Las buenas despedidas


Es una pena que tengamos que esperar a marcharnos de algún sitio; llámalo vida, llámalo convivencia en el tiempo y el espacio, un trabajo, o una vecindad, para que la gente que te ha rodeado tenga que juntar todo lo que piensa y siente hacia tí para decírtelo con más o menos intención.

Ojalá fuésemos capaces de hacerlo más a menudo. Ojalá, porque, cuanto menos, causa curiosidad lo que los demás puedan pensar o sentir sobre nosotros.

Y el que lo niegue, que se de un paseo, por favor.

Pero somos así. Esta hora de la verdad, usualmente, llega a la hora de las despedidas.

Hoy he caído en la cuenta de lo que marcan las despedidas, las buenas despedidas.

Sí, he caído porque hoy hemos acudido un grupo de amigos y conocidos a despedir a a una persona. No daré más detalles. Muchos sabéis de quién se trata.

Una despedida entrañable, emotiva, sincera. Una despedida donde muchas personas de distinto tipo le querían decir desde el corazón a esta otra persona lo mucho que ha significado para ellos, le han querido agradecer, le han querido agasajar, le han querido emocionar. Se le ha querido decir y transmitir muchas cosas, emociones, admiraciones. Le han querido regalar lo mejor que llevaban dentro.

Lo han querido hacer y lo han hecho.

Y todos nos hemos sentido fenomenal. Nos hemos sentido algo más especiales. Entre otras cosas, por esa entrega emocionada.

Recuerdo perfectamente todas esas despedidas buenas que he ido teniendo y donde he recogido ese cariño sincero, esa espontaneidad monumental y emocionada de los compañeros de la vida que la vida misma va poniendo y quitando en la vida de uno.

Momentos especiales, inolvidables. Momentos que, porqué no decirlo, uno espera porque sabe que los demás se atreverán a regalarle a uno los mejores sentimientos que uno inspira en ellos.

Y aunque esos momentos estén exagerados, y supongan a veces exaltaciones teatrales de emociones que son mucho más mundanas, no les pienso restar ni una pizca del cariño que atesoran en mi recuerdo.

Son momentos importantísimos , por especiales y porque son una especie de índice en el libro de mi vida.

Cada despedida cierra una etapa y subraya lo mejor de ella.

Solo me gustaría  decir que me da cierta rabia que lo que de bueno contiene cada despedida buena, no  abunde más. Que no seamos en general más capaces de transmitir todo lo que admiramos, queremos y agradecemos a las personas más a menudo.

Me gustaría que pasase porque seguramente nos sentiríamos mejor y más a menudo.

Mientras tanto, espero seguir participando de mil despedidas especiales más.

Mil más, en las que pueda seguir despidiendo con cariño, sinceridad y emoción.

Y mil más en las que me sigan pagando con la misma moneda.

Será buena señal.

Y mientras tanto, a sembrar….

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Sentido del rumor


Soy un verdadero mago de los juegos de palabras, ¿verdad?.

Si, es para partirse. Iba a hablar del sentido del humor y de su gran importancia para tirar para adelante.

Es una idea que me lleva rondando desde hace tiempo. Pero es tan obvia, tan evidente..una verdad tan aplastante, que al segundo renglón me he quedado sin palabras y frases que rellenar de contenido.

Si, porque, al menos, me gustaría saber mínimamente de lo que hablo. Aunque se trate de tener una ligera idea pero formada con seriedad, con rigor moral.

El resto, como decía la canción italiana (me viene a la cabeza la incomparable Rafaela Carrá), son rumore..

A ver, no pasa nada, los rumores existen, nos rodean, participamos en ellos y a veces somos víctima de los mismos. Muchas más veces de lo que seguramente creemos.

No pasa nada. Son tan comunes como la polución.

Igual de común, e igual de perniciosos.

Son divertidiiisimos… Nos lo pasamos fenomenal hablando de los demás. Y si puede ser mal, mejor. Esos pequeños pecados nos son muy atractivos. Nos agrupan con otros en forma de pequeñas logias. A veces hasta decimos que hablar superficialmente, de esa manera frívola es hasta sano.

Y puede haber verdad en todo ello.

Pero qué peligrosos son los jodíos rumores. Porque enganchan, porque a medida que uno participa de ellos y de la ligereza de hablar sin reparos de lo que uno realmente no conoce, cada vez lo hará más.

Y no nos engañemos, somos seres complicados e hipócritas, contradictorios. Aunque participemos de la construcción de estas pequeñas farsas, en el fondo no nos gusta ver cómo los demás, los que tenemos más cerca, lo hacen.

Esperamos a veces que los rumores nos vengan, podamos participar un poco de ellos y desaparezcan sin más.

El rumor, ese pequeño ruido sutil desprovisto de toda implicación. Ese pequeño buffet libre de ideas y palabras mal cocinadas pero que resulta tremendamente barato.

Lo barato sale caro.

El sentido del rumor es atronador una vez sumido en él.

Otro nuevo propósito, hacer oídos y boca sordos a ese rugido incesante, contínuo, monótono.

Difícil, pero saludable.

Que rumoreen otros y yo mantenerme impasible. Madre mía, qué gozada..

(y qué mentira más gorda..)

Al grano


Las oraciones subordinadas son mis enemigas.

Si, ese torbellino de frases secundarias y significados que ,por sonar incompletos, intento completar a base de frases que parapeto entre comas y puntos y seguidos..

Son un terreno resbaladizo y pantanoso altamente peligroso.

Y lo es también la sensación de estar diciendo una cosa que quizá quede incompleta. Que no  es una verdad completa.

Lo es porque aunque uno intenta dar ideas completas,  lo que realmente proyecta es un mensaje complicado, farragoso, aceitoso, escurridizo, incompresible…

Si digo: “no voy a volver a hacer esto nunca más”, enseguida brota el gallego que llevo dentro y su prudencia templaria obligará a matizar: lo de nunca es relativo, con lo que empezaré a meter cuñas del tipo “mientras esté en mi mano” o “salvo casos de fuerza mayor” o “mientras alguien no me convenza de lo contrario” y  a continuación iré más alla: “siento sonar así de contundente”, “ya se que quizá no es el momento”, etc..

Uff, cuando uno quiere darse cuenta, ha escrito o enunciado un chorizo de frase que está haciendo bostezar a los demás, hasta a uno mismo.

La autenticidad en este sentido, pasa por no temer lo que nos espera tras la esquina que construyen nuestras propias palabras.

Y a eso aspiro también.

A perder el miedo a no ser preciso.

A que me dé un poco más igual si no se me entiende completamente.

A perder el lastre de sentir que mis propias palabras no me llenan.

Al fin y al cabo, las palabras se las lleva el viento.

Y las mias también.

Adios, palabras.

¿La verdad se impone?


Y dale… Qué manía con la verdad. Con la verdad a cualquier precio, en cualquier momento, en cualquier lugar..

Esto debe ser fruto de encumbrar a deidades como Belén Esteban.

Hace apología del acto irresponsable de arrojar la verdad intempestiva a la cara quedándose más ancha que larga.

Y una legión de corazones solitarios o aburridos aplauden enfervorizados ante este acto pavoroso.

Qué manía.

Es verdad que desde pequeñitos nos enseñan que siempre hay que decir la verdad. Y nos centramos enseguida en la palabra “verdad”, cuando lo realmente importante, sobre lo que nadie nos enseña nada, es el “siempre”.

También nos aplastan desde niños con la sencilla afirmación o sugerencia, u orden, de que “nunca hay que mentir”. Si, efectivamente, el “nunca” aquí también es un misterio.

Y todo se reduce a ésto. Todo lo que no es verdad es mentira. Y al revés. Eso es lo que nos han querido inculcar.

Pues una vez más, me niego a estar de acuerdo.

Si es cierto que prefiero que predomine la verdad que la mentira en mis días, horas y minutos. Pero no en mis segundos.

Pero también deben predominar cosas que no son verdad, pero que tampoco creo que sean mentira.

Me conformo y reconforto con la idea de que uno puede vivir, y vivir contento y feliz, sin necesidad de rodearse de la verdad con mayúsculas.

Identificar la verdad, articularla, prepararla y servirla caliente o fría  puede ser un ejercicio vigorizante y que honra a quien lo ejerce. Pero fácilmente puede convertirse en una obsesión, en una manía que al recibir este calificativo, nadie agradece.

Decirle la verdad más dolorosa a alguien. Escupir una verdad que duele profundamente y hacerlo pensando que merece la pena simplemente porque es la verdad, sin pararse un momento, es un ejercicio que puede recibir muchos adjetivos, pero uno muy claro es “cruel”.

Si claro, si me enorgullezco de que digo siempre la verdad y que la digo siempre a la cara, que voy siempre de frente, será muy probablemente porque no se ir por los lados y por atrás sin que eso necesariamente suponga engañar, falsear o hacer de menos al otro.

Todo lo contrario.

Imponer la verdad es muchas veces peinarse la conciencia. Uno lo hace pensando en uno mismo aunque diga otra cosa.

Vivir obsesionado con la verdad, sea ésto lo que sea es perder mucha perspectiva.

Porque la verdad depende de muchas cosas. La verdad muta, no es permanente.

Y por supuesto, la verdad no es siempre la mejor opción.

No siempre la verdad se identifica con lo bueno.

Ni para nosotros ni para vosotros, ni para ti ni para mi.

Lo mejor será proponerse que lo que realmente quiero y consigo, termine siendo verdad.

Y no al revés.

Ser un tiquismiquis


Ser un tiquismiquis no es ser miembro de alguna especie de logia griega dedicada a la reconstrucción y renacimiento de la escuela filosófica de los sophistas (partidarios de Sophía, nuestra deina).

Poca tontería con esto.

Ser un tiquismiquis es un putadón.

Porque ni te gustas ni gustas por serlo, y al no gustar, todavía te gustas menos.

No poder comer el filete porque te dan dentera los nervios. Que te dé pereza comer sandía porque tienes que quitar las pipas uno a uno. No saber disfrutar de la piscina porque te dan coseja los vestuarios. No me involucro emocionalmente con la gente porque tengo miedo a que me hagan daño.

Todos estos son ejemplos de esas pequeñas, minúsculas cosas con las que nos quedamos enganchados y que nos impiden seguir con normalidad.

Las manías.

Obstáculos a los que, a pesar de serlo, nos aferramos para justificar una y otra vez nuestros miedos, nuestra falta de valentía para vivir como nos gustaría.

Si, son pequeños símbolos de nuestras vergüenzas, de lo que nos hace titubear.

Son tan íntimas y personales nuestras manías que nos obsesionamos con ser los únicos que las conocemos y sabemos de sus porqués.

“Es que no me entendéis”, “es que todo tiene su explicación”. Pero esa explicación no la vamos a compartir.

Entre otras cosas, porque ni a nosotros mismos nos convence.

Es que a uno hasta le jode que le digan que tiene manías.

Si, porque eso de tener manías es de gente poco madura, ¿verdad?.

Como si tener inseguridades o coger catarros no fuese algo común.

Uno está estornudando todo el día con voz gangosa y moqueando por doquier y no pasa nada, pero da como cosa reconocer que tiene una determinada manía.

Hay que ver cómo somos..

En fin, que ya véis que no pasa nada por tener manías. Es algo natural y humano. Hasta diría que nos definen como individuos más que haber cursado unos u otros estudios o desarrollar un determinado trabajo.

El número de ellas y nuestra dependencia de las mismas es lo que nos hace traspasar la barrera y convertirnos en unos tiquismiquis.

Ese ser anodino que se refugia en sus miserias y que no quiere saber que vivir la vida espontáneamente, asumiendo riesgos cotidianos no implica necesariamente una amenaza.

Este es un riesgo al que estamos expuestos más de lo que pensamos.

Máximo respeto a los tiquismiquis de todo el mundo. Pobres..

Pero eso si, a mí, que me olviden..

La intención es lo que cuesta


Yo quisiera querer. Quisiera tener esto o sentir lo otro.

Hoy hablaba con alguien que, por enésima vez, generaba en mí un torbellino de sensaciones   y reacciones que no quisiera tener. Por enésima vez.

Chafado me quedo pensando en estas sensaciones .Me he vuelto a quedar chafado.

Si, es que muchas veces los sentimientos nacen sin querer. Nacen de la forma en que observo la vida, nacen al observar cómo evolucionan los demás.

Nacen cuando menos los estoy esperando. Al recordar, al resumir, al saltar, al agradecer, al planchar, al estremecerse.

Y hasta sospecho que nazcan de un mismo sitio entre la barbilla y los hombros, aunque luego bajen recorriendo y erizando la espalda..

Si, son automáticos los sentimientos muchas veces, aunque se hayan ido forjando poco a poco, a fuego lento.

Y tienen hijos y hijas. Pequeñas criaturitas que se quedan a vivir en mis minutos.

Las intenciones son unas de esas criaturitas.

Uno quiere a sus hijos poderosamente por igual. De una manera visceral, irracional, pura, inexplicable, inexplicada.

Pero uno se siente muy orgulloso de unos. Y a veces, secretamente, quedamos en ridículo por  la actuación de otros. Sin más. Y sigues queriendo a estos últimos, pero desearías que se hubiese comportado de otra manera.

Qué majo es mi niño, qué majo. Si yo se que es un sol, pero esa manía de escupir a las visitas..

Bueno, ya véis por dónde voy,

Pues lo mismo con las intenciones. Las intenciones que nacen tras un parto indoloro de los más espontáneos sentimientos.

Si. Quisiera tener una tendencia natural a huir de las emociones de los demás, quisiera poder sentir mayor indiferencia frente a lo que no está bien, quisiera poder asumir el egoísmo y la falta de entendimiento como rasgos naturales o usuales.

Querría vivir más superficialmente las emociones, las responsabilidades, las encrucijadas, los problemas del de al lado.

Querría todo eso al mismo tiempo que quiero todo lo demás.

Que siento y quiero día a día todo lo incluido en esas pequeñas listas  y que querría evitar.

Porque también querría querer todo lo que quiero. Y estar a gusto conmigo, sin más.

Y dejarme de búsquedas, de preguntas, de análisis.

Estar conforme con lo que uno quiere y siente. En general. Qué cosa más sencilla y natural.

Qué cosa más difícil, cuando nos han enseñado a mirar a referentes, a mitos, a ejemplos.

Niño, cómete la merienda, fíjate en Fulanito, mira qué alto está y no como tú, que te vas a quedar canijo..

Las comparaciones son odiosas, y copiosas.

Me quedo con la idea de que mis sensaciones y emociones son mías, únicas e irrepetibles. Y no están en venta. Y que a nadie se le ocurra pensar que son ejemplo de nada.

Voy a merendar..

Homo absurdo


El otro día fué el día de los enamorados. Ya ves, todo el mundo como loco a comprar algo a sus parejas.

Unos iban encendidos de pasión, loquitos de amor, ruborizados por la idea de romanticismo de Ikea a la que viven aferrados.

Son los menos. Éstos han puesto los mostradores de las tiendas perdidos, llenitos de babas. Orgullosos perdidos de su propia actitud. Una vez más han estado a la altura de las circunstancias, este año puede que sea la definitiva.

Cuando mi churri vea el último disco del Bustamante envuelto en papel blanco lleno de labios impresos (MIS labios) esta noche encima de la cama y rodeado de pétalos de buganvilla… se va a quedar sin palabras. Me va a querer ya de por vida.

Ten cuidado no se vaya a quedar sin palabras de verdad.

Otros sin embargo, pobres, irán a comprar el regalo para seguir sobreviviendo. Irán en secreto, renegando de esta costumbre, y luego dirán que lo han hecho encantados y votarán a favor de mantener esta tradición al menos un año más.

El caso es caer en la cuenta de lo poderoso de estas cosas. El poder de San Valentín, cabría decir aquí.

La madre que parió al que inventó el día de los enamorados.

La madre que lo parió, si. Pero ahí lo tienes, unos cuantos siglos después. La tradición sigue intacta, ganando adeptos y generando beneficios y campañas publicitarias y comerciales y todo un sistema de ventas y un sistema cultural..

Cuando se suele definir a la raza humana, al hombre, singularizándolo del resto de animales se suele hablar de su capacidad para articular palabras, o de su forma erecta de moverse, o de su habilidad para montar y desmontar emociones, para amar.

Todo eso está muy bien, pero se queda corto. Puede que sea una definición brillante pero, qué queréis que os diga. Nuestras capacidades se han potenciado. Se han disparado.

Quizá seguir hablando del Homo Sapiens sea algo que tenemos que ir abandonando.

El hombre es el único animal capaz de tropezar dos o más veces con la misma piedra, el pobre.

El hombre es capaz de crear el día de los enamorados, del padre, de la madre, del concuñado, del abrefácil, del hermano menor trabajador, de las víctimas de cualquier cosa.. Y todo por acordarse de algo que va olvidando cada vez más.. Y es capaz de montar todo un tinglado alrededor de alguno de ellos.

El hombre es capaz de excitarse observando a otros, es capaz de amenazar a los demás y hasta a sí mismo por puro placer. Es capaz de doblar las palabras que inventó hace milenios para darle un nuevo sentido, para jugar, para engañar, para reirse. Es capaz de navegar por internet, y desde pequeño.

Ha inventado el vídeo Beta, el VHS, el sistema 2000, el laser dist, el DVD, el Blue Ray, la licuadora, la sandwichera y rustidera, y haber abandonado a algunos de ellos por el camino. Con un par.

El hombre es capaz de montar estrategias complicadas o sencillas muchas veces por darse importancia. Le gusta alardear, fardar.

Al hombre le gusta comprar en rebajas y luego pregonar lo barato que le ha salido todo.

Es capaz de criticar, de criticar todo y a todos. Y es capaz de proponerse dejar de hacerlo y, de seguido, seguir haciéndolo.

El hombre es capaz de no poder evitar querer y hacer cosas que podría evitar fácilmente.

El hombre es asín, más complicado y divertido de lo que jamás soñó ser.

Hemos pasado a otra fase en la que estamos hace tiempo.

No se si supone una evolución, pero ahí estamos.

Y cada uno describe un mundo maravilloso, treméndamente rico, que merece la pena explorar.

Arte


Ya se que hay una o mil definiciones precisas de “arte”.

Y aunque un montón de gente preparadísima se ha atrevido a acotar el concepto, a encerrarlo entre paredes de potente significado,  tengo la extraña sensación de que hasta la más precisa descripción no le hace justicia a la realidad.

Arte como expresión de belleza. Expresión humana de belleza. De belleza tremenda, exclusiva, deliciosa.

Belleza que se fabrica para degustarse, para deleitarse o para impresionar.

Pero belleza al fin y al cabo.

Está claro que hay distintos puntos de vista sobre la belleza, mil preferencias que contrastan unas con otras y que, lejos de enfrentarnos, nos unen en el delicioso ejercicio de comparar y contrastar puntos de vista.

Pocas cosas más agradables hay que poder compartir puntos de vista sobre lo que para nosotros es bello.

Belleza en sentido amplio.

Nada que ver con la complicación técnica ni con una actividad artesana más o menos elaborada.

Y el arte para mí tiene que ver con la impronta humana. Tiene que ver con el hecho de que alguien ha fabricado o provocado esa belleza.

Y eso es mágico, maravilloso.

La belleza ocurre, existe. Y hasta esta belleza espontánea merece la pena ser admirada. Merece la pena disfrutar de esta belleza y esta belleza necesita ser disfrutada.

Pero la belleza que alguien crea es belleza y alma.

Y lo más maravilloso de todo es que, si somos generosos con nosotros mismos y nos olvidamos de formalismos, podemos disfrutar de la incomparable experiencia que supone crear.

Crear algo propio, en cualquier tipo de expresión, lo que sea, supone crear belleza y acompañarla de alma.

Poner el alma en algo y entregarla de alguna forma a los demás, además de ser una extraordinaria forma de perdurar, es una sensación completa, irrepetible.

Crear belleza, ser artista, es una realidad completa, ilusionante, que contagia a los demás, aunque nos avergüence compartir el resultado.

Y que está al alcance de todos.

Yo estoy probando, y si no lo consigo, me habré divertido horrores.

Os lo recomiendo.

Chimpón


Como tantas otras cosas que no estamos acostumbrados a hacer, “chimpón” hay que hacerlo más.

Si, el cierre, ese momento donde un hombre y una mujer realmente se la juegan.

Como en el anuncio de Brummel.

Es normal que nos de coseja dar el punto y final, poner el broche de oro, o de hojalata.

Porque es como una pequeña muerte, y da cierto vértigo llegar a pensar que después de terminar algo, lo que sea, viene inevitablemente un pequeño vacío, un pequeño silencio, una pequeña nada, a veces momentánea y otras veces demasiado larga. Pero siempre ocurre.

Y no es muy agradable.

Pero no aprender a asumir esos silencios nos lleva al otro extremo, a la situación contraria. Una más penosa.

Si, nos da reparo a veces terminar una decisión, acabarla. Y alargamos nuestros actos, nuestros trabajos, nuestras posiciones. En muchas ocasiones por un sentimiento infantil. Por la sensación de que seguramente mañana estemos más preparados para decidir.

Nada, paparruchas.

Porque comportándonos así alargamos lo inevitable, y lo convertimos en procesos lastimosos. Arrastramos estelas de decisión que parecen no terminar nunca.

Y por evitar el miedo a la decisión equivocada, el miedo a la sensación de falsa irreversibilidad (pocas cosas son irreversibles realmente),  nos mortificamos sumando una y otra y otra decisión que tenemos pendiente.

Y la ansiedad y el estrés que nos vamos construyendo no son más que absurdas y pesadísimas montañas de pensamientos, acciones, omisiones y decisiones inacabadas.

Inacabadas porque no hemos sido capaces de empezarlas, desarrollarlas y terminarlas. Sobre todo terminarlas.

Lo fácil será pensar que no lo hemos hecho porque no hemos sabido.

Lo realmente cierto es que la mayoría de las ocasiones, en el fondo, no hemos terminado nuestras decisiones porque no hemos querido.

Empecemos y acabemos lo que hemos empezado. Tomemos decisiones completas. Y si hace falta, troceemos aquellas acciones y sentimientos complejos que nos parece que se prolongan en el tiempo.

Crear pequeñas etapas que podamos terminar es un buen truco que nos puede servir.

Sentir que cada vez tengo menos pendiente me ayudará a asumir confiado cada día.

Completar el ciclo de mis decisiones es una buena decisión que seguramente aligere mi paso.

Chimpón hay que hacerlo más.

Porque el tiempo ayuda en otro sentido y no cierra las decisiones que yo solito he abierto.

Pues eso, chimpón.

Feelin’ bad blues


Hace ya muchos años que me crucé con una película bastante mediocre.

Si, muy del montón. Cine adolescente. Una trama de lo más previsible.

Pero además de algún que otro detalle que me terminó enganchando (un mítico final), lo que realmente me tumbó fué la banda sonora…

La película trata del viaje de un chico ridículo que busca unas canciones perdidas y comparte ese viaje con un viejo que muchos años atrás vendió su alma al diablo para poder tocar la armónica como los ángeles.

Una penita de trama, si.

Pero vaya banda sonora. Una banda sonora repleta del mejor blues.

El blues, origen de muchas otras músicas. Una de esas formas de expresión que sale del mismísimo alma, si es que realmente existe algo así. Sale del alma de uno para ir directamente a la de otro.

Pues esa película y su banda sonora me engancharon de tal forma que, desde entonces, todo lo que tiene que ver con el Blues, hace que me sienta extrañamente a gusto.

En la misma película se dice que el blues surgió cuando un hombre cuyo corazón se rompió, cogió la guitarra y dejó fluir ese dolor y esa tristeza.

Dicen que las mejores canciones de blues, las mejores interpretaciones de blues, se dan cuando realmente hay dolor y tristeza.

Cuántas veces he oído cosas así. Cosas que vienen a decir que las expresiones más conmovedoras, los escritos más especiales, las obras más inolvidables, surgen del dolor, del desamor, de la tristeza más profunda.

De alguna forma, es reconfortante saber que hasta los sentimientos más oscuros, los momentos de mayor desorientación, cuando uno realmente se siente perdido, pueden desembocar en expresiones de belleza sin igual.

De alguna manera, la expresión del propio dolor resulta sugerente para los demás. Y digo dolor en sentido amplio, sin necesidad de que dicho dolor sea una suerte de desgarradora tragedia.

La expresión de la pena, de la tristeza, puede y suele resultar bella para otros.

Y hasta para uno mismo, una vez que uno consigue desprenderse de esas sensaciones, plasmándolas de alguna forma más o menos artística que siempre ayuda a tomar distancia.

Esto también es terapéutico.

Hoy me siento mal…..

Y en momentos como éste, que todos tenemos, aunque sé que puede resultar extraño, escucho esta pequeña y maravillosa canción que forma parte de la banda sonora de aquella película.

“Feelin’ bad blues”:

http://www.youtube.com/watch?v=JIwYGZlBw9Y

Y mientras me emociono por lo que para mí es la materialización de la tristeza en forma de música.. (habrá muchas otras y mejores, pero ésta es la que me ha elegido), no puedo evitar de pensar que esta belleza, le quita peso a la propia tristeza que ha llevado a escucharla.

Me quedo mejor después de hacerlo.

Bueno, espero que os guste y que veáis que hoy no querido reflexionar sobre nada. Sólo contar algo…

Es