógica y todos los inventos que nos ha traído la ciencia.

Soñar tiene sentido, aunque con lo que uno sueñe no tenga sentido alguno.

Y tiene el mayor de los sentidos porque uno suele soñar cuando el sentido de todo lo que a uno le rodea se pierde.

Todo lo maravilloso se soñó alguna vez, de alguna manera, en cualquiera de las mil formas que hay de soñar.

Soñar y seguir soñando.

Saber soñar y ser capaz de soñar y alguna vez ser parte de los sueños, de los demás, de los propios, del sueño en general.

Y compartir el sueño con la vida, y vivir la vida soñando, sabiendo soñar mientras se vive.

Soñar es querer vivir y vivir es saber soñar (entre otras cosas).

Saber soñar siempre, sin descanso, mientras se hace todo lo demás, esperando que llegue el momento de seguir soñando.

22:36 de un 29 de marzo. Qué sueño!.

Volver a empezaaaar


Todavía parece que estoy viendo a Jose Luis Garci con el esmoquin ese todo petaito medio tropezando entre las gradas repletas de estrellas del cine americano para recoger su Oscar a la mejor película extranjera allá en los 80.

Volver a empezar era el nombre de la película. Y Chanquete lloraba entonces de emoción.

Todo muy bizarro, pero como suele ocurrir en la infancia, de alguna manera, todo pasa a formar parte de uno.

Y el nombre de la película, por sonar en un momento histórico, se me pegó.

Y de alguna manera, viene sonándome lejos la importancia de la expresión: “volver a empezar”. Pero durante muchos años, no le he hecho ni caso a ese sonido.

Volver a empezar. Mola. Suena a renovación y a refugio a la vez.

Si, y ahora me toca la voltereta semántica marca de la casa.

Hoy hemos pasado una noche toledana. Una de esas en las que las horas pasan lentas, y uno no puede dormir, y a la vez se acerca como una losa la hora en la que tendrá que irse a currar.

En fin, una pena. Nada del otro mundo, pero una pena.

Pues el caso es que, como siempre ocurre, uno se queda dormido unos minutos antes de que suene el despertador.

Pero llega el momento. Siempre llega. Suena el despertador. Lo apago cansinamente. Silencio. La respiración profunda de tu pareja al lado. Calor dentro de la cama. Frío fuera.

Uff…. cómo cuesta salir. Cómo cuesta encontrar un motivo claro para hacerlo.

Pero la costumbre tira de uno y finalmente uno se levanta.

Y bueno, el resto ya lo sabéis. Todo se sucede de una manera normal.

Pero el caso es que ese momento al principio del día y la dificultad de encontrar un motivo para afrontarlo, dificulta mucho el seguir siendo un optimista de pura raza.

Y bueno, pues con esa idea me he quedado a lo largo del día.

Pero resulta que ha llegado el momento de llegar a casa. Tarde, como siempre. Cansado, como casi siempre.

Pero como casi siempre sonrisas, cariño, comprensión… Y poco más.

Y nada menos.

Si, volver a empezar nunca fué más dulce.

Porque de nuevo con un café, pongo el contador a cero delante de esta página en blanco tan imprevisible.

Tener la suerte de volver a empezar. Como a uno justamente le de la gana.

Es un lujo al alcance de todos y solamente unos pocos aprenderemos a saborearlo.

Volver a empezar.

Vale.

Aligerando


Soy poco yo de andar repasando lo que he podido hacer en el pasado más o menos reciente.

Si, no lo suelo hacer porque, básicamente, me parece feo. Prefiero ver lo que han hecho otros. Por no darme importancia.

Bueno, por eso y para evitar que me pase lo que me acaba de pasar.

He releído algunos de los textos que he estado escribiendo últimamente y desde aquí quiero agradecer a todos aquellos que los habéis estado leyendo con cariño e interés y que habéis llegado a estas líneas.

No es que me vaya el rollo de mártir ni nada de eso, pero son ciertamente infumables estos textos.

Si, no busco que nadie esté de acuerdo y tal. Pero esa es la sensación que me han dado.

Y seguramente no son más que el reflejo de los líos mentales y de algún otro tipo que en los que ha estado uno enredado.

Y cuanto más escribía, más me enredaba..

Y resulta que son textos enrevesados, pesados, PLOMIZOS!

Bueno, ya está, ya me he quedado a gusto. Que de vez en cuando viene bien.

Seguramente llegaré al mismo punto en el que estoy hoy. Espero que en bastante tiempo, si es que termina pasando.

Mientras, he tomado la decisión de intentar aligerar la carga. Suavizar el ejercicio.

Vamos a ir manteniendo sin intentar hacer ningún alarde más, que resulta que uno cree que está haciendo un salto mortal cada día y el resultado, con la suficiente distancia, uno cae en la cuenta de que es más bien un brinco forzadito.

Pues eso, aligerando la cosa.

Y aligerando, tomo aire para la siguiente fase, sea la que sea.

Porque ya tomar aire es un ejercicio sano.

Por empezar, os diré que hoy simplemente me he parado.

He conseguido hacerlo por un momento, un momento maravilloso.

Después de un ensayo con amigos, una cerveza, una comida en familia repleta de risas, un disco estupendo, unas fotos…. he salido a la terraza.. Silencio a las 17:00 h. Sol y silencio.

Cerrar los ojos y sonreir despacio al sol, mientras uno nota el calor en la cara.

Sonreir en silencio. Durante (quizá) dos minutos. Dos minutos en los que he parado realmente.

Dos minutos de homenaje sin pensar en nada más.

A los dos minutos, era otro. Un poco mejor.

Qué gozada..

Mil vidas


Cuando todo se ve mal, cuando las sensaciones no son buenas, cuando el desasosiego, la tristeza y esas mierdas se apoderan de uno mismo, uno mismo entra en una vorágine complicada de deshacer.

Si, una espiral bastante peligrosa.

Como suele ocurrir, uno se encuentra por casualidad con una parte de la realidad que explica este fenómeno de la espiral de pesimismo.

La casualidad hoy ha venido de la mano de quien es capaz de hablar de algo con normalidad, con sinceridad, sin preocupación,  y uno solito le encuentra el paralelismo a ese algo con lo que realmente le tiene preocupado u ocupado.

Estos reflejos de la vida son deliciosos. Lo son porque de una colleja repentina te hacen salir de esos bucles odiosos.

Pues eso, que estaba yo revolcándome en mi propio estiercol emocional cuando oigo que un amigo suelta:

” (..) menos mal que todos los días son distintos (..)”

Tela marinera.

El Oscar a la obviedad me van a terminar dando.

Pero esta obviedad, hoy, encierra para mí un significado que me ha sacado de la zozobra..

Resulta que mucho del pesar que yo mismo (y solito) me fabrico radica en que, en el fondo, sospecho que durará para siempre.

¡Qué alivio tan grande si en el fondo, de manera íntima y profunda, supiese que todo dolor, tristeza, pesimismo.. tiene un final cierto!.

Y claro que lo sabemos. Ya se dice desde hace años lo de que “no hay mal que cien años dure”.. Pero hay que ver lo que cuesta interiorizar y creer afirmaciones como ésta..

Hoy, creo que haber caído en la cuenta de que cada día es en sí mismo distinto y haber llegado a la conclusión de que uno mismo tiene mucho que decir en hasta qué punto puede ser distinto y mejor el día de hoy, de mañana o el que sea, vuelve a hacer renacer la confianza.

La confianza surge cuando uno tiene un mundo de nuevas posibilidades por delante.

Y es sólo cuestión de decidir si esa variedad de vida que se abre con cada nuevo vida puede ser un lienzo blanco sobre el que pintar o un borrón sobre el que sigo haciendo el mismo trazo sobre el trazo de ayer…

Si, ya se que nadie consigue desprenderse súbitamente del ayer. Entre otras cosas, porque el ayer es la mejor escuela.

Pero también nos puede impedir avanzar.

Si el ayer es doloroso y el hoy que se acaba ha sido frío, es responsabilidad solo mía hacer del mañana que ahora empieza algo mejor.

Y a esto ayuda muchísimo saber que cada día el contador se pone a cero y, realmente, pueden ocurrir una infinidad de cosas nuevas.

Si, cada día puede ser una vida que puedo elegir vivir de manera distinta. O no.

Pero es un lujo saber que, a poco que me esfuerce y haya un pelín de suerte, tengo más de mil vidas por delante.

Mil vidas para compartir, vivir, sentir, corregir y volver a vivir.

El mérito


Si, las cosas hay que reconocerlas.

E igual que hay que reconocérselas a los demás, también hay que reconocérselas a uno mismo.

Si, muchas veces confundimos el luchar contra la arrogancia con el hecho de huir de todo reconocimiento.

Nos ruboriza que nos digan que algo nos ha salido bien, que hemos hecho algo realmente bien. Y no te cuento si  nos llegan a decir que somos de una determinada manera que a los demás les puede resultar agradable.

Si, y si uso la primera persona del plural es porque me quiero referir a ese grupo de personas humildes que sufren en silencio esa lucha interna de necesitar que los demás les reconozcan sus méritos (como a todos) pero que huyen al mismo tiempo de todo reconocimiento. Básicamente por no molestar.

En fin, que digo yo que hay que relajarse un poco y ver hasta dónde llegan los buenos actos de uno y hasta cuánto le tocan a uno lo bueno de los demás.

Tampoco es para volverse loco, los buenos comportamientos forman parte del ser humano, igual que lo hacen los malos comportamientos.

Todo, absolutamente todo, puede tener y tiene su mérito.

Tiene su mérito arrojarse sin miramientos a las pasiones y a las emociones. Y también lo tiene ser capaz de dominarlas y contenerlas en aras de un bien superior o de una idea que se concibe como tal.

Tiene su mérito darse a los demás e igualmente es meritorio abstraerse del mundo para mantenerse fiel a una idea, a un principio, a un sentimiento.

Tiene mérito defender hasta el final todo por lo que uno cree y transformar cada minuto de vida en una confrontación para afianzar y defender estas creencias. Y también tiene su enjundia el comportamiento que pretende aprender cada día de lo que va sucediendo y que cada minuto sea un continuo aprendizaje por la vía del contraste de opiniones y la escucha más sincera.

Si, absolutamente todo tiene su mérito.

Pero necesitamos tomar partido, hacer bandos. Elegimos qué cosas van más con nosotros y a cuáles vamos a otorgarle esa categoría de meritorias.

Si, tomamos partido. Elegimos y, por hacerlo, también excluimos.

Y enjuiciamos y perdemos perspectiva. Y aunque digamos que somos seres empáticos, en el fondo, no entendemos ciertas situaciones, conductas, comportamientos, maneras de ser y de estar.

Maneras de ser y de estar que llevan su esfuerzo detrás, su trabajo, su porqué.

Llevan todo eso, que es digno de ser reconocido. Que tiene su mérito.

Un mérito que es fácil de ver y que, por las posiciones que tomamos en la vida, no somos capaces de ver. O hemos olvidado cómo verlo.

Ser consciente de que todo acto, propio o ajeno, tiene en si mismo la capacidad de ser reconocido, es el principio y es el reto.

Porque caer en la cuenta, es describir una potencialidad. Una potencia enorme para esta cruzada por el pensamiento positivo.

El gran reto es decidir transformar esa potencia en realidad.

Por ejemplo, que alguien no quiera ser cercano y no se sienta cómodo en el mundo de la sinceridad más emocional es una realidad que me resulta difícil de asumir. Difícil de entender.

Pero no todo debe pasar necesariamente por el tamiz de mi juicio.

Abstraerse de las emociones es un esfuerzo que se puede y se ha de reconocer, si es que quiero entender a ese alguien.

Y seguro que, si busco, habrá un motivo para hacerlo.

Por supuesto, no es una necesidad.

Pero yo seguiré buscando.

Sobre las pasiones


Después de unos cuantos días donde el gris ceniza predominaba, vuelve la temporada de colores.

Si, quizá el sol haya contribuido a que todo parezca más vivo, más lleno de vida.

O quizá me tocaba volver a sentir que todo lo que tengo por delante merece la pena ser recorrido. Vamos, que uno no es que sólo tenga ganas de continuar. Es que uno tiene unas ganas locas.

Cuando esto ocurre, uno siente en mayor medida que va dirigiendo sus días y no al revés.

Si, uno afronta cada día sintiendo algo cercano a la certeza de que seguramente todo irá bien. Si, en esos momentos, tengo a la sensación de que me acostaré por la noche habiendo vivido más de un momento que ha merecido realmente la pena.

Y hoy creo haber entendido que cuando el manto gris ceniza lo cubre todo es porque estoy vacío de pasiones.

Madre mía, que pedazo de sentencia.

Pero es cierto. Eso sí, conviene explicar qué es esto de las pasiones.

Está claro que cada uno construye sus pasiones alrededor de distintas cosas. De ahí las maravillosas diferencias entre cada uno de nosotros.

Los motivos, objetos y personas sobre las que giran mis pasiones son particulares, íntimos. Pero los sentimientos que componen dichas pasiones serán muy parecidos a los de todo el mundo.

La intensidad con la que uno los vive, y la honestidad con los mismos es otra diferencia que también me define.

Si. Uno puede vivir las cosas, vivirlas con pasión, apasionarse e incluso decidir apasionarse.

Se trata de distintos niveles de intensidad en el apasionamiento, y estar en uno u otro puede ocurrir porque uno toma conciencia de lo positivo de apasionarse y decide conscientemente que pasar al siguiente nivel sólo le traerá beneficios.

Me apasiona la música, me apasiona estar con los míos, me apasiona la sinceridad de un momento emocionado, me apasiona la risa, la sonrisa, me apasiona esa persona especial, me apasiona ver crecer a mi hijo, me apasiona recordar todo lo bueno en compañía..

Me apasionan muchas cosas.

Y la pasión por seguir apasionándome con las mismas cosas y con las mismas personas u otras que vendrán le da sentido a cada mañana.

Esta certeza es absolutamente necesaria. Y conviene que me la recuerde cada día.

Me apasionan muchas cosas. Tengo muchas pasiones. Y vivir con pasión es lo que le da sentido a vivir incluso los momentos más ingratos.

La pasión es un combustible absoluto.

Sentir la pasión, de cualquier tipo, intensamente, engancha y nos obliga a seguir, hasta cuando uno le encuentra difícilmente el sentido a hacerlo.

Siempre hay y habrá alguien o algo con lo que apasionarse.

Estar atento y apartar el manto gris es lo que hay que seguir haciendo.

Todo se perdona, menos la hermosura


Si, estuve dudando un tiempo si ser pesado sería perdonable o no. Y cuando digo pesado, no quiero decir molesto, o incómodo. Quiero decir pesado, de estar un buen rato hablando de cosas que te hacen querer ir a aquel rincón de la infancia donde costaba tener intacto tu bocadillo..

Pero ser pesado también se perdona. Si, al pesado se le perdona. Eso si, una vez se le ha dado esquinazo.

La verdad es que la gente perdona todo tipo de cosas. Infidelidades, regalos de Talavera, llamadas de teléfono a la hora de la siesta, sesiones de fotos de una visita en Faunia, el aroma intenso a Barón Dandy, un Gobierno decrépito que se carga un país o una oposición que se va a orinar sobre los restos que quedan de él, la arrogancia, la ignorancia, la estupidez…

Si, además hay perdonadores oficiales. Que van perdonando por ahí como quien juega al Pádel un domingo…Lo hacen y luego te lo van contando cuando hay la más mínima ocasión.

Si, si. Te perdonan con solemnidad. Y luego te abrazan y te palmetean. Ayayayai, anda hijo, ve en paz y que no se vuelva a repetir. Pero qué tonto eres, si no ha sido para tanto..

Pero no me quiero desviar (más).

Si, tenemos la capacidad de perdonarlo todo.

Menos el éxito.

Hay amigo! El éxito ajeno rara vez lo digerimos del todo.

Sieeeempre lo achacamos a la suerte, a las circunstancias. Esas famosas circunstancias que nunca nos han venido a nosotros de frente.. O a sucias artimañas a las que nosotros no recurriríamos.. dios me libre!

Si. Esa muchacha qué va a ser guapa. Lo que pasa es que con esa luz… pero si va operada hasta las cejas! Lady Photoshop la llaman! Vaya quijada que gasta la gachí!

Una y otra vez. Siempre la misma película.

“Vaya pelota! menuda potra ha tenido! claro, si con buena picha bien se j…. ” son otras perlas habituales.

Por supuesto, ninguno de los que estamos leyendo estas líneas hemos pensado así, pero por eso lo traigo aquí. Para que estemos prevenidos porque, a poco que te descuides.. zas!.

Porque todo se perdona, pero el éxito ajeno….

Ese se vive peor porque da la sensación de que llega antes del nuestro y eso es muy injusto, jo.

Pues una de dos, o permanecemos ajenos al éxito de los demás, cosa complicada y tremendamente contraproducente.

O tomo cartas en el asunto y me acerco a los demás para poder sentir que, aunque en una parte mínima, he podido contribuir en sus éxitos a través de la amistad o la simple colaboración.

De esta manera, mi alegría por sus éxitos será una sensación mucho más natural y sin dobleces.

Pues mira, casi lo segundo.