El peso de lamentarse.


Si, mi paciencia no es de piedra.

Sin darme cuenta, he ido perdiendo ligeramente el rumbo.

Mientras tenía muy claro el fin último de tanta reflexión positiva, la mayoría de mis esfuerzos se han ido centrando en esquivar todos los obstáculos que me iba encontrando.

La mayoría de estos obstáculos son de fabricación casera: la melancolía, la impotencia, la inseguridad. Obstáculos de lo más comunes. Pero es lo que tiene darle vueltas a la cabeza mientras miras hacia dentro..; cuando te quieres dar cuenta estás contemplando el tamaño de esa melancolía, de esas dudas , recontando sus colores y definiendo su contorno. Y he dejado de mirar donde tenía claro que quería ir.

Y de ahí a empezar a sonar lastimoso, hay un paso muy corto.

Espero haberme dado cuenta a tiempo..

Si, lamentarse de las propias desgracias es un ejercicio de lo más vulgar y contraproducente.

Es cierto que muchas veces parece inevitable, e incluso es fácil llegar a pensar que es una necesidad, una válvula de escape frente a la propia fatalidad.

Y puede ser así, siempre que sea capaz de acompañar la queja de un propósito concreto que pueda plantear una solución.

Vamos, que quejarse por quejarse es una cosa muy fea. Y además engancha.

Y te puedes ver enseguida lamentándote una y otra vez por las mismas cosas.

Si, a mí también me ha pasado y, esto no le pasa desapercibido a nadie, aunque si puede que uno mismo no se esté dando cuenta de lo pesadísimo que se está poniendo.

Y bueno, puedo pensar que ponerse pesado al lamentarse constantemente de la mala suerte que uno tiene es un problema que deben solucionar los demás (si me planteo que no debo estar tan pendiente de los demás, como dice alguna amiga..). Pero el problema es que si el lamento recalcitrante pesa para los demás, aún pesa más para uno mismo.

Cuanto más me lamento más me hundo. Más me alejo del final de esa desazón, de esa tristeza, de esa impotencia. Más collejas me merezco.

Quejarse es parte de estar vivo. No proponerse solucionar la propia pena es, en parte, no querer estarlo. O algo así.

Y claro que a veces no es fácil. Y claro que mantener un control constante no es siempre fácil.

Pero dejar de lamentarse de una puñetera vez es el principio de la solución.

Parecer y ser (gracias, Marisa, Sole) MÁS positivo comienza por desterrar esa pose lastimera.

A sonreir y dar collejas a los lamentadores para con los demás y para con ellos mismos!!.

Ea!.

El tonto y su labor social


“Jo, es que, ¿sabes lo que pasa, que según te vi reaccionar así, pues claro, dije mejor no le digo nada porque a lo mejor, pues claro, quizá no fuese el momento, pero, a la vez, dije, pues no se yo, quizá no sé..¿me entiendes?.

Si claro, totalmente.

Pues eso dije, claro, porque es que mejor ser prudente,  pero claro , ya sabía yo que algo había. Porque, otra cosa no, pero intuitivo soy un rato, aunque se que suena raro, pero bueno, tu tranqui, ¿sabes?.

Se se….

(…)”.

Una vez acotado el ejemplo, efectivamente, voy a hablar del tonto.

Ser tonto tiene su aquel. No te vayas a creer que es llegar y besar el santo. Tiene su desarrollo.

No se trata de una categoría absoluta, aunque se han conocido casos de tonto estable, regular.

Más bien creo que se trata de un estado en el que se puede caer y, por supuesto, del que se puede salir.

Y no es fácil ni una cosa ni la otra.

Incluso se han dado casos de tontuna fugaz:

En el tanatorio, el tonto que acude por primera vez a este odioso acto social, lejos de la prudente actitud de cerrar la boca ante su desconocimiento de los protocolos, se agarrará a la viuda y, con un imitado quejío le espetará, en vez del conocido “te acompaño en el sentimiento”:

-“que te sirva descarmiento”-.

Pero no dramaticemos. Esto es como todo. Ser un buen tonto, uno de campeonato, tiene su mérito.

Y no sólo porque cuesta lo suyo singularizarse como un auténtico tonto, sino porque un auténtico tonto cumple una labor fundamental.

Seguro que a estas alturas, habrá quien piense que esto de hablar del tonto tan alegremente es de arrogantes.

Por favor, por favor, un poco de tranquilidad.

Hablo del tonto con cariño, con ternura, conociendo en primera persona de lo que hablo.

Si ,amigos y amigas, creo que voy a abrir las compuertas del todo, hasta que me queden colgando los sentimientos. Ahí va…aunque a tiempo parcial, soy un poco tonto.

Pero, a ver, a ver qué entendéis por tonto…

Creo que en su momento fuí bastante más tonto, incluso llegué a ser bobo, pero, mira, la cosa va cambiando.

No os violentéis, solo pretendo seguir apuntalando un pelín más de optimismo.

Salir de la tontería en la que, de normal, vivo sumido, es un pequeño gran triunfo.

De verdad, no es falsa modestia, os lo prometo. No busco compasión ni palmaditas en la espalda.

Es un tema de elección, de exclusión. De blancos y negros cuando casi siempre he venido eligiendo el gris.

Si no fuese un tonto, sería un listo.

Y eso si que no, eso si que no.

A los listos, que les ondulen.

¿Me entiendes lo que te quiero decir?.

Que te digan “gracias”


Hay mucho adulador profesional, mucho pelota vocacional e incluso involuntario. Y mucho reflejo automático que nos lleva a veces a, por compasión o costumbre, decirle al vecino que está haciendo muy bien esto o aquello. Que le ha quedado muy bonita la reforma o que da gusto ver su nuevo coche… tan nuevo..

Si, hay mucho de esto. Y claro, cuando a uno le toca recibir algún elogio, pues desconfía (porque, ya puestos, no confío ni en mí mismo).

Ademas, claramente, también juega la timidez personal y los remilgos de puntillas que uno tiene y que actúan de repelente de cualquier elogio porque el rubor es algo tan incómodo…

Pero si, por el motivo que sea, el desconfiar de un reconocimiento, de un elogio o de un piropo, es algo cada vez más frecuente. Incluso muy prudente, diría yo.

Y un coñazo también.

Pero hay reconocimientos que uno puede recibir y que van tan cargados de verdad, que a uno le desarman para automáticamente proyectarle hacia cualquier meta que se haya propuesto.

Hay reconocimientos que, entre otras cosas, dan subidón y ganas de seguir:

Hoy alguien (sabes quién eres, seguro, y algún día te agradeceré yo a base de bien..), me ha dado las gracias de verdad.

El motivo es lo de menos. Lo de más es el sentimiento de apertura sincera y generosa que supone dar las gracias. Dar las gracias de verdad. Reconociendo al otro.

Cuando esto pasa con la intensidad que ha ocurrido hoy, todo lo que estaba escondido en una zona gris sin más vocación que seguir ahí, de pronto, toma sentido.

Y las ganas de proseguir son evidentes.

Que te agradezcan algo, muchas veces supondrá caer en la cuenta de la importancia de algo que hiciste casi sin querer.

Y eso importa porque, además, alguien ha querido abrirse a tí. Y eso es maravilloso. Aunque solo dure el segundo que dura decir “gracias”.

“Gracias”, de verdad, está muy cerca del “no lo sabía, pero ahora resultas alguien importante para mí”.

Decirlo, de verdad, tiene un efecto liberador puro, instantáneo y torrefacto.

Recibir un “gracias”, provoca en mí querer automáticamente abrazar al otro.

Ya ves tú. 7 letras y una sola palabra.

¿Recordáis cuándo os han dicho gracias de verdad? ¿Y cuándo lo habéis hecho vosotros y con qué intención?.

Yo si, y os recomiendo que atesoréis esos movimientos y sigáis diciendo Gracias.

Gracias, de verdad.

Gracias, gracias.

De nada.

Seriedad, hasta cierto punto.


Todo tiene un límite, por supuesto.

Y definir cuál es ese límite es, a veces, la cuestión más difícil.

A veces, o casi siempre.

Ya sabemos que la vida da revolcones, empujones, achuchones, apretones…

Y ese vaivén nos tiene comida la moral en más de una ocasión. Más de un día me he quedado encogido en un rincón esperando cuál sería la próxima pirueta, el próximo palo.

La desesperación, el dolor, el miedo son demasiado profundos. Y es normal que en el momento de padecerlos, uno esté para pocas leches, pero a medida que pasa el tiempo, usualmente no somos capaces de sacudirnos todo ese polvo, ese lastre.

Y hombre, creo que algo habrá que hacer.

Porque ese tipo de emociones deben ser puntuales, temporales, fugaces. Pero a nosotros nos queda mucha mili como para estar debajo de un nubarrón constantemente.

Todos tenemos derecho a sufrir. Incluso el deber, diría yo. Pero eso sí, en la cantidad justa.

Y esa medida depende en mucha parte de nosotros mismos.

Todo este color gris que tiene la vida, es una gran putada. Y es un color desagradable. Hace de la vida en ocasiones un lugar amenazante. Y como toda amenaza, ha de ser tomada en serio.

¿Como toda amenaza?. No, no. Me niego a solo ver la amenaza. Me niego a temer la amenaza.

De hecho, me quiero acordar de  una frase que os habrán repetido hasta la saciedad vuestras madres;

“no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

Los miedos y las inseguridades, me da la sensación de que tienen en su dieta seriedad en cantidades importantes. Pues que se alimenten de otra cosa.

Si, nuestras emociones más tenebrosas, antes de convertirse en miedo, vergüenza, temor, duda, vértigo, fueron en algún momento seriedad.

Seriedad que nos llegamos a creer como necesaria. Seriedad que caló muy hondo, que dejamos que se instalase a sus anchas. Seriedad ante la sensación de incoveniencia: hay tantas cosas que no admiten broma..

Pues no es cierto. Totalmente al revés. Son más bien pocas las cosas que no admiten unas risas. Se trata más bien de momentos puntuales en que la risa puede convertirse en un ataque cruel a los demás. Y si sois gente cabal, no hace falta glosar esos momentos. Todos imagináis cuáles son.

Lo de reírse de todo empezando por uno mismo, vuelve a ser un tópico que no merece ese nombre.

Reirse, hacer reir, compartir risa, sonrisa y carcajada es vital.

Debería ponerse en rojo en los CVs,  en rojo, negrita y a tamaño 20, en arial black: “soy capaz de reir y hacer reir”.

Debería haber cursos para esto.

Y no estoy hablando de la risoterapia que, además de actividad divertida, está llenando una cantidad de bolsillos importantes en estos momentos de crisis.

Estoy hablando de enseñar con toda su contundencia lo necesario que es restarle seriedad a todo: porque no supone quitarle importancia a la vida.

Todo lo contrario, le otorga toda la importancia del mundo:

Riendo soy capaz de disfrutar en mayor medida de ella, y de todos los que me rodean.

Tras una buena risa con un amigo, con una amiga, con mi persona favorita del momento, nunca más querré separarme de él..

Hasta la próxima risa..

Entusiasmo


Emoción, ilusión, cariño, optimismo.. Sin significar lo mismo, parece que estoy hablando de la misma cosa.

Hoy  por hoy tengo muy claro que sin todos ellos, soy incapaz de mantener una visión positiva. Un pensamiento claro y constructivo.

Y si es importante tener emoción, sentir ilusión y experimentar el cariño, ya voy teniendo claro que el entrenamiento pasa por ponerlos en valor. Por programar el caer en la cuenta de que forman parte de mi equipamiento vital.

Si, caer en la cuenta. Tomar conciencia del tejido de cariño y emociones en general con el que uno puede arroparse a diario, y que le puede mantener a salvo del pesimismo más frío, de la duda más absoluta.

Y , claro, provoca cierto rubor el haber estado dándole vueltas a la cabeza, al corazón y a las entrañas para, finalmente, llegar al descubrimiento de que para respirar es fundamental tener aire..

Pero bueno, oye,  más vale tarde que nunca y jamás fui de los más rápidos haciendo descubrimientos…

Yo lento pero seguro.

Creo que es momento de pasar al nivel 2 (no descarto en algún momento volver al nivel 1).

Porque está claro que hay que pasar a la acción.

Contemplar todo mi arsenal una y otra vez parece que no provoca el cambio en profundidad que estoy buscando.

Hay que combinar los ingredientes con toda la intención, con toda la actitud.

Y entusiasmarse, en general, parece más una reacción que una actitud propicia.

Siempre que me rinda a esta afirmación, me limitaré a recontar cuántos hilos de cariño he conseguido identificar. Y me quedaré sentado esperando que la ilusión inunde todo y me arrastre a un mundo de sensaciones cautivadoras.

Y unas veces pasará. Y otras no. Seguramente pasará menos veces de las que espero..

Por eso, he de hacer por entusiasmarme.

Por entusiasmarme con cada muestra de afecto, con cada reto, con la idea de solucionar con éxito cualquier dificultad.

Tengo que intentar desterrar cualquier remilgo a mostrar con todo lo que tengo ilusión, ganas de afrontar, de decidir, de compartir.

Entusiasmarme aposta. Buscando el entusiasmo como muestra clara de que estoy recorriendo este camino.

Entusiasmarme como camino, no como estación a la que se llega.

Porque a todos nos gusta estar cerca de quien valora sus pasiones y las muestra tal cual las siente.

Entusiasmo, eso voy a mostrar, por encima de las otras caretas que tengo en el baúl de las decisiones.

Echar de más


Añoranza. Hoy es inevitable. He rebuscado en los bolsillos y no he encontrado antídoto. Hoy la melancolía se lleva la pelota, set y partido.

Si. Pesan los recuerdos. Pesan mucho. Es algo extraño ver cómo recuerdos de personas y situaciones tan positivas, tan agradables, se mezclan con la impotencia de no poder reproducirlas y crean este sabor tan amargo.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo fui en su momento, viví refugiado en lo glorioso del pasado temiendo que el futuro no deparaba nada bueno. Me rendí ante el pensamiento de que todo lo bueno que me hubiera pasado podría haber sido fruto de la casualidad.

Es duro reconstruirse cuando ese tipo de pensamientos atacan por sorpresa.

Y atacan a tus puntos más débiles en el momento de más indefensión.

Y en momentos como éstos no sólo es que uno no se encuentre con fuerzas para luchar, sino que sospecho que hacerlo sería la opción más estúpida.

No creo que mirar para otro lado y dejar la batalla para mañana sea una rendición. Más bien prefiero pensar que se trata de una huída técnica. Algo premeditado fruto de una estrategia más o menos bien montada.

Habría mil formas de combatir estas sensaciones, pero hoy ninguna funciona.

Mañana será otro día. Mañana tendré la certeza de que esto no se puede repetir. No se podrá repetir. Y ya tendré un argumento poderoso para seguir adelante: ya me concedí un respiro, y no puede haber uno más.

Volveré a tomar impulso.

Mañana.

Porque hoy voy a dejar que todos esos recuerdos calen y campen a sus anchas, que hagan de mí lo que consideren oportuno. Porque no quiero perder detalle de todas las conversaciones, sensaciones, calidades y emociones que tanto echo de menos.

No quiero perder detalle. Porque todos esos detalles, todas esas añoranzas, son la base sobre la que mañana construiré mi mañana.

Todo lo que añoro y quiero, lo seguiré queriendo mañana y será mi objetivo, mi meta a seguir. Todo lo que transformaré en realidades deseables. Todo lo que perseguiré mientras hago todo lo demás.

Todo lo que perseguiré con esfuerzo e ilusión, todo lo que hoy echo de menos, a partir de ahora lo echaré de más..(con el permiso de Kiko Veneno).

 

http://www.youtube.com/watch?v=_mb4VzC-8A0

Las apariencias no engañan


Muchas han sido las ocasiones en las que hubiese deseado ser un ser puro, sin apariencia quiero decir.

Porque han sido muchas las ocasiones en las que me he justificado a mi mismo, por mis fracasos, por mis fallos, pensando para mi mismo que realmente en el fondo inexpugnable de mi personalidad estaba una verdad desconocida, preciosa.

Si, ya sabéis. Si es que realmente el problema es que la gente no es capaz de ver lo bueno que lleva uno dentro. Ay! Si la gente supiera..

Y es que en el fondo uno ejerce de tonto más de una vez.. Y resulta que llega a pensar que cuanto más secreto, desconocido y privado que es el ser de uno mismo, más auténtico es.

O sea que me quejo porque la gente no llega a conocerle a uno íntimamente, pero en el fondo, llego a pensar que exponerse realmente a los demás llega a ser algo poco recomendable.

Y así pasan años y años.

Entre ambos pensamientos, se cruzan varias ideas, que se van convirtiendo en prejuicios, luego mutan en manías para, afortunadamente, terminar desapareciendo.

De entre ellas, creo que la principal es aquella que consiste en creer que todo lo que sea centrarse en las apariencias, en cómo los demás y uno mismo se presentan al resto, es superficial, superfluo, frívolo y casi pecado.

Si,si, SER era PUREZA y PARECER era quedarse en la fachada.

Y más ancho que largo me quedaba.

Afortunadamente, con el tiempo, caí en mi primer error: pensar que ambas cosas, SER y PARECER, eran excluyentes.

Y empecé a darme cuenta que una vez que uno afianza su forma de SER y aprende a aceptarla y valorarla, puede centrarse despreocupadamente en cómo uno se muestra a los demás.

Esto supuso quitarme un peso de encima. Porque en realidad llevaba toda la vida pensando que las apariencias juegan un papel importantísimo en la vida de cualquiera, y la mía no era una excepción. Y al mismo tiempo, pensaba que darle importancia a la apariencia era de personas vacías, huecas, torpes, esquivables.

Y una vez liberado de esa carga, la idea fue cogiendo profundidad. Y como ocurre en muchas ocasiones, no fui muy consciente.

Hasta que anteayer, un buen amigo, en una de las conversaciones que me ha regalado, me da la clave.

Normalmente, cómo eres, no es importante para los demás. Objetivamente, el SER no es lo importante. El PARECER lo es.

Si pareces algo sinceramente, espontáneamiente, una  y otra vez.. Eso mismo que pareces, eres. O lo terminas siendo..

Realmente, no se si SER y PARECER son la misma cosa o son dos líneas que, en un punto del futuro, llegarán a tocarse.

El caso es que la sintonía entre ambas cosas es lo importante. Y estar conforme con ambas lo es mucho más.

Y hoy puedo decir que, tras haberlo entendido todo esto en su conjunto (ya he dicho que entender lo obvio me cuesta..), por primera vez, estoy conforme con lo que dicen que parezco…y no quiero dudar de ello porque, insisto, por primera vez, creo que tiene bastante que ver con lo que soy…

O lo que quiero ser.