fragilidad


Padezco fragilidad,

tú padeces fragilidad,

y todos la tenemos,

pero la escondemos.

Sabemos que nos rompemos en mil instantes

y es doloroso saber que duele

deshacerse cuando sobreviene

la fatalidad,

aún la más mínima.

Es humano ser frágil.

Soy un hombre todavía más frágil

cuanto más intento ocultarlo.

Intento inspirar delicadeza,

torpemente,

difundiendo la idea de que sobrellevo la fragilidad

como el que sobrelleva la sombra

de una duda irrepetible.

Mi fragilidad es mía,

es más mía que cualquier sentimiento,

porque los sentimientos suelen llevar remitente,

hasta los más ocultos.

No es lo mismo ser frágil que tener fragilidad,

y menos aún que padecerla.

Las tres cosas me pasan, en las tres afirmaciones me encuentro,

e insistentemente de las tres huyo.

Frágil no es débil y débil es rendición.

Saberse expuesto a romperse y estar dispuesto cada mañana a recomponerse…

ese es el acto más honroso de valentía,

al que sin saberlo uno mismo puede optar.

Frágil y orgulloso de estarlo,

conforme y en paz para serlo,

para ser frágil, para ser persona.

Persona frágil, aliento sincero,

verdad en la mirada y una vida en la sonrisa…

aspiro a seguir siendo remitente de los diversos

sentimientos que pudiera repartir,

firmando siempre cada uno de ellos…

conmigo y mi fragilidad…

 

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Confía


En medio del mar en mitad de una noche cerrada.

Así se torna a veces la vida, cuando se niega a dar alternativas alentadoras.

Y en medio de esa oscuridad fría

el salvavidas más gélido

al que no hay más remedio que aferrarse

es el de confiar,

con los ojos cerrados.

No queda otra opción que confiar y

aunque justo en el momento de tener que aferrarse a la confianza

suele asaltar la sospecha cierta de que no servirá de nada…

estas canas incipientes me han susurrado al oido que

,aunque en plena noche oscura y en la mitad del océano más incierto

confiar no parezca la mejor idea,

confiar, funciona.

Confiar en personas y en posibilidades es la mejor idea,

aunque sea por exclusión, no confiar en personas y opciones

me ha privado ya mil veces de la sensación de tener un mañana

donde descansar.

Confiar a veces es difícil, y no se muy bien porque.

Confiar es agradable, balsámico

y casi no requiere entrenamiento.

Cuando el cuerpo y la sombra tienden a desconfiar

centrarse en confiar, en soltar el lastre de la duda,

me ayuda a recolocar… a encontrar mi lugar en este juego enredado.

Quiero confiar y, cuando me propongo hacerlo,

confío sin querer, sin quererlo.

Me digo que confiar es la manera, aunque sólo sea

porque desconfiar o retirar la confianza

es una fea manera de desenamorarse de la vida

y de todos aquellos que la componen.

Confiar es cerrar los ojos, dejarse ir,

entregarse un poco y depositarse en cierta medida

a la caprichosa voluntad de los demás, si.

Confía, porque el miedo a ser traicionado es

otra historia, que nada tiene que ver con confiar.

Cuando la confianza se quiebra, es cierto que parece

un cristal roto: puedes juntar con precisión las piezas,

pero para siempre se seguirá viendo la separación entre ellas.

No dejo de mirarme en un espejo porque se que es un objeto frágil,

caprichoso y perecedero.

Confío por amor y porque no tengo más remedio.

Confía porque confío, porque debemos,

porque podemos,

porque queremos,

Confío por vivir,

y porque quiero.

 

En una isla


Hubo una vez un hombre, normal,

al que todo le iba normal,

casi se diría que bien.

Haciendo lo que hacía, lo que siempre había hecho,

lo que le habían enseñado a hacer, y haciéndolo bien,

conseguía que los dias transcurriesen, siendo el resto de cosas,

de lugares, porqués y para qués, completos desconocidos para él.

Vivía rodeado de cariño, había construido un hogar y se había granjeado el respeto

de la mayoría de aquellos con los que se cruzaba o lo rodeaban.

Todo marchaba según lo previsto, había construido un hogar, había cumplido

consigo mismo, y con lo que cabía esperar.

Solía pensar que, al haber echado raíces, la felicidad que le correspondía,

era la que le acababan de entregar… y envejecer con calidad, y alguna que otra sorpresa, es lo que tocaba, siendo ya mucho esto.

Y un día, por cumplir, al ser muy cumplidor,

su vida cambió de lugar, que es como cambiar de vida.

Y su vida cambió. Ya se sabe que cuano la vida cambia, aunque sea de lugar,

lo hace para siempre.

Fué a vivir a una Isla, y allí llevó a los suyos.

Se sintió solo al principio. Muy solos se sintieron, y por sentirse así,

él y los suyos se acercaron mucho más. También para siempre.

Allí se vió a si mismo, fuera de todo lo que le habian enseñado,

fuera de todo lo que opinaba de si mismo,

fuera de sus limites y convenciones,

más allá de los estúpidos reparos que, entonces supo, en otra época

habia bautizado como sanas costumbres.

A la isla le preguntó varias veces :”¿qué hago aquí?”, y era el mar el que contestaba:

“vivir”.

Conocio a personas de amabilidad abrumadora, que se acercaron a él sin tapujos,

descubrió que no hace falta que las puertas de las casas se abran para atesorar amistades inolvidables.

Vivio tardes y noches que llevaria siempre pegadas.

Trabajó y amó, rió y lloró. Y el dolor en la isla, dolía más, descubrió, que ningún dolor que habia conocido.

Alli en la isla se vio a si mismo con sus pocas fuerzas, como un pez saltando de una pecera, que se le cosió a la piel para siempre.

Sus fuerzas, pocas, suficientes, compañeras de viaje ya para siempre.

En la isla recuperó una amistad única, serena, gustosa,

de las que ya no se encuentran y de las que ya no quiere encontrar más.

Allí por fin, sin sus raices, aprendió que basta con querer para estar en paz,

si se quiere de verdad.

Y tuve que dejar la isla sin más. Demasiado pronto.

no puedo estar más agradecido a ese mar, a esa tierra y a su gente.

Y aunque se lo dije, a todos los que allí estan y que me han traido desraizado hasta aquí, nunca sospecharán cuánto se puede cambiar a alguien simplemente aceptándolo sin juzgar.

Irme lejos, a vivir,

para seguir viviendo,

a una isla,

es de lo mejor que me pudo pasar-

Hubo una vez un hombre normal, que fué con los suyos a una isla,

y no me iré de allí

por muchos años que pasen,

jamás.

 

 

Tengo un minuto


Tengo un minuto para decirte

todo lo que cabe en un silencio

pequeño, impreciso.

Escucha rápido porque quizá

cuando diga la primera palabra

sea tarde,

que se me hace tarde muy pronto

y los silencios se cotizan cada vez más.

En un minuto te diré que me quedé sin

ingredientes suficientes, y el pastel

se me queda crudo

o se queda seco,

o se me queda en las manos del revés.

Así de rápido te diré que me encanta como

escuchas en silencio, mirándome

sin comprender,

que me encanta como escuchas atentamente

alguna que otra idiotez.

Y no lo se, de verdad que no se

cuánto tiempo vas a esperar a que acierte,

a que de en la diana, a que me quede normal,

mirando al punto fijo

en el que sólo estás tú.

Unos segundos quedan para que se haga el minuto,

y rápido pienso que quizá

no hay nada más importante

que lo que se necesita.

Necesitaba un minuto, este minuto.

Un minuto importante…

nada más.

La tela de las palabras


Qué quieres que te diga,

ni se a qué vine, ni tengo claro quién soy.

Lo único que sospecho es que suelo

dejar pasar la ocasión

de enganchar un rato bueno

de esos que te dejan el recuerdo grabado

a fuego

entre los portales.

Me visto día tras día,

y me desvisto mientras pienso

que quizá sea mañana el sitio

donde ocurran las cosas más maravillosas

que hoy sólo pude soñar

justo antes de quedarme dormido.

Con el café de la mañana recorro los momentos,

los que pasaron y los que quisiera que se pintaran

delante de nuestros ojos.

Me pregunto constantemente si

habré hecho bien dejándote pasar.

Mido mis fuerzas, las pocas que siempre tuve

para saber si llegaré de nuevo al final.

Intentarlo es lo bonito, es lo que más mérito tiene,

y aunque me resulte insuficiente, no paro de intentarlo.

Momentos y cafés,

dudas y miradas,

inquietud en las palabras,

que no me salvan de este frío.

Palabras que se rasgan, que se topan entre si,

en el pecho, en el vaho de la ventana.

Palabras de tela suave, que siempre terminan conmigo,

palabras de todo y nada,

palabras poco precisas,

estas palabras.

Sinceramente no se a que he venido, no se para qué estoy aquí,

y  volveré a tejer palabras que quizá no sepan

de qué hablar.

Pero hablar, tejer,

beber, pensar.

Estar, ser.

Sin saber, quizá… Qué más da…

Las palabras, están todas en el mar.

La verdad del momento


Así con una cerveza fría en la mano,

su sabor pegado al paladar y el calor del sol

acariciando los párpados… creo que así si me atrevería

a decir, que así, en este momento, existe la verdad.

Es más, todos los momentos,

siendo momentos,

son de verdad.

Una vez que pasa lo momentáneo del momento,

desaparece su verdad.

Si, la verdad empieza y acaba,

y vuelta a empezar.

Es que todo lo que ocurre en un momento

es muy de verdad.

Lo que digo y lo que hago, lo que diría y haría

en este preciso momento, tiene más verdad

que cualquier sesudo estudio

que minuciosamente quedó contrastado.

 

Los momentos se cosen y descosen, se suceden y

descomponen, se disuelven en el recuerdo,

y a veces calan hondo… dejan huella.

En la memoria tengo momentos guardados,

aromas, caricias, sonrisas y susurros, que sucedieron

en un momento, en apenas un momento.

No atesoro un sentimiento por el recorrido placentero,

guardo la satisfacción de haber llegado a buen puerto,

o el dolor punzante por haber tropezado.

Cada instante momentaneo es de verdad… y aunque no lo fuese,

qué mas da…

fugaz o no, lo que ocurre en un instante.. lo puede cambiar todo

para siempre; de verdad.

 

Amor, dolor, respeto y otras obviedades


Sufrimos porque las cosas nos duelen.

Pero no sufrimos sólamente por eso.

Sufrimos porque, además, amamos, y nos acostumbramos a amar.

Amor, dolor y sufrimiento. Van unidos, se pelean, pero no pueden escapar los unos de los otros.

Cuando se sufre se está sumergido en el espejismo más real… Se sufre sintiendo que el dolor nunca desaparecerá, nunca menguará.

Se suele sufrir incluso cuando el dolor ha remitido.

Sufrimos más cuanto más hemos amado.

Y el único remedio al sufrimiento en el que desemboca el dolor,

es aferrarse de nuevo al ejercicio de amar.

Pero no siempre el antídoto es el amor de película,

el amor de colores.

El respeto es el amor que gusta más de tonos pálidos, discretos.

Déjame de amores desgarrados que te arrastran galopando a un

amanecer edulcorado.

Prefiero que me tiendas la mano, y no que me pases el brazo

por encima del hombro.

Prefiero estar al lado de tí que sufres,

que ser el que está a tu lado.

El dolor hay que verlo, sentirlo, respetarlo,

hasta cuando se torna en el sufrimiento más cruel.

El sufrimiento hay que verlo hasta que desaparezca,

mientras uno se agarra a lo que tenga a mano.

El amor, en cualquiera de sus formas,

lo vivo ya lento, y me gusta de vez en cuando recordar

que para amar hay que respetar

los espacios,

los tiempos,

los dolores y sufrimientos de cada uno.

Respetar creo que es la manera más sincera

y generosa, de querer.

Querer porque sí, porque toca,

porque no se puede evitar

es quizá un error que no toca.

No se puede prever amar, igual que no se planifica

el dolor ni cuándo se torna en sufrimiento,

pero igual que se puede decidir

agarrarte más fuerte a la vida y al amor,

se debe prestar la mano más firme

y la presencia más cariñosa y rotunda.

Nos lo debemos los que nos queremos,

aunque sea un poco.

K.O. y Puntos suspensivos


Casi siempre fantaseo con noquear un día a la vida,

sueño con darle tal puñetazo en la mandíbula, que termine mordiendo el polvo,

a mis pies.

Como mucho, termino ganándola alguna partida que otra a los puntos.. en silencio.

Así, en soledad, cuando me arropo con mis propios pensamientos, me repito a mí mismo

que es mejor así, que mejor ganar con paciencia, sin aspavientos, con humildad.

Y al día siguiente vuelvo a imaginar que mi brazo derecho

asesta un golpe mortal a la vida, y la hace besar la lona.

Soy en mi sueño como un rayo; fuerte, rápido y ágil. Soy una máquina

de pelear, un mecanismo vivo de golpear.

Y me vuelvo a descubrir venciendo con maña asalto tras asalto,

leyendo el partido, imitando la técnica de tantos otros, inventándome movimientos,

revoloteando alrededor de mis propias y limitadas artes, acortando el espacio que hay entre yo y lo demás…con torpeza.

Vuelvo a mi rincón. El batín me queda grande y los guantes pesan.

Soy un peso pluma añorando la potencia de un peso pesado.

Soy una pequeña gota insignificante que sueña con ser mar.

Suena de nuevo la campana. Me gustaría asestar el golpe definitivo, pero aprieto los dientes, dispuesto a encajar….

Y vuelvo a ganar otro asalto. Y ya van unos cuantos…

Si quiero, vivo. Si no quiero, no.


Querer es poder, dicen.

Vivir es poder, digo.

Querer vivir, vivir queriendo,

son los dos caminos, que se escapan de la misma carretera.

De mi depende si quiero seguir, no

depende todo de lo que pueda pasar.

Y claro que cuesta doblar cada esquina,

a veces me cuesta más volverme a doblar

a mi mismo.

Así en soledad, parece fácil:

si quiero, vivo.

Si no quiero vivir,

si no quiero, no.

Los días pasarán sin dejar ningún sabor,

y los observaré pasar absorto, sin vivir ninguno de ellos.

Leeré los titulares de lo que se sucede,

pero me quedaré sin ganas de leer la letra

mediana, la letra pequeña.

Vivir, vivir de verdad, es cuestión de querer,

y de querer hacerlo.

Rodear en un abrazo cerrado cada instante,

también es un acto, que hay que decidir,

que hay que querer.

Abrazar la vida rodeando los momentos,

vivir los abrazos,

querer los momentos,

es una fácil cuestión,

porque querer es fácil,

no querer, no.

Mejor vivir queriendo, creo yo.

No generalicen


Se generaliza,

se suele generalizar.

Hasta los que dicen que no debe hacerse, y lo dicen metiendo tripa

y sacando pecho.

Dicen que es una mala costumbre, una costumbre fea,

pensando que así logran un crédito que les sitúa

por encima del bien y del menos bien.

Sienten que ellos si se han dado cuenta de que generalizar

es de pobres de neurona,

ellos, tan ricos de pensamientos que ya se inventaron

en el siglo XIX. Ellos son los que una y otra vez,

repiten excusándose, que tienen contrastado que todas las mujeres (o la mayoría, que viene a ser lo mismo) son listas, que todos los hombres más fuertes,

que no hay cura bueno, ni roquero elegante,

ni amor puro ni verdad verdadera.

Generalizar es de perezosos,

se generaliza por vaguería, por prisa,

por necesidad de posicionarse en el cero o en el uno,

en el blanco o en el negro; se generaliza porque nadie nos enseñó

a que tener amistades en todos los bandos es posible.

Planteaos la vida como queráis,

dejadme con mis grises, con mi depende

con mi duda,

con mi verdad verdadera, con la verdad que muta

dependiendo de hasta lo que yo vaya aprendiendo.

Generaliza si no queda más remedio, pero date cuenta

que hacerlo una y otra vez supone

caer en una ciega mediocridad,

que provoca ceguera,

una ceguera sorda y ciega, muda

que no deja ver más allá de lo evidente.